En más de una ocasión he escuchado la pregunta de carácter retórico «¿Qué rayos anda mal en la sociedad estadounidense?» Si bien las contestaciones se agolpan, se empujan, se agreden, se arrastran y se arrojan gas pimiento en los ojos por llegar al altar de la Gran Verdad, la comunidad científica e intelectual me estará agradecida de mi reciente descubrimiento como respuesta a esa gran pregunta.

Y es que, como si desenterrara el Santo Grial, o el Eslabón Perdido, o los restos del Arca de Noé; como si fotografiara a Nessie, o al Chupacabras; como si encontrara el gen maldito en nuestra cadena del DNA cultural, ese gen que hace que nadie nos entienda; o como jugar Angry Birds contra Dios y ganarle, hoy les presento, viajeros errantes de esta región de Genérika, el TV HAT!




Lo primero es: ¿Quién va a comprar eso?

Cosas veredes, Sancho.

El desdichado invento sólo podía ser inventado en América the Beautiful. Como pueden ver, hace ver al usuario como un mutante, cuerpo de humano y cabeza de pato. Es ideal para los Coño-Carajos (esa persona a la que uno le dice: «Coño, qué cuerpo; carajo, qué cara»). O para los que les gusta andar por ahí enmascarados, sobre todo si es un banquero de Wall Street u oficial del Banco Popular y se avergüenza de serlo.

El TV HAT es ideal para evitar el contacto con la realidad circundante y usted no tendrá que preocuparse de otra cosa que no sea que su iPhone o Droid tenga carga suficiente. Y de seguro, cuando se quite el sombrero, probablemente le habrán robado cuanta pertenencia haya usted dejado de vigilar, pero como ojos que no ven, corazón que no siente, pues no problem.

El TV HAT cuesta US $29.99, pero si usted llama ahora, le dan dos, para que así lo comparta con su esposa y no tenga que mirarla más a la hora de acostarse y, pues, si no hacen el amor con frecuencia, usted ni se entera. Igual sucederá cuando el resto del mundo se ría de usted. 

Pronto lo veré en Walgreens, Walmart y otras tiendas que son ya parte del patrimonio nacional boricua. Y en menos de lo que uno dice veintinuevenoventinueve-más-el-ivu-, veremos a cuatro idiotas luciendo el TV Hat en algún centro comercial, meeting político o cine cerca de usted. 

¿Qué rayos anda mal en la sociedad estadounidense?
La facilidad de convertirse ella misma solita en un criadero de consumidores idiotas. 


Y de estas cosas, los puertorriqueños aprendemos con suma facilidad. 






Anoche, tras la victoria de Miguel Ángel Cotto por knockout técnico frente a Antonio Margarito, Puerto Rico entró en un rapto esquizofrénico que manifestó de manera particular: disparando balas al aire. Como si se tratara de una escena en The Three Amigos, o una victoria de los ejércitos de Pancho Villa, el país demostró su falta de sensibilidad, su inmadurez social y su perniciosa personalidad violenta tan sólo por una victoria en un match de boxeo. 


A mí, el impacto de la pelea sobre un pueblo armado e infantil opacó cualquier sentimiento de solidaridad y alegría. Y, a fin de cuentas, todo lo que pude escribir fue una décima:


"La décima bala"


Ra-ta-ta-pum-pum-pum-pow-pow
Pum-pum-pum-pum-pum-ra-ta-ta-pum-pum
Pum-pum-pum-pum-pum-ra-ta-ta-pum-pum
Bang-bang-bang-ka-bum-pichao 
Bang-bang-bang-ka-bum-guillao
Bang (click) Blang (click)Bang-ra-ta-ta
Pum-pum-pum-pow-pow-ra-ta-ta
Pum-pum-pum-pum-pum-pum-bum-bum 
Pum-pum-pum-pum-pum-pum-bum-bum
Bum-bum-bum-bum-te-vo’a-matá

**
Cabe indicar, como nota al calce, que el "balar" es el sonido que producen los ciervos. 
En eso nos hemos convertidos.




De todos los premios que los escritores pueden recibir, ninguno me ha causado tanto agrado como saber que Nicanor Parra se ha Ganado el Premio Cervantes 2011 a los 97 años de edad. Físico y matemático, lo mejor que le ajusta es el epíteto de anti-poeta. Izquierdista no militante, los versos de Parra gozan de influjos surrealistas que espectacularmente nos llegan con espontaneidad y naturalidad coloquial, lo que lo convierte en un poeta sumamente accesible. 

Sobre todo, Parra otro poeta Beat latinoamericano (Ernesto Cardenal es otro).

