correr portada finalFinalmente, al cabo de seis años desde mi última novela, me acerco al momento en que Correr tras el viento: nirvana de chocolate, un violín y una mujer salga de prensas. Su aparición aparenta ser a mediados de octubre. La novela significa el cierre de un ciclo y el comienzo de otro. Para los dos estudiantes que andan estudiando mi narrativa, es una pesadilla, porque se tendrán que beber las 272 páginas que sirven de crisol para la novela negra, el suspense literario y la novela histórica. En fin, que al final es una historia de esperanza y desencanto, de amor y traición, del deseo y la memoria.
La novela se la dedico a tres amigos lectores: a Amir Valle en Alemania, a Gean Carlo Villegas en Borinquen, y a Rossana Cabrera en Uruguay, quienes me motivaron a publicarlo.
El adelanto, para que lo asuman a su propio riesgo, se los facilito aquí:
http://www.scribd.com/doc/38109262/Correr-Tras-El-Viento

pre_raphaelites_largeEl 23 de septiembre es, en un cuento de un libro titulado Septiembre, que este mes cumple 10 años de su publicación,  “El día que llovió dinero en Adjuntas”. También es el día del Grito de Lares, el mismo día que mataron a Filiberto Ojeda.

El mabón es la fiesta del equinoccio de otoño, momento de igualdad entre el día y la noche, o tiempo de darle el respeto a la oscuridad que se aproxima.

La oscuridad que se aproxima. Cuando deje deje de escribir, será también en septiembre.

Y el cuadro, aunque parece goth-pop de DeviantArt, en realidad es de Gabriel Dante Rossetti, de los Pre-Rafaelistas.

[mabón]

flamboyán de ceniza, eco del fuego,
leso misterio de la despedida::
flama boyante del viento que es viejo::
simetría inválida de mi cuerpo::
lacra mutuante del agua pasada::
la impedancia entre el entorno y el alma::
el fuego encrestado encora el canto
y en mi piel se apagan viejos luceros::
aquí se acaba la carne; se acaba,
pero la voz se criba entre los versos
avejigada en las grutas del tiempo::
el maná falaz desecho en mi boca
como mentiras de azúcar y hojaldre
se imposibilita entre las estrellas//

las constelaciones son jedas vacas::
las constelaciones, mi verbo en gueto::
piedra de sílice, alúmina y flúor;
amarillo alfeñique del mismo sol::
baile ritualista por los desiertos
de las palabras pronunciadas muertas
y arrojadas con estolidez fatal
para estiomenar el centro del pecho
como un responso clavado al aliento::
los días se ensanchan hasta reventar
como muertos solos a la intemperie,
el bilioso amargo de la imperfección::
el tiempo geminado en noche y día,
su gas desgastado en el largo viaje//

el mar embiste y desgasta la isla::
la isla se encoge, degusta el espacio::
el espacio se reduce y te ahoga::
la fe de despertar sostiene al hueso::
la niebla fecunda la curiosidad
y de pronto el corazón tiene alas::
mañanas irisadas por la ilusión,
como la blanca ceguera en los ojos//
por los fines y confines del sinfín
por donde se encenaga un hambre buena,
la misma hambre de las rosas//
el camino es largo y no, no se acaba::
pasos y versos, marcha y poema::
me levanto de un recuerdo, emerjo::

innominable encuentro con mi sombra::
bajo una ingente lucerna de cometas,
por donde pasea el otoño vago
mientras deshija la mansa arboleda,
como quitarle el vestido a una mujer
inoculada con tersas palabras,
a quien se le versan dulces encantos
para regalarle el temblor glorioso//
mi rostro intrágico no desfigura
sólo busca la serpiente de agua::
mi mirada navicular se arrastra::
la luna equinoccial se pluraliza::
la fiesta del maíz y el vino empieza::
revivo en la ánfora de una musa.

utopia Mucho se ha comentado en los medios de prensa puertorriqueña e internacional sobre la respuesta que el Comandante Fidel Castro diera a Jeffrey Goldberg, columnista de la revista The Atlantic Monthly, cuando este último le preguntara al ex-presidente cubano si todavía pensaba que la revolución que el liderara cincuenta años atrás era digna de exportarse. «El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros», dijo Castro. El espanto y el revuelo subsiguientes equivalieron a una reacción nuclear en cadena. Senil, escuché a alguien decir. Loco, comentaron en la radio. Propaganda yanqui, reclamaron algunos.

