libros-pipaDe los escritores que mayor impacto han tenido en mi escritura, Paul Auster es seguramente uno de los que más admiro. Entre toda su obra como libretista, poeta y novelista, uno de los cuentos que más atención me merece es “El cuento de Navidad de Auggie Wren”, escrito como secuencia final del filme “Smoke”.

Aquí no hay Santa Clause, ni renos voladores, ni siquiera un arbolito de Navidad. Tal vez lo que hace la historia un relato navideño es la ficción misma que cuenta Auggie a su interlocutor: es un dar y recibir espontáneo, casi sin quererlo, donde la metáfora de una mentira se intercambia por una común satisfacción con el fin de apaciguar el alma. En fin, el texto íntegro sigue a continuación. La secuencia fílmica la acceden aquí. Feliz Noche Buena.

 

“El cuento de navidad de Auggie Wren”, por Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren.

Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.


Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.


Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
- Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.

Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.

Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada.

El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.


- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado-. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.


Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.


- Fue en el verano del setenta y dos - dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba.Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor.


Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
- Sabía que vendrías, Robert - dice -. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
- Está bien, abuela Ethel - dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.
No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.
- Una sola – contestó-. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
- Probablemente había muerto.
- Sí, probablemente.
- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
- Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
- Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
- Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
- La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
- Todo por el arte, ¿eh, Paul?
- Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
- Sí - dije -. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
- Eres un as, Auggie - dije -. Gracias por ayudarme.
- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
- Supongo que estoy en deuda contigo.
- No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
- Excepto el almuerzo.
- Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


Esta revolución no será televisada. De todas maneras, mientras Río Piedras ebulle en tensión y violencia, los canales de televisión transmiten talk shows hispanos y repeticiones de CSI. La revolución vendrá por internet. Es una premonición Wachowski. Pero la revolución no tendrá red carpet. Tampoco vendrá con cantos ni consignas que se vienen pregonando desde hace cincuenta años. La revolución dejará de ser una narrativa confinada como antípoda a los intereses del poder. Che Guevara es una marca de jeans y el Che Guevara Club un diseñador de ropa urbana. La revolución será cerebral. Racional. Y vendrá por Internet. La guerra tecnológica ha pasado su estadio de guerra fría.

A la altura de la segunda década del siglo XXI, los autos todavía no vuelan y las aceras no se deslizan hasta nuestros lugares de trabajo, pero el futuro se ha convertido en crónica. Acostumbrados a los foros sociales donde compartimos con miles de desconocidos separados unos de los otros en el espacio físico real y a las salas de charlas, donde somos cuerpos de palabras representados por un screen name, ya podemos hablar de rebeldes cibernéticos e insurrecciones virtuales. Y todo con una inmediatez cotidiana, como la de leer un correo electrónico, informarse por medio de un diario cibernético o leer un e-book. Y como toda historia necesita un héroe, hablo de la aventura de ser Julian Assange.

Assange es todos y nadie y sobre él se publicará un artículo de mi autoría para la Revista Otro Lunes de enero 2011, y cuya idea central anticipo en esta entrada.

Assange es el elegido y es legión. Es la voz de las sombras. Es un hombre y es una idea. Aquí hay un héroe de los que prescribía Joseph Campbell. Neo y el Matrix son reales. La batalla necesita otras armas.

Assange es un conspirador post-colonial. Australiano de nacimiento, sabe lo que es desprenderse del padre: pasó su niñez sin la estabilidad de un hogar fijo, situación propiciada por los tres divorcios de su madre, que a su vez enfrentó batallas de custodia legal del hermano de Assange y las que la obligaron ocultarse de las autoridades por cinco años. Alejado de su esfera simbólica (que es la relación del padre), es casi una condición natural que Assange, antes de su entrega a las autoridades internacionales en Londres, viviera plenamente en el clandestinaje. Así nace un mito.

Desde que WikiLeaks subió al espacio cibernético, Assange y su junta editora (compuesta por la mesa redonda de nueve miembros anónimos y sin paga) han dado a conocer las operaciones ilegales en la Base de Guantánamo en Cuba, el contenido de los correos electrónicos de la charada del “Climategate”, los asesinatos de civiles sin derecho a juicio en Kenya, masacres en Bagdad y hasta información privilegiada de la cuenta de Yahoo de Sarah Palin, entre otras informaciones reveladoras. Es el ciber-jihad. Se ha cruzado el umbral. La guerra queda declarada.