En “Los vicios del mundo moderno”, Parra concibe un poema magnánimo y poderoso como el “Howl” de Allen Ginsberg, al exponer versos que denuncian de manera hipnótica los desencantos con las realidades sociales de los tiempos. Incluso,  los versos: “El endiosamiento del falo,/ La política internacional de piernas abiertas patrocinada por la prensa reaccionaria,” equiparan a aquellos verso de Ginsberg en “America” que dicen: “America: go fuck yourself with your atom bomb”. Ese poder falocéntrico y violador de espacios cerrados emerge en una imagen que es tan perturbadora como poderosa. De hecho, Parra y Ginsberg compartieron habitación durante la estadía de ambos en La Havana, a la cual asistieron para una conferencia de escritores en 1965. 

A Parra habría que añadirlo a la trilogía permanente de Huidobro, Vallejo y Neruda como una de las figuras de mayor impacto en la transformación de la lírica hispanoamericana. Habría que hacer otro junte para determinar quiénes son los beatniks latinoamericanos, que sin duda debe incluir a Cardenal, Pedro Pietri y al mexicano José Agustín Ramírez Gómez, entre otros.

No debe quedar duda: apenas ayer, durante una entrevista para El Espectador, Parra demostró que merece altar propio al revelarle “la ecuación canónica de la poesía occidental”, su más preciado secreto, a Héctor Abad Faciolince. Según Nicanor Parra, es la siguiente:

{14 + 8 : 2 = 11}

La ecuación se puede segregar de la siguiente manera: los versos de 14 sílabas corresponden al mester de clerecía, el de Gonzalo de Berceo. 

Cuando Abad Faciolince le indica que los alejandrinos también pueden contarse como dos versos de 7, pues los de 14 casi siempre tienen un cesura en el medio, Parra concuerda, mas la suma no altera el número: 7 + 7 = 14. 

El ocho, evidentemente, proviene del octosílabo de las coplas y de los romances, que corresponden al mester de juglaría, la poesía popular. 

Al dividir la suma entre los dos tipos de versos canónicos, obtenemos la medida media, "la perfecta, que no es culta ni popular: el endecasílabo". 

El undecasílabo es el verso típico del soneto italiano y del provenzal. 

"El endecasílabo es casi la medida de todas las cosas, en poesía, quizá por esa rara virtud de ser al mismo tiempo poesía alta y poesía popular". 

"Parra es una caja de música, divertido, ingenioso, irreverente”, dice Abad Faciolince.

Y ahora que lo pienso bien, quizás no. Quizás Parra no es ángulo para cuadraturas. Después de todo, no puede ser “square”; es un “beat”. Merece admirarse solo.



En un ensayo de 1827, titulado “On Murder as a Fine Art”, Thomas de Quincey exploraba las cualidades estéticas de un asesinato, motivo por el cual debía ser considerado una de las bellas artes del ser humano. Es la violencia del acto la que, una vez desatendida de los vínculos morales, puede ser sujeto de admiración y apreciación de la misma manera que un arte que se considere arte en sí mismo se desprende del fin público, alegaba el pensador. 

De Quincey menciona otra condición de la violencia: el miedo.

Por miedo, permitimos que maten a los prójimos y no decimos nada. Ley del silencio, le llaman. Es el gen egoísta en función: si hablo, me matan a mí. Así, el asesino, sicario, hitman o matón seguirá impune hacia su próximo trabajo.

La violencia en Puerto Rico vive de instaurar el miedo como ejercicio de poder.  Es común que nos encontremos estos días repensando ir a este o aquel lugar, contraponiendo el ejercicio de nuestro juicio dentro de las posibilidades de seguridad personal que podamos tener porque ya es común que, mientras uno transita por cualquier avenida o calle del país, se desarrolle un tiroteo y ocurra una masacre. Los espacios públicos han sido devastados por la insistencia de aquellos que buscan ecualizar el orden social a pulso de pistola.

Diversas campañas han surgido en las cuales artistas, organizaciones filantrópicas y, como recientemente ha surgido, los periodistas del país han articulado su deseo de transformar la presente situación mediante un reclamo que, aunque diverso, es unánime: no a las balas, no a la violencia, no al crimen, y otros reclamos de negación.