Sobre las acusaciones de senilidad, pues Castro ya tiene 84 años, y las acusaciones de locura –el poder es una monomanía particular- tienen su matiz de validez. Pero no son las primeras manifestaciones del líder cubano que se salen del cuadrilátero al que se supone se restrinjan. Ya antes había pedido disculpas por la persecución ordena por él hacia los homosexuales. También había manifestado su arrepentimiento por la manera en que manejó la crisis de los misiles en los años ’60 del siglo pasado. Y ahora, la admisión del fracaso.

Eso sí, valga la aclaración: el Atlantic no es una publicación de la ortodoxia derechista. Sus fundadores en 1857 fueron gestores del primer movimiento de revolución cultural en Estados Unidos, como Ralph Waldo Emerson y Harriet Beecher Stowe, que pronto fue adormecido bajo el utilitarismo de fines de siglo XIX.

Pero a pesar del magnánimo despliegue de prensa, las cosas no son como aparentan ser.

Goldberg, al escuchar a Castro, le pidió a su amiga Julia Sweig, su acompañante como resguardo en caso de que él dijera “algo estúpido”, que le corroborara lo que acababa de escuchar. Ella aclaró: «[Castro] no rechazaba las ideas de la revolución. Lo tomé como un reconocimiento de que bajo el modelo cubano el estado tenía un papel demasiado grande en la vida económica del país». Sweig es defensora de alta tensión de la Cuba de Castro. Incluso, ella opina que las declaraciones de Castro tienen como propósito abrir más espacio al hermano del Comandante, Raúl, actual presidente de la república, y tentáculo principal del dominio de los Castro en las ramas de gobierno central, por donde también circulan otras relaciones consanguíneas que garantizan que, aún si Cuba se hace jardín hoy, habrá mucha hierba de los Castro todavía.

El resto es un subtexto. Fidel invita a Goldberg a un espectáculo de delfines en el Acuario Nacional. Como si fuera una escena del Otoño del patriarca de García Márquez (amigo de Fidel, de hecho), alguien le indica al comandante que el acuario no abre los lunes. «Estará abierto mañana», aclara Fidel. Y así fue.

En el acuario, Goldberg conoce al director del acuario, Guillermo García, que, como todo buen Generation Xer, estudió una cosa y trabaja en otra: es un físico nuclear que administra una pecera gigante. En la misma velada, el periodista conoce a Celia Guevara, la hija del Che. Celia se encarga, de manera exclusiva, de «todos» los animales en el acuario. De todos.

Está dicho: cuando los elefantes luchan, quien sufre es la hierba.

Pero senil, loco o lo que sea, de pronto Castro es una voz que habla desde muy lejos. Si sabio es el que reconoce su ignorancia, es porque el fracaso vuelve a uno más listo.

Y aunque en circunstancias muy distintas, a ver qué aprendemos de ésto en Borinquén.

paul auster Paul Auster es uno de los escritores que favorezco sobre otras plumas en habla inglesa como Philip Roth e Ian McEwan. El asunto con Auster es que es intensamente legible y diáfano, aún cuando en su prosa se densifica un grado de ambigüedad. De sus novelas más logradas, se puede decir que combinan lo absurdo con la novela policíaca, lo que resulta en un atractivo producto de novela filosófica. Después de todo, si hay algo que la novela negra y la filosofía tienen en común es la resolución de un enigma, o la búsqueda de una verdad.
La revista de cultura hispanoamericana, Otro lunes, dirigida por Amir Valle, acaba de publicar el breve ensayo de mi autoría “La inacabable ficción de Paul Auster”, que pueden acceder en el siguiente enlace:
http://otrolunes.com/php/otra-opinion/otra-opinion-n14-a06-p01-2010.php
El número 14 de la revista Otro Lunes también incluye excelentes escritos de José Luis Muñoz, Ladislao Aguado, Edmundo Paz Soldán, Santiago Gamboa y el propio Amir, entre otros, así como unos poemas de Yolanda Arroyo Pizarro.

editorial upr Disculpen los inconvenientes, dice el mensaje de bienvenida en lo que hoy constituye la cara virtual de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Como si uno transitara cualquiera carretera de este país y encontrara las ruinas de siempre por todas partes. O sea, como dice el Wasteland de Eliot: un lugar donde “nada conecta con nada”. En la era de las comunicaciones, todo es incomunicación.

