La caída del Mago: de cómo se construye la tradición

el_cuarto_rey_magoDicen que eran tres. Es más, eran cuatro, pero uno se distrajo o se perdió. Llegaban de oriente. Seguían un acontecimiento celestial representado en la llamada Estrella de Belén. Y venían a adorar al Mesías recién nacido y a honrarle con preciados regalos de la época. Un día como hoy se conmemora la víspera del Día de los Tres Santos Reyes como una hermosa tradición que ejemplifica que todos somos una hermosa ficción.

Aunque para muchas personas sea una insolencia, sostengo el punto de que las tradiciones no son formas naturales de la cultura, sino construcciones. La primera vez que dije eso, por poco me enfrento a un linchamiento. Cuando lo dije en mi salón de clases, temí por un exilio en masa de estudiantes. Para mi sorpresa, solamente una persona se ofendió. Pero hoy, el onceno Día de Reyes del Tercer Milenio, me asalta el tema nuevamente con insistencia.

La primera noticia que tenemos de los Reyes se registra en el Evangelio de San Mateo, y solamente son nombrados como "magos que llegaron del Oriente". Como sucede con las vidas de San Joaquín y Santa Ana, los patronos de mi pueblo (y que ni siquiera aparecen nombrados en la Biblia), el Antiguo Testamento no hace descripciones impresionistas en torno a la vestimenta, apariencia, o edad de los Sabios de Oriente. Ni siquiera dice cuántos eran.

Por muchos siglos se debatió el número de Magos que habían llegado a Belén, iniciando en el siglo III con la idea de que eran solamente dos, según representaciones en los templos, pero que en las catacumbas se duplicaban, originando la idea de que eran cuatro. Según un libro escrito por el periodista español Pepe Rodríguez, titulado Mitos y ritos de la Navidad, en algunas pinturas del siglo IV aparecían seis Magos (del latin “magi” o “sabios”). Es entonces que los teólogos Orígenes y Tertuliano fijan durante ese siglo el número en tres. Cuatro siglos más tarde, los tres Reyes Magos reciben nombre, color y rostro: Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque su uso y aceptación común no se afianzó hasta el siglo X.

Que hayan sido tres, no me sorprende: de la misma manera se estableció, en el Concilio de Constantinopla del 381, la Santa Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo)

E.M. Butler, en El mito del mago, habla del linaje de la raza de los Magos, y establece relación directa entre el interés de los Sabios por el nacimiento de Jesús. Es evidente: como Zoroastro, Pitágoras, Moisés y Salomón, entre otros, Cristo pertenecía a un linaje de hombres sabios y con capacidad de controlar los elementos en la materia de la tierra. Irónicamente, con el despertar del cristianismo, muere la divinidad del mago y nace la demonización de dicha casta.

Así, acordados los Magos en número, fue preciso entonces quitarles el estigma maléfico que connota la palabra ‘mago’ y en el siglo III son coronados como “reyes”, puesto que no era propio publicitar que Jesús había recibido honores provenientes de tres paganos, y, en su lugar, sí de tres reyes sabios.

En 1896, Henry Van Dyke publica su historia “El cuarto Rey Mago”, donde cuenta las tribulaciones de Artabán, relato evocado como una de las múltiples secuencias transversales en la novela del mismo nombre escrita por Marta Aponte Alsina en 1996. Mucha gente, e inclusive estudiosos, dan veracidad a la creación de Van Dyke, extraída a su vez de alguna leyenda rusa.

Y así es como hemos venido a hacernos: en palimpsesto tallado y pulido. Después de todo, una ficción.

Feliz Víspera del Día de los Magos.



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