Yo entiendo que, en una sociedad conformado por prohibiciones, aportar otro “no” tendría el mismo efecto que tirar un puño por una ventana abierta. El “no” se convierte en anáfora a través de la narrativa social. Es decir, se repite tanto, que pierde fuerza, énfasis- deja de calar y llega dentro de una ristra de mandatos a los cuales ya ni siquiera prestamos atención: no fume, no estacione, no tome, no utilice su teléfono, no ATH, no menores de 18 años, no, no, no…

En realidad, la violencia es un estado del ser humano. Nacemos entre dolor, sangre y llantos y de aquí en adelante, ante la ausencia del lenguaje, nos exponemos a la necesidad de gritar y llorar para hacernos entender, hasta que aprendemos otra violencia más pasiva, la del lenguaje, con la que rompemos y rehacemos el mundo.
Y es en esta etapa donde menos entendemos el no: no toques, no te metas el dedo a la boca, no corras, no, no, no…

La tendencia del ser humano, como han dicho en contextos distintos Blanchot y Bataille, es hacia trasgredir el espacio delineado por la prohibición y la delimitación. En un pueblo inmaduro socialmente, como sucede en Puerto Rico, las limitaciones y las exhortaciones construidas con negaciones equivalen a decirle a un niño que no inserte su dedo en el receptáculo de la luz (si no termina por hacerlo, al menos el infante lo va a intentar). Por tanto, decir una frase como “No a la violencia” tiene un impacto semántico de frágil peso: todos entendemos que nos dicen, a que se refiere, pero no impacta en su valor semiótico.

La violencia, consideremos, es una energía. Su efecto es adverso si se canaliza de la manera equivocada, mas trabajada en el polo correcto, produce resultados positivos. Así que el problema de los efectos de la violencia es un tráfico entre el objeto violentado y el que violenta. Se trata de un acto de cambio, de transformación necesaria inherente a todos los seres humanos. El ser humano necesita saberse capaz de ello.

Solamente puedo pensar en una actividad capaz de canalizar la rabia, la frustración, las ganas de sentirse dios pequeño en un individuo, y es el arte.

El arte pacifica. Cambia. Construye. De sentido de poder a un individuo sobre los materiales de su producción. Es a través del arte que nos hacemos más humanos, porque son del dominio exclusivo del animal pensante. Es a través del arte cuando logramos entendernos a nosotros mismos y explicarnos el mundo, por ende, estableciendo una relación necesaria con el prójimo. Es el arte lo que nos salva.

"Sin arte y sin artistas estaríamos perdidos", escribió una vez Todorov.
En una sociedad que subestima, desprecia e ignora  el arte y sus artistas, estamos perdidos.

Del arte para transformar la violencia, hablaré más tarde. 



La revista cibernética About.com en Español publica en su edición de hoy martes 22 de noviembre de 2011 una entrevista con Marcela Álvarez, la cual surgió tras la reseña de mi novela Correr tras el viento: nirvana de chocolate,un violín y una mujer, y su acogida en el mercado Hispano de los Estados Unidos, en particular como libro electrónico.

Correr tras el viento es un thriller atrapante donde se cruzan el amor, el hurto de arte y los chocolates, dice Marcela como parte de la introducción a la entrevista en la que hablamos de Berna, mis lecturas favoritas, mi panteísmo escriturario y otras cosas de mi mundo, que ha pasado a ser un reino de lo privado que pueden fisgonear en Twitter

(So much for privacy, right).

El enlace lo encuentran si pulsan aquí para acceder a AboutLibros (@AboutLibros).




El Nuevo Día publica, en su edición de hoy, un escrito atrevido y necesario proveniente de la pluma de Ana Teresa Toro (@Altisidora), titulado “Ser puertorriqueño hoy”, el cual indaga sobre algunas opiniones en torno al tema de la identidad en el siglo XXI. El psicoanalista Alfredo Carrillo, el critico cultural Juan Flores y la escritora Giannina Braschi expresan su sentir sobre las cambiantes fluctuaciones que se entrelazan en el conglomerado de constructos que llamamos cultura.

“Vivimos en la era donde las palabras cultura e identidad ya no funcionan en singular, hablamos de culturas e identidades”, comenta con acierto Ana Teresa.

Y es verdad. Los que siguen mi cuenta de Twitter y/o vienen a menudo por la región virtual de Genérika, habrán escuchado mi mantra: Puerto Rico es un país multicultural. De ello, no queda mejor referencia crónica que el fabuloso ensayo “Caribeños” de Edgardo Rodríguez Juliá. O la entrada suscrita en enero de 2011 en este blog, titulada Mono, bi,multi: los prefijos nefastos de la cultura

En el artículo de Ana Teresa Toro, Carrasquillo expresa que “hay dos grandes tradiciones: está la esencialista que parte de la idea de que lo que somos está definido a partir de los orígenes, esa teoría del ‘osterizer’ de Ricardo Alegría que habla de la mezcla de indio, africano y español y establece que eso hemos sido y eso seremos”. Y añade: “Entonces está el otro enfoque, con el que yo simpatizo, que establece que la identidad cultural es dinámica. Lo que define quiénes somos son nuestras prácticas, cómo comemos, cómo bailamos, cómo hacemos el amor”.