Leyendo un artículo escrito por Manuel de J. González para el semanario Claridad, titulado “Editorial UPR: Controlarla o destruirla”, pienso en mis días de formación profesional en lo que hoy es un espectral recinto de la memoria intelectual universitaria y del país. Fue en 1998 cuando dejé mi primer trabajo editorial con el Grupo Santillana –cuando, curiosamente, uno de mis jefes en Miami era Manuel Sandoval, quien dirigiera la Editorial UPR hasta hace poco- para trabajar en lo que yo pensaba era el fundamento del libro y la industria libresca puertorriqueña. El artículo es certero en su propósito, según declara su título: la actual administración gubernamental desea controlar o destruir la unidad operativa del sistema de la Universidad de Puerto Rico. Lo que no dice el artículo es que estos esfuerzos datan desde 1998, quizá antes.

La Editorial de la Universidad de Puerto Rico es una unidad que, como ocurría con la librería de la UPR –de la que nadie comenta, y que hoy se supone desaparecida-, gasta más en plantilla y operaciones que lo que gana. La misión cultural de la Editorial UPR, en algún momento, se convirtió en el talón de Aquiles: las cuentas en el exterior eran incobrables, los libros que se publicaban y no encontraban puntos de venta terminaban almacenados y a todo esto, no debemos olvidar que la editorial no es una empresa de operación comercial en el sentido enteramente capitalista del término. Todo el que ha trabajado vendiendo algo sabe que si el catálogo no se vende, esto corre contra los activos de la empresa. O sea, de nada vale vender un millón de dólares si el catálogo dice que tienes tres millones sin vender. Siempre habrá pérdida.

Aunque el artículo de González se sustenta en información oficial suministrada, es muy poco lo que el papel pueda decir acerca de acciones tomadas entre 2001 y 2002 para decomisar el material inservible e invendible relegado al área del “cementerio” del almacén. Evidentemente, al tener menos títulos sin vender, el déficit aminora y las finanzas mejoran. Tras mi salida en el 2002 –por razones muy similares a las que actualmente afectan la institución-, la editorial no tuvo un director de edición en propiedad hasta el regreso de Marta Aponte Alsina en el 2004. El resto es historia.

Pocos conocen que la Editorial UPR ha sido un vórtice para otros editoriales, en tanto política editorial y maneras de hacer libros. Allí acudieron muchas editoriales independientes en búsqueda de consejo y sabiduría antes de conformarse como empresas culturales. Allí acudieron muchos artistas a los que se empleaba para conceptuar portadas, diseño interior de los libros y afiches promocionales. Allí, desde mi escritorio, viví la continuidad de esta tradición que provenía de las Marta Aponte Alsina y los Juan Abasacal que me precedieron como Director de Edición –que conste, esta silla no se debe confundir con la del Director Ejecutivo-. Sin embargo, a mi llegada en 1998, en el Departamento de Edición no existía un departamento de diseño gráfico –ni siquiera había computadoras para estos fines-, que todo se subcontrataba y que no había un calendario de producción. El libro estaba cuando se terminaba y punto. Para mí, que provenía de la cultura empresarial de una publicadora multinacional, fue un reto articular un departamento de producción ante gente que, sinceramente, no creo que tuviesen noción de lo que era producir un libro de cómo se comportaba el mercado.

Existen muchas razones externas para justificar que la editorial ha sufrido desgaste, tales como el debilitamiento del mercado de libros en Puerto Rico, la falta de política pública hacia el fomento de la lectura y la alfabetización, y, sobre todo, el poco interés de la misma editorial en publicar la literatura nacional, cuyo trabajo recae en las editoriales pequeñas e independientes. Pero creo que intentar que la Editorial UPR sea autosustentable no es descabellado; lo descabellado es pretender que compita a nivel nacional con el mercado de fondo general de libros.

La Editorial debe ser universitaria, sobre todo. Ese es su espacio, o como mejor pudiese entenderlo un tecnócrata, su mercado. Su finalidad no debe ser hacer dinero, pero si quisieran, habría maneras de atender ambos renglones. Baste decir que lo primero que hay que poner en la mesa es la voluntad.

Toda sociedad articulada en el progreso y el avance social tiene por necesidad dos cosas: una sociedad letrada y un segmento de producción editorial saludable –publicar un libro es preservar un conocimiento, tatuar la memoria: subsistir en espíritu y pensamiento. Esa es razón suficiente para entender que cerrar la Editorial UPR es una propuesta de poca inteligencia.

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