Stephen-HawkingLa poesía, he llegado a pensar, contiene propiedades que la asemejan a la física. El lenguaje es desplazamiento, movimiento; nace de la entropía a la que, por necesidad de nombrarla, hemos dado forma y unidad. Así, la poesía contiene su propio Big Bang, de manera similar a la presentada en el libro The Grand Design, el más reciente de Stephen Hawking, quien establece que «la creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos» dentro de un proceso de constante transformación y expansión.

Por trabajar con terrenos textuales, me es inevitable pensar en el espacio-tiempo de esos desplazamientos de la palabra. El lenguaje es sonido en el espacio que progresa matemáticamente en el tiempo. Y esa que la palabra, en su carácter de imagen, “ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos logra reconstruir un cuerpo o un ente”, diría Lezama Lima. Por ello, lo que expone Hawking en su nuevo libro, escrito junto a Leonard Mlodinov, me parece menos física que poesía filosófica.

Ya lo había dicho Heráclito de Éfeso: «Todo cambia, nada permanece».

Si Slavoj Žižek es el Elvis de la teoría cultural, Stephen Hawking bien podría ser el Jim Morrison de la cosmología. El primero, en La monstruosidad de Cristo, nos habla de las condiciones de negación intrínsecas al cristianismo; y el segundo, en tono dionisiaco, afirma que provenimos de la nada, que todo lo que nos antecede se compacta de un universo autocontenido en el que Dios queda excluido. Y vamos bien, hasta que nos confrontamos con la otra declaración que hace Hawking en el libro: la muerte de la filosofía.

Hawking afirma que "dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada ". También se pregunta cuál es la naturaleza de la realidad y de dónde viene todo lo que nos rodea. Y aquí es que Hawking pudiese entrar en una de esas contradicciones que a la postre no tienen explicación, puesto que preguntarse el origen de las cosas es mera actividad ontológica, que es el terreno primigenio tanto de la filosofía como lo es de la poesía.

Si ha muerto la disciplina filosófica se debe a que, según Hawking, "no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”. Aquí pudiese haber un error en el cálculo semántico, porque, en otras palabras, lo que hace Hawking es exponer que el científico se ha convertido en filósofo, o tal vez, quizá, quién sabe –nunca se sabrá–, se trata de que los filósofos siempre han sido científicos.

¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué existimos?, se pregunta Hawking. Y con toda su sabiduría, sólo especula la respuesta.

Apenas me parece un Heráclito mirando al río.

descartesAl devastar las hojas de la rama donde vivía, la oruga decidió ser crisálida, y mientras dormía, soñó que filosofaba –pensaba; luego era–, y toda una civilización se erigía sobre dicha idea como una incontestable verdad; mas al despertar, salió volando, y encandilada por el pensamiento de tan absurdo sueño, no vio el camión que venía en su dirección.

in_newspaper5En la misma semana que Sony ha anunciado la muerte del Walkman, surge como hecho claramente perceptible que el siglo XXI ha dado ya sus primeros pasos asincrónicos, particularmente en lo concerniente a la manera que el mundo se comunica y accede la información.

Hace unos días, leí que los rotativos chilenos han perdido lectores convencionales –los que consumen la información en la edición de papel- y esto, aunque varios críticos lo toman como un abandono de la lectura, se sobreentiende que se debe al privilegio en crescendo de adherirse a los medios electrónicos. En cierto modo, nos dirigimos a un clasicismo digital en el que, gracias a las innovaciones del iPhone, iPad, HTC y Blackberry, un periódico puede ser tan amplio como la pantalla del aparato de lectura, sin contar los innumerables lectores que, como yo, recibimos el mundo en la laptop. Es decir, los periódicos, tal como los conocemos hoy, van destinados a reducirse

Por mucho tiempo hemos estado acostumbrados a las políticas editoriales de los principales diarios en Puerto Rico en la que apuntan a una supuesta alquimia de noticias light, comentario farandulero y noticia de impacto en la que la punta de lanza ha sido “cosas que la gente quiera leer”. Pero a veces a la gente no se le da lo que quiere, sino lo que necesita. Aún así, tras renovaciones, cambios de imagen y lay-out del diario, los directores de los rotativos se rompen la cabeza tratando de responder a las decrecientes cifras en sus lectores. Y puede que ya los diarios no vendan los tirajes de antes, pero la razón para ello pudiera aludirse al hecho de que la gente en realidad no ha dejado de leer los periódicos: simplemente ha cambiado de plataforma. Lo que no se hace ya es pagar por ellos, y esto sí puede constituir una crisis.