Queda entendido, por tanto, que en el siglo XXI, los puertorriqueños producimos y consumimos la idea de cultura de manera distinta a la narrativa del siglo XX que, a manera de transposición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos ha impuesto una trilogía racial como carné de identidad. Más quedan excluidos los corsos, italianos, franceses del siglo XIX, y las oleadas de venezolanos, dominicanos, irlandeses, mexicanos, cubanos, entre otros, del siglo XX. Emilio S. Belaval, más que Pedreira, es quien probablemente mejor ojo ha tenido para el reconocimiento de nuestra multiplicidad identataria.

“La cultura se basa en la práctica social no en la sangre”, dice a la periodista el escritor y experto en el tema, Juan Flores. “Las culturas donde más se observan prejuicios son las que se construyen a base de la biología… una cultura que no está en movimiento, está muerta”.

Y es que la cultura, como el lenguaje y la identidad, no es natural. No se hereda. No se transmite de gene a gene como, digamos, los rasgos físicos, los cuales incluso, como sabemos, están expuestos a alteraciones y cruces en la cadena del ADN.

Es evidente que no somos una sola cosa. Como la historia, que para Flores es la base de la cultura, nos limitamos a lo que nos cuentan, lo que nos narran y mitifican. Solemos ser lo que nos dicen que somos.

Para la autora puertorriqueña Giannina Braschi, este tema es recurrente porque sencillamente “no hemos nacido como país”.
Pero dado a que, precisamente, me encuentro desarrollando un escrito sobre el tema, a las opiniones expertas, quisiera añadir un punto de confluencia y a la vez de expansión del tema, y es la suma de los medios sociales a la manera en que manifestamos nuestra idiosincrasia. Presentado con convicción por Henri Jenkins en Convergence Culture, la emancipación de las esferas públicas a través de los medios sociales en internet provee una nueva dimensión para el desarrollo de identidades y, como dicta el título de su libro, de convergencias culturales.

En el ciberespacio escribimos desde un topos particular: desde la amplitud de lo virtual. Nos enlazamos con otros pensamientos, nos afectamos mutuamente, nos vestimos de personalidades que les llamo “avatáricas”,  coaccionamos con otras esferas culturales en un mundo que inefablemente se disuelve a la vez que se ensancha.

Trending Topics, Facebook Status, chats cibernéticos: todo apunta a que nuestra esfera de experiencia, ese marco referencial donde se construye la cultura, es un universo en constante expansión.

Por supuesto, no se trata de homogeneizar la experiencia, como se nos ha enseñado durante la modernidad, sino de hacer más inclusiva y aditiva nuestra formación como sujetos culturales. Es un asunto de sumas, más que de restas.

Imagen: "Endangered ACulture", de Peter Leo Ella


En su ensayo “Culture and Finance Capital”, el pensador estadounidense Fredric Jameson rastrea la genealogía de los procesos económicos capitalistas como influencia sobre el nuevo orden de producciones culturales. Jameson simplifica la premisa: desea establecer conexiones directas o indirectas entre el arte y las circunstancias histórico-económicas bajo las cuales se suscribe la creación y recepción artística. 

De acuerdo con Jameson, el dinero se ha convertido un ente en sí mismo. El sistema adquiere su propia lógica capitalista que se desposee de todo sistema capitalista antecedente. Esto es posible gracias a la llegada de la “revolución” cibernética, en la cual se intensifican las comunicaciones tecnológicas a través de las cuales las transacciones financieras han transgredido las disposiciones de tiempo y espacio y pueden extenderse libremente por el ciberespacio. 

El capital, en estos términos, se transforma en abstracción. 

Transferencias bancarias electrónicas, depósito directo, pago con tarjetas de crédito y de débito y las compras por Internet, entre otros hábitos de nuestra cotidianidad, no han hecho otra cosa que desposeernos del contacto con nuestra remuneración inmediata por el trabajo. Sencillamente, nunca vemos o tocamos el capital. Las transacciones se ejecutan en base de equivalencias, no de objetos físicos, como, digamos, una moneda de intercambio. Ese es el problema.

Una vez hizo falta el dinero para generar más dinero. Luego, ese dinero fue utilizado para obtener capital. Hoy día, se articulan nuevos asomos de otra etapa de abstracción: se genera capital para obtner más capital. Se trata, en efecto, del capital financiero de la sociedad globalizada, las abstracciones legadas cortesía de la era cibernética, tal como comentado anteriormente.

