Labios gordos

lips-angie-0409La verdad, que nos hace libres si es que nos la creemos, se encuentra hasta en el buzón del correo electrónico. No hay que salir a buscarla: le llega a uno, ahí, a una tecla o un click de distancia.

Por eso, cuando recibo una de las entregas diarias de The Toilet Paper que habla del negocio de engrosar los labios a pulso de colágeno, no puedo hacer más que sentir música celestial descender de los cielos, como si Azrael (el ángel de la trompeta que espera la señal para indicar, a fuerza de soplidos, el fin del mundo) tocara Sketches from Spain de Miles Davis (para ir calentando nada más). Y es que debo aceptar que quien quiera que le haya dicho a las mujeres (y a algunos hombres) que los labios engordados artificialmente encienden a uno como si fuera fósforo al contacto con el oxígeno es un genio merecedor del Nobel por la Mejor Mentira.

Es decir, ¿qué fascinación podría derivar alguien de llevar los labios como si fueran dos biftecs de hígado, y que hacen que cuando la mujer hable parezca que aplaude? Ya hay un Mick Jagger, de todos modos.

Aunque a Othello le llamaban “the thick lipped” (cosa racista que será para otro escrito), el modelo es el comienzo: Angelina Jolie, el original primario. Las demás son copias de copias de copias, y a inyección pura.

Los labios de Angelina son carnosos, pulposos, comestibles (Damn you, Brad Pitt). Pero son así de nacimiento.

«Si es para consumo personal, no me importa», me dijo un amigo una vez, quien se llenaba la boca y las palabras hasta se le salían por la comisura de los labios cuando anunció que “le metí $8,000 al cuerpo de mi mujer”, como si se tratara de $8,000 dólares en gomas, aros, suspensión, motor y equipo estereofónico en un auto.

Que si me hablan de cirugía estética en los senos, digo: «Bueno…»; si me hablan de liposucción, pienso: «Jummm…»; si se trata de las nalgas, opino que: «Qué rayos…». Cirugía estética vaginal… ehhhh....

Lo que me lleva a los labios, para los que se inventó el lápiz labial como si se tratara de una segunda boca, que insinuaba hacia otro par de labios unos cuantos dedos hacia el sur, cosa que, de ser así, entonces uno no quisiera ver un par de labios que sean mayor que la suma de las partes del rostro que los exhibe. Digno de un B-Movie. Un fetiche de 5,000 años, desde los sumerios.

Durante el renacimiento, los labios pintados de rojo eran un símbolo de pasión y belleza, el fuego recesivo que esperaba la boca del amado. O la amada. «El trabajo del Diablo», escribió en 1653 Thomas Hall, pastor y poeta inglés que denunciaba que el lápiz labial "entrampaba para encender el fuego y la llama de la lujuria en el corazón de aquel ” que mirara a los labios de una mujer. En el siglo XIX, en la época victoriana, se les consideró un símbolo de mujeres libertinas, un inducidor al pecado. Y llegado el siglo XX, el lápiz labial se convirtió en el cosmético de mayor consumo entre las mujeres en la medida que el sexo adquirió mayor apertura en nuestra sociedad (there’s no pun intended, okay?).

La obsesión por los labios gordos ha alcanzado límites tales que en el 2003, Priscilla Presley se sometió a un proceso anunciado como mejor que el Botox: silicón de baja calidad, muy frecuentemente utilizado en la lubricación de piezas de automóviles. En un poema mío de 1998, del libro Cuerpos sin sombras y titulado “Labios de exilio”, yo hablaba de “labios de sal y de smog…/ labios de llantas Goodyear…/ labios de espectros…”, pero creo que algunas cosas que uno escribe regresan para atormentar a uno.

Pero que si me hablan de labios ficticios, digo: «¿Para qué?». De todas formas, a menos que una mujer pretenda momificarse en vida, la gravedad funciona. Y el asunto se va a poner feo. Muy feo.

Los labios, si van a ser gruesos, que sean por condición propia.

Los de AnaIve son naturales. Y gordos. Sufre, Brad Pitt.



You may also like

Blog Archive