Si asumimos como cierto que un número amplio de lectores ha modulado hacia algún medio electrónico para mantenerse informado, debemos admitir también que la facilidad que tengan esos lectores a las diversas plataformas electrónicas –o en su defecto, la ausencia de ésta- traza una nueva frontera para el analfabetismo. Queda claro que aquellos que no tengan contacto inmediato y directo con los nuevos recursos de lectura digital quedarán, ipso facto, enajenados del flujo constante e inmediato de la información. Si es cierto que la manera en que accedemos la información se dirige hacia variantes de los hábitos de lectura, se creará una nueva estirpe de ciudadanos excluidos de los nuevos medios. Y si consideramos que hoy día los productos de lectura tienden ramificaciones que se expanden por Facebook y Twitter, no podemos quedar menos que convencidos de que, en efecto, el mundo se ha convertido en un hipertexto.

Como ejemplo reciente, la creación reciente de 80grados.net, una comunidad que, como fija su misión, “comparte el gusto por la cultura, el pensamiento y la información”, no sólo es ejemplo de un certero grado de conciencia con respecto a estos cambios, sino que la publicación ofrece lo que los diarios principales han abandonado. La revista electrónica se presenta como “un experimento que aspira a juntar en un mismo espacio varias tradiciones o prácticas: el periodismo profesional, tan volcado hacia la actualidad y los sucesos; la revista intelectual, por lo general vinculada a la filosofía, las artes y la política, y el periodismo ciudadano, un esfuerzo muy reciente por reconducir el diálogo público a un nivel más trascendente y humano”. El proyecto no compite con los medios tradicionales, porque, primero, los supera; y, segundo, no existe nada ni remotamente parecido a la revista digital. Hoy por hoy, es el acontecimiento periodístico de mayor importancia de los últimos diez años, mas sólo llegará a manos de aquellos que tengan las facilidades para accederlo.

Se estima que entre el 2020 y el 2040, los periódicos convencionales desaparecerán. Hemos de pensar, por tanto, que toda transformación social, de aquí en adelante, debe considerar el empoderamiento tecnológico del ciudadano. El efecto debe ser el mismo que tuvo aquel invento de Gutenberg que, posterior a los 1440, abriera el acceso a otros conocimientos.

repeating

Repeating Islands es un blog cuyo título no sólo sirve de homenaje al concepto divulgado por ese gran caribeñista que fuera Antonio Benitez Rojo, sino que también se encarga de representarlo por medio de la divulgación de noticias y comentarios de cultura, literatura y arte en el Caribe con toda su heteroglossia. Moderado por Ivette-Romero Cesáreo y Lisa Paravisini-Gebert, el blog se ha encargado de poner una nota relacionada al lanzamiento de /Correr tras el viento: nirvana de chocolate, un violín y una mujer/. La nota me alegra porque, como ya sabe el que me conoce, el libro no tiene bendición papal, padrino ni madrina. Es un simplemente un libro. Una novela. Aunque sea de amor.

El enlace lo acceden si pulsan aquí.



Si somos la suma de la memoria, no me sorprende encontrarme hoy aquí, trasplantado de propósitos y remontado en el recuerdo de quien supusiera ser una suerte de agente inductor en muchas de mis primeras cosas. Mi primer reloj, mi primer crucifijo, mi primera guitarra y hasta mi primer cigarrillo llegaron de la mano de Gaby, mi abuela paterna.