Las teorías sobre el capitalismo se ven forzadas a entrar en un nuevo dominio para expandirse hacia la producción cultural. La economía global se beneficiará de lo que Occidente llama las Nuevas Políticas de Diferencia, debido a la intervención de una pluralidad de culturas que hace imposible un acercamiento multiétnico y ecuménico, una postura totalmente predecible desde la llegada de la Internet y otros medios de la comunicación cibernética.

Así, Jameson establece una dialéctica entre lo cultural y lo económico, en lo cual todo lo uno es lo otro, y viceversa, hasta convertirse en simbiontes de una proyección ulterior, que es lo social.

Lo que permanece como eje central a toda la discusión para Jameson es el papel del dinero en la producción cultural. “Desde Hobbes hasta Locke”, dice Jameson, “todo el mundo ha identificado, mucho mejor de lo que lo hemos hecho nosotros, al dinero como novedad central, misterio central, en el corazón de la transición hacia la modernidad”. Dicha tradición ha sido continuada en los análisis marxistas de la cultura, acercamientos en donde el concepto del dinero se radica más como categoría de lo social que de lo económico.

Para la sociedad burguesa del siglo XIX, la emergencia de un nuevo valor de intercambio estimó un nuevo interés en las propiedades físicas de los objetos, o su equivalencia en dinero. Esto conllevó un nuevo interés en el cuerpo del mundo y las relaciones humanas desarrolladas a través del comercio. Las relaciones entre comerciantes y consumidores supuso “un interés más agudo en la naturaleza sensorial, al igual que en los rasgos psicológicos y caracterológicos, de sus respectivos interlocutores, lo que está supuesto a desarrollar nuevos tipos de percepción tanto física como social –nuevas maneras de ver, nuevos modos de conducta– y a la larga crean condiciones en las cuales formas más realistas de arte no sólo son posibles, sino que también deseables y propiciadas por sus nuevos públicos”.

El dinero, sin embargo, no constituye un lenguaje o una dimensión referencial, pero ese es justamente el juego del capital financiero, que, contrario a depender del consumo y producción, constituye un sistema hermético, interno, carente de referentes externos. En esto, el capital financiero se asemeja a la etapa posterior a la modernidad: sugiere una nueva dimensión cultural independiente del mundo que la precedía, no porque se haya separado de él, sino porque lo ha conquistado, lo ha absorbido, lo ha colonizado. 

Por tanto, la manera en que nos relacionamos con el dinero tendrá un efecto necesario e inevitable en la forma que producimos la cultura.

Dada la concesión de la nueva abstracción del capital financiero, surge una nueva y más abstrusa manera de pensar y percibir, radicalmente opuesta al mundo de los objetos del sistema mercantil. La manera en que vemos la realidad, y la representamos, cambia: nos vemos vaciados en medios cibernéticos donde nuestra propia personalidad es una abstracción, como lo son los medios sociales de Twitter y Facebook. 

Si la abstracción del dinero ha impactado nuestro ámbito cultural, hemos de aceptar que la tecnología, como extensión de dicha tensión, ha transformado nuestro campo de producción cultural.  

Foto: de Next Nature.net


Anoche se celebró la presentación de la antología de poesía Saterías, compilada por el Taller de Poesía del Programa de Estudios Interdisciplinarios en la UPR. Ante una oncurrida Librería Mágica en Río Piedras -gracias a Luis y a Arnaldo por recibirnos-, la presentación contó con la participación de la mayoría de los estudiantes que aparecen en la antología. La Dra. Zayra Rivera, profesora y amiga, se encargó de las palabras preliminares. Una breve introducción a la antología fue mi aportación a la velada. He aquí el texto de lo que leí.


¿De qué va uno a escribir?: Toma 1

Una vez conocí a Arturo Pérez Reverte y quien era mi jefe para entonces, Miguel Tapia, me presentó como escritor. Contaba yo entonces con 30 años de edad, un peso liviano aún, pero que provocaba incredulidad, pues, según me dijo el novelista español, yo parecía de 25. Esto, a los 30 años, no es un halago. A los 30 uno quiere parecer de 30. De todos modos, esto no fue tan descorazonador como el momento en que Pérez Reverte me dijo: “¿Y eres escritor? ¿Pero de qué va uno escribir a los 30 años?”