Nada de misiles nucleares ni visión infrarroja; aquí, los Stealth no son aeroplanos de alta velocidad y subrepticia presencia: son ladrones robotizados dirigidos desde un servidor que a su vez es apoyado por un ejército de ordenadores dispersos geográficamente por el planeta. El Pentágono, el gobierno de China, las empresas bancarias y hasta Google son algunos de los objetivos que diariamente reciben ataques de terrorismo cibernético de los que Assange se ha convertido en el caudillo máximo, un Neo en el Matrix, un patriarca José en Egipto, un Bolivar cibernético, si se quiere.

Así, no queda Goliat sin un David.

Esto no es ficción especulativa. El héroe se encuentra en este momento en el estómago de la ballena, en su visita al inframundo, del cual debe emerger más sabio y con el elixir de la vida en mano. El final no ha llegado.

Pero a la larga, una cosa no cambia: la Verdad siempre nos hace libres.
noam-chomsky_bigSer un intelectual requiere de cierto rigor afable, cierta apatía de los grupos sociales o masas, ser en cierto sentido una suerte de anacoreta de la academia que le gana el respeto de aquellos que no transitamos a seis grados de separación del sujeto en cuestión. También está el otro tipo de intelectual, el pop-idol en que se ha convertido Zizek, o como Noam Chomsky, cuyo viaje al estrellato fuese catapultado cuando el presidente venezolano, Hugo Chavez, mientras se dirigía a la Asamblea General de las Naciones Unidas, invitó a su diplomática audiencia a leer Hegemonía o supervivencia, obra que se disparó al primer lugar de las listas de libros al día siguiente.

Desde entonces, Chomsky, que es uno de los padres de la psicología cognitivista, ciencia que se ocupa de descifrar como piensa, percibe, recuerda y aprende en la mente, es una estrella.

De su más reciente contribución, el intelectual ha puesto a circular una lista de diez estrategias de uso frecuente y resultados efectivos sobre las cuales operan las llamadas “agendas ocultas” con el fin de ejercer el dominio y sugestión de la opinión pública y sobre todo, determinar la forma de pensar de una población que conduce sus ideas por lo que lee en los medios de comunicación.

No es nada nuevo que los medios publicitarios moldean y falsifican la opinión pública de la misma manera que los medios de comunicación e interacción social como Facebook y Twitter lo han logrado recientemente. Se recrea la sensación de una realidad que se impone ante el voyerista, quien observa, lee, mira, y plasma impresiones más o menos pasajeras que almacena a manera de información, nunca de conocimiento. Toda la artillería mediática que viene atenuada al medio se convierte en falsa propaganda de la misma manera que la prensa escrita y la televisiva se prestan para producir y reproducir realidades que afecten la conciencia colectiva y mantengan a la audiencia cautiva.
Sencillamente, nos creemos que si aparece en Facebook es cierto, y sobre todo, efectivo. Pero
Facebook es un universo pequeño.

Precisamente, en estos tiempos es que se nos hace pertinente volver al Chomsky de Hegemonía y supervivencia y de Armas silenciosas para guerras tranquilas,  obras de las cuales extrae las “Diez principales estrategias de manipulación mediática” que promueven la idiotez, la cultura de la euforia y el halago mutuo como formas de distracción,y hasta enfatizan en la asuntos frívolos, chismes y otras nimiedades que detentan poder sobre nuestro déficit de atención.

Aquí van:
 
1- La estrategia de la distracción.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. Entre aquí Maripili, Ricky Martín, La Gárgola, Chemo Soto, las peleas de boxeo y el artículo semanal en el periódico que prescribe nuevas maneras de tener orgasmos.