De aquellos momentos, pues muchos me llegan como un holograma en el tiempo, directo desde un entonces en el que yo era muy niño e incapaz de comprender que mi abuela me iniciaba en la noción del tiempo, en la necesidad de los mitos, en la matemática del sonido, y en los vicios que nos hacen descubrir el lado de las virtudes. En cierto modo, aquellos primero cuatro regalos –otorgados a destiempo a través de diversas etapas de mi vida– han llegado a alcanzarme. Del tiempo he aprendido que es la cronometría del conocimiento; de los mitos he comprendido que todos somos padecemos de la necesidad de la invención para travestir el desencanto; en la música –incluso, la que es natural a las palabras– se ha manifestado la urgencia de comerciar sensibilidades con el mero propósito de sentirme menos solo; en los placeres repetidos he aceptado la indómita imperfección que hila mi carne. Y hoy, después de tantos años de su muerte, mi abuela Gaby me revela otro poder: el del rezo, que para mí, que me creo poeta, se manifiesta como el poder evocador de la palabra.

Mi abuela Gaby era rezadora profesional. En los años setenta del siglo pasado, llegó a recibir hasta veinte dólares por una sesión de rezos para un fiel difunto. Dios bendiga el purgatorio, solía decir ella, porque de lo contrario, no había necesidad alguna para que ella orara en intercesión de las almas. De todas tantas veces que le serví de acompañante, crecí en familiaridad con la muerte, entre el dolor que queda entre los que sobreviven al difunto, y sentado en iglesias y funerarias. Alguna gente decía que Gaby era tan hábil en el rezo a los muertos, que podía implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parecía improbable si estaban uno al lado del otro, pero que impresionaba grandemente si, por el contrario, se encontraban en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, era la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Todo el mundo reconocía que al muerto que ella le rezaba, llegaba más pronto al cielo. Rezar es más que un ejercicio de piedad, me decía Gaby; rezar es hacer que la palabra transforme. Como los magos, pensaba yo.

Y de momento, mientras escribo, comienzo a rememorar la tarde fría de noviembre cuando el aire helaba y el cielo parecía lavado tras la intensa lluvia del día. Estoy allí –es un viaje en el tiempo y Einstein se confirma– cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con decepción. Un profesional debe cobrar por su trabajo, Padre, agrega. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre Lyon, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. Se le ha agotado el crédito, Padre. Tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, prosiguió una pausa. Dios te recompensará en su Gloria, dice finalmente. Y entonces, no hay más que decidir.

Y es por esta razón que Padre Lyon insiste, en el presente de mi memoria, en que Gaby renuncie a sus honorarios por rezarle a Bombo, un viejo olvidado por su familia y que tendrá que ser sepultado en tierra rasa, sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no– por las cuales Gaby había orado en su vida, de seguro tendría un pase V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, entonces ya rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo. Y como su único nieto varón, gira en dirección mía y sentencia: Tú vienes conmigo.

Asido de su mano, voy con Gaby, a través del pueblo y entre la lluvia, por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde nos recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Ven conmigo y no te separes, que te ensucias los zapatos, me advierte. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo, hace la señal de la cruz, sigue el acto de contrición y se enuncia el misterio.

Yo, acostumbrado a acompañarla a los rosarios que ella oficiaba en hogares particulares, funerarias y sepelios, me aburro de inmediato y abro la boca en un intento de pescar algunos gruesos goterones de lluvia y sentirlos diluirse en mi lengua. Los hombres, sin embargo, se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos. Los trabajadores se miran unos a otros sin decir palabra alguna y hasta se notan tímidos, probablemente con algo de aprehensión circunstancial. Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de fosas sépticas toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

No sé si los rezos de Gaby habrán ocasionado algún tipo de transformación en la materia en desecho por la cual ella había orado, pero en mí deja una gran historia en el tiempo, un mito –quizá tiene más de alegoría, a saber–, que me conforta en la idea de que el mundo no es perfecto. Pero sobre todo, cuando lo cuento, es como si rezara a la memoria de Gaby. Y no me canso de hacerlo.

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