Después de eso, terminé un poemario, un libro de cuentos y una novela, aunque no en la misma noche.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 2

El doctor Lowell Fiet tuvo la idea de asignarme el Taller de Poesía 3236 del Programa de Estudios Interdisciplinarios de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, una tarea que dentro de aquellos tiempos me pareció más que un ofrecimiento, una necesidad. Es la poesía ese medio por el cual los seres humanos intentamos mediar con la realidad circundante y explicarnos la existencia. Mas, mitos aparte, la poesía es una significación de nuestra existencia inmaterial.

Unos 18 estudiantes, incluyendo dos que se prestaron como oyentes, poblaron el taller en tiempos turbulentos en el recinto. Como es de esperarse en una población tan rica y diversa como la que conformaron los miembros del taller, para algunos era su primera experiencia directa y formal con la construcción de textos poéticos; incluso, para otros, sus primeros poemas en español; en el mejor de los casos, el taller constituyó una reestructuración y redefinición de un trabajo poético que venía desarrollándose previamente a su participación en el taller.

Aunque no era mi primer taller de poesía como profesor, sí era el primero para un público cuyas edades flotaban entre los 18 y 20 años de edad.

¿Y de qué va uno a escribir a sus 20 años?

¿De qué va uno a escribir?: Toma 3

Saterías surge en medio de la inquietante experiencia de estos escritores en tiempos de turbulencia huelgaria. Para muchos, estoy seguro, una realidad fragmentada, inconexa, mayor que la propia suma de sus partes. La poesía surgió como geografía común para aquellos que nos dimos a la tarea de dar forma a lo que es nos precede como un orden caótico, que es mi definición de lo que hace un poeta: un humano que trabaja con elementos previamente dados, que es el lenguaje, para crear sentido y belleza, si tan sólo es un sinsentido feísta. En cualquier caso, arte.

Todos los poemas contenidos en la antología, luego de sus pertinentes marronazos, se escribieron en el taller. Los textos y portada de Saterías fueron seleccionados y ordenados por los participantes, con la colaboración primordial de Alexis Rojas, cuya labor hizo todo más llevadero. Saterías es una publicación autogestada para beneficiar otras futuras publicaciones en otros talleres del PREI.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 4

Iván Acosta dos Santos, cuyo proyecto poético reside en la palabra como juego y en habitar ese dominio gemelo de la poesía, que es la filosofía. 
Iván es un “palabrador”, calificativo que da título a uno de sus poemas. 

Medic Molina es antropomórfico y en sus poemas se convierte en una laptop, adolece la pérdida de su lápiz y termina renaciendo en poema. 

Joan Mendoza es la voz de la vanguardia comprometida, como se desprende de su poema “Encapuchados”.

Braina Laviena es la “Pecadificada” y le da voz a una otredad anoréxica. 

Melissa Portell es la viajera con una flor tecnicolor, entre Grecia y la sopa de estrellas.

Alexis Rojas es el poeta que se queda sin semillas para su método, imaginista e intertextual que recurre a la memoria poética para dar continuidad a ese gran poema del que todos somos partes.

Valerie Mercado es verbo y sombra encadenada al Libro del Buen Amor.

Leisha Gúzman condena el estancamiento cerebral y sin rumbo de los ojos color esperanza del personaje Ginny Weasly, préstamo de las novelas de Harry Potter.

Ima Ríos es la poeta pitonisa, voz profética, ancestral, como si viniera desde un siempre.

Valeria Concepción es la poeta del color de la inestabilidad entre vernarterias y secretos.

Sergio García Currás es el incontenible poeta cerebral, articulado y en dominio del verso largo.

Francheska Quiñones es su anverso: poeta minimalista, económica, del decir más con menos.

Maité Plaza es dada a las formas, a resaltar la relación de las palabras y sus sonidos, en una búsqueda de sentido estético.

Zully Roa Peguero construye su poética en la mejor tradición de la poesía oral, coloquial y de vanguardia latinoamericana.

Izamar Rivera rompe el lenguaje, lo pega, lo rehace y postula una nueva manera de nombrar la realidad.

Y Yara Larí es la dadaísta con daga que nos insta a odiar el ruido para dejar que suene el poema.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 4

Probablemente, dada su limitada circulación, nadie va a arrepentirse de aquí a cinco años. Y apesar del modesto esfuerzo, Saterías es coqueta, callejera y errabunda. Nada la contiene y se contiene en todo. Desde el performance y la poesía fónica hasta la poesía fractal y la tradicional, los poemas contenidos en esta colección son casi holográficos: se estructuran lumínicamente en el espacio. En fin, Saterías es polipoesía e hibridez, un buen pretexto para reformular estéticas y posibilidades de una poética en redefinición.

Y, entonces...