2- Crear problemas, después ofrecer soluciones.
El método es mejor conocido como “problema-reacción-solución”. Se revienta un huevo, sale el grito de alarma y se termina por buscar un mapo. Así de fácil. Más gravemente, la situación que domina la Universidad de Puerto Rico, donde se la estrategia ha sido la de crear una situación de guerra en el recinto sitiado para que luego el Gobernador aparezca con sus soluciones, como dejar que el fuego conflagre para que cuando entre fuera de control, el público exija acciones que incluso irán en detrimento de sus libertades personales y derechos civiles. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3- La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Los impuestos, el IVU, los aumentos en la matrícula de la UPR, aumentos en los comestibles y mi clavazón favorita, que es el aumento constante a la gasolina, son algunos ejemplos.

4- La estrategia de diferir.
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Esto es tan reciente como la promesa de “medicina amarga” que hizo el gobernador Fortuño hace dos años bajo la promesa de que “todo será mejor mañana” y que el sacrificio de todos es un acto patriótico.

5- Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
O sea, tratar al pueblo como estúpidos, a los que se le puede mentir y manipular por medio de la palabra imprecisa –with a little help from the media-. Es la instalación de la narrativa de la infantilidad social, tan popular desde los tiempos de Muñoz Marín, quien se convirtió literalmente en el Padre de la patria. Sólo hay que ver los anuncios de servicio público y degustar el tono infantilizante. ¿Por qué?  Dice Chomsky que “si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad”.

6- Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
La emotividad siempre es más fuerte que la razón, porque somos criaturas de instinto que deben aprender a racionalizar la realidad. Es más fácil ser apasionado que racional, porque va más con nuestra naturaleza animal, por supuesto. La emoción procede de una reacción nerviosa y subjetiva, como la de los animales cuando se sienten acorralados, amados, perseguidos o aceptados.

7- Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer distante el conocimiento es parte de la labor: la literatura, la ciencia, el pensamiento crítico y creativo son tachados por juicios valorativos que les desmerecen como atributos de un ciudadano productivo. La crisis en la educación y el deseo de muchos de desaparecer la UPR no es casualidad: mantener al pueblo dócil es mantenerlo sumido en la conformidad de la mediocridad y en constante aspiración del imposible Boricua Dream. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8- Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Ser idiota, inculto, estúpido, o todos los anteriores, es característico del conformismo mediático. Ver Maripili, La Gárgola, etc.

9- Reforzar la autoculpabilidad.
Fomentar un sentido de culpa en el sentido general de los ciudadanos es muy eficaz para que el pueblo se descualifique a sí mismo de sus propias facultades creativas y se sientan incapaces de transformar socialmente su entorno. La inacción es la respuesta natural, y por ende, el ennui, la inercia, que son la concepción de William Blake sobre la existencia del Diablo.

10- Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
El Estado nos hace creer que dada nuestras limitaciones financieras, nuestra baja escolaridad y nuestra inmovilidad política y social, nos hace falta un poder superior que se pueda hacer cargo de todo, porque nos “conocen mejor”, saben qué queremos y dónde padecemos. El estado impone un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.
La lista es verificable en The Compulsive Liar.com.
Nada de esto, como verán, es casualidad. Mucho menos que no tenga diversas aplicaciones, o que funcione en varias direcciones.

LeonardoEn medio de la aflicción que padece la Universidad de Puerto Rico en torno a su futuro como institución, escuché a un analista de política sugerir en su programa radial que, ante la crisis, la Administración universitaria y el gobierno debían dirigir esfuerzos hacia una universidad más reducida y concentrada en los programas técnicos y profesionales como la Escuela de Leyes y la Facultad de Ciencias Naturales. Las Humanidades y las Ciencias Sociales debían ser, por tanto, eliminadas, porque “no producían nada”.

El planteamiento no es una idea original ni mucho menos novedosa. El pasado 11 de octubre del año en curso, el New York Times publicó el artículo “The Crisis of the Humanities Officially Arrives”, de la pluma de Stanley Fish, profesor de Humanidades en la Universidad Internacional de Florida. El escrito revelaba que la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY, por sus siglas en inglés) procedía a cerrar sus departamentos de estudios humanísticos con especialidad en Teatro, Clásicos, estudios franceses, rusos e italianos. Quedaban a salvo los estudios del español, sus culturas y literaturas.

