Por qué Juan Rulfo en mi lista de lecturas: a 25 años de su partida

09-08-08.juan_rulfo.BIGCuando me acerco a una novela o algún trabajo de ficción de narrativa, siempre me equipo de dos pronombres interrogativos: el qué y el cómo. Qué se dice y cómo lo dice. Qué hace y cómo lo hace. Cortázar lo ha discutido mucho más elocuentemente, pero sin duda que soy partidario del cómo más que del qué, aunque el primero no se logra sin el último, y viceversa.

De todas las novelas que he leído en mi vida, la que mejor balance representa entre estos dos criterios es Pedro Páramo, de Juan Rulfo, narrador mexicano que dejó de compartir físicamente con nosotros exactamente hace 25 años.

De celebrar los muertos saben bien los mexicanos, pero Rulfo sigue más vivo que nunca. Es el cómo, más que el qué, lo que lo alojado en un lugar preferencial de la literatura mundial, haya o no haya animosidad hacia las tendencias costumbristas y mágico realistas que desprendieron de su literatura (García Márquez dice que no hay Cien años de soledad sin Rulfo, aunque tampoco sin Melville), muy a pesar que su trabajo rasga más bajo la superficie del existencialismo absurdista que otra cosa.

Al tratar el cómo en Juan Rulfo podemos hablar de la vanguardia: el multifocalismo, el contrapunto, la focalización múltiple y el desplazamiento del sentido del tiempo por medio del lenguaje, que no puede existir sin cronometría por ser sonido desplazado en el tiempo mismo. Por eso, es el alto grado poético del nivel semántico del relato lo que desplaza a Pedro Páramo de ser una novela a ser una gran novela. Aquí es que conforma eso que llamamos literatura

Del qué podemos decir otra decena de cosas todas conocidas sobre el México de post-revolucionario de principios de siglo XX, los hijos del limo (como los llamó Octavio Paz) o la indiferencia de la naturaleza ante la angustia de la humanidad, pero existe un punto menos discutido sobre la novela de Rulfo y es que Pedro Páramo sigue el modelo que Edgar Lee Masters fijara para su colección de poemas The Spoon River Anthology, un conjunto de versos donde los hablantes son los fantasmas de los muertos en un cementerio y que salen a hacer sus historias, las que frecuentemente se bisecan y se afectan unas a otras.

La diferencia fundamental entre el qué y el cómo la puedo ilustrar comparando dos obras parecidas en temática pero muy distantes una de la otra: La llamarada de Enrique Laguerre, novelista boricua de principios del siglo XX, y The Farming of Bones, de Edwidge Danticat, novelista haitiana de fines del siglo pasado. Ambas tratan la explotación trágica de la vida en los cañaverales, la primera en Puerto Rico y la segunda en Haití. Las obras se separan, no obstante, en el cómo configuran las secuencias narrativas sus respectivos autores. Más de una persona coincidirá en que escribir una novela del cañaveral casi a la llegada del siglo XXI podría ocasionar urticaria y malestar estomacal severo, pero Danticat no sólo escribe una novela histórica, sino que lo hace elegantemente, y así torna el tema más objetado por las promociones literarias del post-Macondismo en nueva vibra, en literatura contemporánea. Es el cómo lo hace Danticat (toma el estilo de las novelas clásicas decimonónicas y le da otorga el protagonismo a la sirvienta, Amabelle), no lo que hace, aunque tiene la ventaja de que escribir una novela acerca de un país que está por escribirse es una ventaja.

He tenido muchas conversaciones literarias donde siempre sale alguien que nombra un escritor francés oscuro y desconocido, no por ello más legible, o algún otro narrador maldito de limitada circulación (con el cual, de no haberse leído, intentan hacer pasar a uno por inculto o, en su defecto, bruto). Esto puede que tenga en su mérito y su entretenimiento para el que enuncia, pero, al final, uno termina por (re)leer  obras de memorable angustia humana y triunfo de la imaginación como la de Rulfo.



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