¿De qué va uno a escribir?: Toma 5

Toma seis.
Toma siete, si quieres.
Toma cautela.
Toma té.
Toma tela.
Toma corriente
Toma dura.
Toma Hawk.
Toma poesía.
Toma vida.


De eso uno escribe.


En la literatura puertorriqueña se suscita una coyuntura interesante, muy subestimada por algunos y desconocida por otros, que es la escritura diaspórica, que es en gran parte una literatura puertorriqueña escrita en inglés. Oxímoron o no, uno de los exponentes de dicha modalidad es Piri Thomas, quien falleciera el pasado lunes 17 de octubre, dejándonos su obra más comentada, Down These Mean Streets, autoficción de gran acogida comercial desde su publicación en 1967, cuando llegó al listado de las más vendidas.

El carácter autobiográfico del libro nos narra las vicisitudes del protagonista a manera de Bildungsroman, o novela de aprendizaje,  en la que el nudo argumental se tensa a partir de la búsqueda de identidad personal y étnica. El tema de la identidad racial prevalece como una categoría de poder o importancia jerárquica en un núcleo social. En más de una ocasión, vemos al protagonista renegar de su negritud, en aserción de su puertorriqueñidad. En un escena donde dos chicos italianos le preguntan a Piri su nacionalidad, uno de ellos asevera: «Ah, Rocky, he's black enuff to be a nigger. Ain't that what you is, kid?». La respuesta llega “como un suspiro”: «I'm Puerto Rican».

No es negro. Es puertorriqueño. Mas, lo largo del texto, Piri termina por aceptar su negritud.

Juan Flores (Divided Borders, 1993) ha dictado que la autoficción de Thomas pertenece a esa tercera oleada de literatura puertorriqueña de la diáspora, la literatura Nuyorican, y precedida solamente por obras escritas en español, como lo fueron Las memorias de Bernardo Vega, Trópico en Manhattan de Guillermo Cotto Thorner o En Babia, de J.I. de Diego Padró, por ejemplo. «La señal más patente de de esta nueva literatura que emana de la comunidad es el lenguaje: la alternancia del Español al Inglés y la escritura bilingüe. Las transferencias del lenguaje no deben ser tomadas como rasgo de asimilación en un sentido cultural amplio».

Pero el idioma central de Down These Mean Streets es el inglés. El español se intercala, por tomar prestada la frase de Francés Montaner-Negrón, como granadas lingüísticas.

Es más: dentro del mismo inglés, existen varios registros del mismo idioma: el hablado por la clase dominante blanca, el inglés de los blancos inmigrantes, el inglés afroamericano y el inglés boricua comparten relevancia.

Mas, como dice Flores con respecto a mucha de la literatura nuyorican, esto no la hace menos literatura estadounidense o menos literatura puertorriqueña. La selección por la “inclusividad” significa hacia un contexto cultural amplio, en expansión y modulación.

Pero su fuerte es también su fortaleza. Todavía, en nuestra mentalidad de isla, regida por la febril hispanofilia, confrontamos problemas para aceptar a los boricuas que, por circunstancias históricas, se expresan en inglés. Aún así, el vínculo de Down These Mean Streets con nuestra literatura es casi por concesión genética: en la obra se retratan a los nietos de La Charca y a los hijos de El Negocio, ambas de Manuel Zeno Gandía. 

Piri Thomas, sin lugar a cuestionamientos, fue el originador de un género literario que subsecuentemente sería perseguido, con éxito, por Esmeralda Santiago y Judith Ortiz Coffer, y que abrió espacios a otras voces de la literatura hispana en general. Pero probablemente, dónde el autor neoboricua reside con mayor presencia es en el Drown del escritor dominicano Junot Díaz. 


A principios de la década del 2000, comenzó a ocuparme la preocupación de adónde se dirigiría la literatura contemporánea de mi país. Cuento viejo hoy, pensé entonces en todos los escritores cuyas obras pasarían sin tinta ni consecuencia directo al olvido.

Por ahora, cualquier trabajo que yo haya hecho en dirección a revelar talentos literarios es –como se espera-, invisible, pero no puedo negar que el tema de la obra desaparecida es todavía de mi interés. Por ello, en algún momento, me di al interés de rescatar el “Canto a la locura” de Francisco Matos Paoli, El Aguinaldo puertorriqueño, El Álbum puertorriqueño, y la poesía de Clara Lair, entre otros.

El tema me aborda cuando encuentro un listado compilado por Megan Gambino y publicado por Smithsonian.com en el que comentan las diez obras literarias que ya nunca podremos leer porque se desconoce su paradero, a pesar de prevalecer constancia de su materialidad en algún momento.