La propuesta del analista político concurre con el reciente debate propagado por la academia estadounidense que cuestiona la utilidad social y/o económica de las Humanidades, un renglón de los estudios universitarios que sus detractores han venido a reducir a un campo de estudios inconsecuente, sin efecto o funcionalidad en el mercado laboral. En otras palabras, una pérdida de tiempo y dinero para aquellos que buscan una carrera humanística, porque no prepara al individuo para el mundo real ni contribuye al progreso del país. En cambio, los programas científicos no sólo gradúan ciudadanos productivos, sino que también atraen inversores, estipendios y otros modos de respaldo financiero.

Las Humanidades, al parecer, se han convertido en estorbo para las universidades como DeSales, que ha comenzado a limitar la oferta de cursos, estrategia que implica reducción laboral de profesores y mayor hacinamiento en los salones de clases. Situación similar experimentamos en la hoy sitiada Universidad de Puerto Rico, en cuyo futuro se vislumbra, en efecto, la desaparición de los cursos formativos en artes liberales y filosofía.

En términos generales, por un lado, se mantiene la creencia en que los estudios humanísticos capacitan mejor al individuo; por otro, los escépticos atacan la utilidad de las disciplinas asociadas a las humanidades, puesto que no encuentran nada de práctico ni nada de lucro en sumirse en estudios literarios, filosóficos o culturales.

Las Humanidades, en fin, se vinculan con lo caduco, con el pasado, puesto que residen, estudian y se convocan en la memoria.

Y digo yo: ¿no es todo lo que somos parte del pasado? ¿No somos una suma de experiencias, anécdotas, constructos y narrativas convenidas por medio del lenguaje? ¿No es el lenguaje, su aprendizaje, su uso y su dominio la memoria? ¿Acaso nacemos hablando o aprendemos a hablar?

Y en todo caso: ¿no es el lenguaje lo que utilizamos para construir las ideas, la cultura y el concepto de pertenencia que es de sentido común a las disciplinas profesionales? Digo, ¿qué es el estudio de las leyes sino un ordenamiento escritural para convenir un sentido?

¿No son las leyes, sin distinción de materia o forma, códices escritos? ¿No es en la Summa Theologie de Santo Tomás de Aquino donde se define la ley como “ordenación de la razón dirigida al bien común” y “dictada por el que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad y solemnemente promulgada”? ¿Y qué son la razón y la lógica sin el lenguaje? ¿No son, entonces, jerarquía de la memoria?

¿Y acaso no es ese el sentido de los estudios humanísticos?

El bien común, el progreso del país y el orden social nunca son científicos, porque no son biológicos, sino que son creaciones de la mente de la humana que provienen del mismo plano de la abstracción donde se construye la cultura, el arte y la filosofía.

Las ciencias son otra forma de poesía y humanismo, ¿por qué segregar entonces a las humanidades en lugar de integrarlas? ¿Por qué la insistencia en regresar a una condición animal de la cual hemos venido evolucionando paulatinamente? Eso sí: las humanidades no nos harán más ricos monetariamente, pero siempre nos salvan como seres humanos. Sin ellas, nos reducimos a imitar la conducta de los virus.

mix tape 4Un casete TDK es un objeto que preserva una memoria particular: la de mi adolescencia estridente, rebelde, rota. Un casete era una muestra de aprecio a un pana, un regalo barato en el día de cumpleaños de alguien o la manera de hacerle saber a una jeva que le gustaba a uno. Nostalblues.

Muchos fueron los que grabé, cuidadosamente escogidos, mezclados, balanceados y medidos con la obsesión de un relojero. Treinta minutos por un lado y treinta por el otro (los de noventa minutos se enredaban con facilidad, y los de ciento veinte ni se diga). El espacio pronunciaba la necesidad del contenido preciso: tono y volumen para semantizar un mood.

Ya no grabo casetes: ni siquiera CDs. La música que escucho es un contenido dentro de un contenedor abierto, que es el iPhone. Las canciones no tienen forma particular, no tienen significante, son un ordenamiento de data dentro de una unidad reproductora de sonidos digitales. Es la otra abstracción de la música.