1. Margite, de Homero
La fama de Homero, que vivió en el siglo VIII a.c., llegó algo tardía a Europa, cuando un monje calabrés lleva en 1337 copias de la Iliada y la Odisea a Roma. Ya para entonces se hablaba del Margite, obra que se cree devorada y perdida en el infame incendio de la Biblioteca Imperial de Constantinopla.

2. Los libros perdidos de la Biblia
Se sabe de la existencia de estos libros por la mención e interrefencialidad que de ellos se hace en otros libros existentes de la Biblia. Por ejemplo, El Libro de las Guerras de Yavé que se menciona en el Libro de los Números. También se nombra el Libro de los Justos y el
Libro del profeta Natán. La existencia de los libros "Las crónicas de los reyes de Judá" y "Crónicas de los Reyes de Israel” se consigna en el Libro de los Reyes en el Antiguo Testamento.

3. Cardenio, de William Shakespeare.
Presuntamente, Shakespeare escribió su obra inspirado en el personaje que aparece en Don Quijote de la Mancha. La obra fue puesta en escena en mayo de 1613 en una función para el Rey Jaime I –un año posterior a la traducción de El Quijote que apareciera en Londres-. Sin embargo, se desconoce el paradero del texto.

4. Inventio Fortunata, o el Descubrimiento de las Islas Afortunadas
Se sabe que su autor fue un monje franciscano cuyo nombre permanece anónimo y que en el siglo XIV que viajo hacia el Ártico y describió impresionistamente la geografía polar. Una de las copias del libro perteneció al Rey Eduardo III, pero la obra, de la que se creía en existencia unas pocas copias adicionales, desapareció en el olvido.

5. Santiton, de Jane Austen
Al momento de su muerte, Austen había completado 11 capítulos de su última novela. La protagonista responde al nombre de Charlotte Heywood, quien visita el pueblo costero de Sanditon. Pese a que varias escritoras se han dado la tarea de terminar la novela, Sanditon permanece enigmática y perdida.

6. The Isle of Cross, de Herman Melville
Antes de escribir sus novelas del Pacífico y Moby Dick, Melville trabajó como marinero. En un viaje a Nantucket, el autor escuchó la historia de Agatha Hatch, la hija de un farero y quien salva a un náufrago de nombre James Robertson. La pareja se enamora, se casa, pero luego James la abandona. La novela está registrada como rechazada por la editorial Harper & Brothers en 1853, pero no queda rastro del manuscrito.

7. The Poor Man and the Lady, de Thomas Hardy.
De la novela quedan consignadas algunas menciones en entrevistas hechas al autor y correspondencia que éste sostuviera con el poeta Edmund Goose en 1915. La novela fue rechazada para publicación, pero, según los estudiosos, en la novela Desperate Remedies, así como en un poema de Hardy titulado: “A Poor Man and a Lady”, se detectan rastros de la obra original.

8. El borrador de Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson
Cuenta la leyenda urbana que Stevenson quemó el primer borrador tras su compleción, cuando recibió la critica de su esposa, quien incluso sugirió que el trabajo mejoraría si convertía el mismo en una alegoría moral. Luego Stevenson reescribió la novela tal y como la conocemos hoy.

9. Novela de la Primera Guerra Mundial, de Ernest Hemingway
La esposa de Papa Hemingway, Hadley, empacó un día en París con el fin de encontrarse con su esposo en Suiza. Una de las valijas de Hadley contenía varios escritos inéditos de Hemingway, incluyendo una novela sobre las experiencias del autor como corresponsal de guerra en la Primera Guerra Mundial. La maleta desapareció. Hemingway luego se divorció de Hadley.

10. Double Exposure, de Sylvia Plath.
La trama gira en torno a la relación de una poeta con un esposo que le es infiel. Demasiado contacto con la realidad. Tras el suicidio de la Plath, su esposo Ted Hughes, laureado poeta inglés, tomó posesión de los inéditos de la escritora. Entre ellos, Ariel, que llegó a ver prensas y gloria. La misma suerte no tocó a la novela de Plath. Hughes, quien ya había quemado varias páginas del diario de su difunta esposa, reclamó siempre que Double Exposure era un trabajo inconcluso.

En Puerto Rico tenemos nuestras obras perdidas: Walhalla Yankee, novela de Arístides Moll Boscana, y Elegía para Eleanor Rigby, de Manuel Abreu Adorno.

De la primera, no se sabe nada excepto las referencias que se hacen de ella en las historias de la literatura. De la segunda, puedo dar fe que la he visto, la he tocado y la he leído. 

Pronto escribiré sobre ella.

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