Pues la revista .Crudo se ha dado la tarea de crear mix tapes virtuales, y ya tienen cuatro volúmenes, entre los cuales he sido invitado a participar del más reciente. Igual que a los otros cuatro V-Jays,  me pidieron que seleccionara dos cortes musicales en video para agruparlos en la edición reciente de .Crudo en Internet. Además, debía acompañar mis selecciones con un breve texto.

¿Mis dos selecciones en tiempos turbios y difíciles? Aquí van (El video mix completo lo acceden aquí):

1. Massive Attack: “Karmacoma”

Deflowering my baby. Un coma que descarga como un karma. I am a… dangerous person. Catatonismo cultural o high inmaculado. Whatever. Esta pieza de Massive Attack cuenta con quince años de existencia multiplicados exponencialmente por sus referentes cinematográficos: The Shining (las gemelas en el vídeo), Pulp Fiction (el personaje de Mia Wallace) y algunas escenas que parecen extraídas de un filme de los Coen Brothers. All those guys I killed… nothing personal. En cualquier caso, es una suma visual de los elementos de mi propia escritura, particularmente en mi reciente novela, “Correr tras el viento”, que si tuviera banda sonora, Massive Attack seguro estaría en ella. Pero como pieza musical, hay algo más que narcisismo literario, y es que “Karmacoma” logra crear texturas atmosféricas sobre un beat jazzy/hip hop, acompañado de percusión oriental, un loop de la ópera “Prince Igor” del compositor ruso Alexander Borodin y el ritmo de reggae: Karmacoma… jamaica aroma. Se me avienta como un nuevo planteamiento de la música como espacio multicultural. Nada sale de la nada. Todo lo que somos es memoria. Who’s gonna be a bad girl, then? Incluso, la propuesta de coexistencia entre los instrumentos de percusión acústicos con el ensamblaje electrónico me parece que habla por sí misma. I am. I want to be free… and I am free.

Massive Attack: Karmacoma: “Who’s gonna be a bad girl?”

 

2. Radiohead: “Weird Fishes” (Video animado por Tobias Stretch)

Al final de la tierra, donde solemos caer irremediablemente abismo abajo, se encuentra Radiohead. Your eyes… they turn me. Sorprendentemente popular, la agrupación viene huyendo de su propio éxito como banda de rock alternativo en los ’90, viajando por un sinnúmero de álbumes experimentales que me han colmado de fieles satisfacciones: OK Computer, Kid A, Amnesiac y su más reciente, In Rainbows. En “Weird Fishes”, la banda en la que vocaliza Thom Yorke expone lo mejor de su arte: poesía surrealista matizada por ritmos de rock progresivo, capas de música ambient marca Brian Eno, arpegio de guitarras, electrónica ambiental y melodías exuberantes como entonadas por un ángel enfermo. Es una melodía de sueño o resaca en recesión. I get eaten by the worms.Todo dentro de un minimalismo complejo que engaña a los oídos de los no iniciados. I’ll be crazy not to follow. El video es un magistral complemento a la pieza. La música de peces voladores. Weird fishes.

Radiohead: Weird Fishes: “I get eaten by the worms”.

427-6157-a-pinchos[1]Babilla. Corazón. Hígado. Estómago. Las vísceras completas. Cojones. Todo eso tiene Willie Pincho.

En momentos en que la economía del país se desmoronara, cuando la razón ha abandonado el primer recinto universitario del país y la cultura se disuelve en ornamento semántico, Willie Ortiz no se ha sentado a entonar lamentos borincanos mientras aún huele los fantasmas del incendio que consumió su negocio. Willie Ortiz se ha autoconvocado a comenzar a trabajar mañana mismo, cuando la pérdida material de su negocio seguramente arda todavía en su memoria.

Su afamado restaurante, Willy's Pincho, localizado en Guaynabo, se consumió en llamas luego de una presunta explosión en la cocina. Shit happens. Pero Willie Pincho no se da por vencido.

El objeto del deseo, el pincho –el pintxo vasco–, pariente aboricuado del shish kabob árabe y del siskebabiu turco (de eso deben saber Dalila y Pablo), es el fast food nacional. En cualquiera de los puntos de la Rosa de los Vientos uno puede encontrar algún carromato de venta de hot dogs, hamburguers o papas asadas, pero nada como la rusticidad de un puesto de pinchos, el olor a carbón pernoctando en el aire, la carne jugosa y bañada de salsa de barbacoa, picante o dulce, no importa mientras el pincho venga coronado de su rodaja de pan criollo –y si viene embadurnado de ajo, mejor. A las dos de la madrugada y con una cerveza en mano: priceless

Comer pincho –que, por supuesto, no es un invento boricua– es una actividad culinaria de interés antropológico: es el acto de comerse un animal muerto, ensartado en una espiga de madera. Nos debe recordar que, a pesar de todas las comodidades del progreso, la ciencia y la tecnología, algunas cosas en nuestras vidas siguen siendo tan antiguas que incluso preceden a la invención del lenguaje. Comer pincho nos pone en contacto con nuestro lado salvaje.

El escritor realista Sinclair Lewis (autor de Oil!, llevada al cine como There Will Be Blood) los hizo literario en la novela Our Mr. Wrenn (1914), en la que se introduce el término y el concepto. Y aunque nuestra literatura carece de una oda al pincho, seguro que no existe una persona que no los haya probado, aunque sean pinchos “vegerarianos”.

Mas, sin embargo, el elogio del pincho se debe a el coraje demostrado por el entrepeneur de Guaynabo City como un ejemplo de saber crecerse ante la adversidad.

La carencia imanta otro tipo de hambre, que es el hambre de trabajo. En lugar de quedarse a llorar su desgracia, Willie Ortiz regresa a lo básico del oficio: una carpa y una parrilla, de la misma manera que levantó su reino comestible hace 20 años.

En un momento en el que se nos derriba el cielo, la lección de Willie debe tatuarse en nuestro imaginario, como tomar todas nuestras frustaciones particulares o comunes, y espetarlas en una vara para comer de ellas…

El fuego consume y purifica. Es el único elemento que no engendra vida, sino que la consume para que todo emerja de nuevo. Y no es new age: es nuestro lado salvaje.

gargoylesPrecisamente, un día en que se conmemoraba el Día de Concienciación del HIV, los estudiantes de la UPR se convocaban en asamblea de frente a una posible huelga y el Senado de Puerto Rico planteaba el residenciamiento de Iván Rodríguez Traverzo como legislador electo democráticamente. Nada más ese día se conmemoraban 55 años de la rebelión de Rosa Parks; el cólera en Haití cobraba su víctima número 1,571; el Dow Jones subió 249.76 puntos; y China le advertía a los Estados Unidos que no intervinieran con el conflicto entre las dos Coreas. Nada de eso fue titular para el periódico El Vocero de Puerto Rico, que publicaba en su titular de portada: “La gárgola sobre Guánica”.

Lo de la Gárgola es natural: los monstruos encierran todo lo que es peligroso y horrible en la imaginación humana. La enriquecida variedad y poder primitivo de la criatura demoníaca ha sido manufacturada como metáfora cultural, e incluso como artefacto literario, en el folclore de los pueblos. Sin embargo, aparte del divertimiento que propone la noticia, como noticia titular de un diario de amplia circulación tiene la misma relevancia como decir que el Hombre Lobo existe y vive en un resort de lujo en Rincón.

Ahora, titular aparte, el resto de la edición del diario boricua me pareció completamente inconsecuente, primero, porque todas las noticias me llegaban con el aburrimiento familiar de lo caduco –me había enterado de las mismas a través de mi teléfono el día anterior o las había escuchado en la radio-; y, segundo, por la preponderancia de un estilo periodístico en desuso. Política editorial, agenda manipuladora o mero desacierto a destiempo, la impresión que sustraje del ejercicio de lectura de El Vocero ese día fue la de leer un periódico de ayer.

El medio, inefablemente, ha dejado de ser el mensaje, y en su lugar, el mensaje ha creado cierta vitalidad autosuficiente como medio mismo. Por eso, Alex Grijelmo, escritor y periodista, ha comentado recientemente que la supervivencia del periodismo no estriba en capacitar aplicaciones para el iPad o el iPhone, sino en el planteamiento de la crónica como vehículo informante.

En efecto, y de cara a la segunda década del siglo XXI, las noticias principales me llegan por otros medios. En mi teléfono, por ejemplo, recibo -a través de Twitter- las noticias más importantes de El País, New York Times, La Reppublicca, Le Monde y CNN, entre otros. Las mismas noticias que seguramente leeré uno o dos días más tarde en la prensa escrita del país.

La prensa que se limita simplemente a ofrecer la noticia está frita. Dice Grijelmo que hoy en día conocemos las noticias por la radio, el celular y el teletexto y cuando los periódicos remiten la misma información, ya la conocemos. “Cuando uno compra el periódico es difícil que encuentre una noticia a la que no haya tenido acceso ya”, concluye el director de noticias EFE.

Por ello, la crónica es la nueva posibilidad, porque “profundiza, favorece que el público se forme juicio y en ese sentido tiene que ser el género que más se practique”.

Y mientras no entremos en la sincronía evolutiva, seguirá apareciendo La Gárgola.

fernando-vallejo

A Fernando Vallejo hay que amarlo y hay que odiarlo. No tiene madre: literalmente. Nació por generación espontánea, así, como un gran supernova en algún centro cósmico de Colombia. Y como no es humano, odia la raza humana, de la que siempre ha dicho que es lo peor que le ha sucedido al reino animal.

Recuerdo hace unos años en México, durante la FIL Guadalajara 2002, cuando presentó La virgen de los sicarios, a manera de conversatorio junto a Marisol Schultz y Alberto Ruy Sánchez, y en medio de la lectura de uno de los pasajes viscerales de su novela, una dama del público asistente interrumpió la actividad muy indignada y con aire de soberbia, y dijo: «Señor, ¿por qué usted no escribe cosas lindas de la vida? ¿Por qué tiene que escoger temas que ponen a uno triste y hablar de cosas feas?», y Vallejo simplemente contestó: «Señora, yo soy un viejo que le gusta comerse los nenes. Eso no es nada bonito para usted. Así que mejor déjeme tranquilo». La dama abandonó la sala en medio de aplausos y risas.

Un tipo que se defeca en el nombre de su propio país no sólo es non-grato en su patria, sino que al publicarlo, tiene un fino sentido de la identidad como performance, del saberse en vitrina, del shock value de la palabra soez. Y entretiene.

Por ejemplo, al ser invitado a una conferencia convocada bajo el título de “La función social del editor”, confesó que ni le interesaba hablar del tema, porque pronto todos los editores estarían desempleados con la llegada del e-book. También dijo que el barrio mexicano “Tepito, la capital de la piratería, tenía sus días contados”, dado que el iPod es “la madre de todas las piraterías”; y que los libros digitales van a erradicar al libro impreso –lo que hace pensar que una conferencia de editores en una feria de libros parecería una futilidad-; y ante la incomodidad de los presentes, cuestionó el futuro del libro, si quien “no tiene futuro es la humanidad”.

Ah, sí: Vintage Vallejo…

Y como si fuera poco, Vallejo estremeció a su público –adora hacerlo, casi morbosamente-, cuando declaró, según informa El Economista, que:

“el español es un desastre, es un idioma en bancarrota. Perdimos desde dentro lo más elemental: se perdió la concordancia gramatical entre género y número; el idioma está totalmente anglicado; en las cartas ya no escribimos, como en el pasado, ‘Querida tal’ y luego dos puntos (:), sino coma (,), a la francesa; cuando algo nos causa sorpresa decimos ‘wow’, como perros; usamos la voz pasiva porque la usan los gringos siendo que la voz del español es activa. Hemos perdido la esencia de la lengua. Los gringos nos colonizaron hasta el alma”.

Podrán imaginarse la magnitud de la indignación que han causado sus manifestaciones.

Finalmente, ante la falta de opciones y soluciones –no le gusta darlas, dice-, concluyó con una recomendación: “No tengan hijos. Total, no van a perdurar en ellos”.

Ah, claro: no nos alarmemos. Pura tura. Performance. O whatever.

Puede que parezca que Vallejo es la persona que más feliz es siendo infeliz, pero tras esa piel de piedra, hay un viejo tierno que le gusta comerse los nenes.

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