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conjunto_vacioHace dos semanas, escuché a don Rubén Berríos Martínez, presidente del Partido Independentista Puertorriqueño, manifestar, en una radioemisora de San Juan, que el problema político de Puerto Rico era que estábamos “colonizados por los Estados Unidos”. La cita fue retransmitida y publicada luego a través de la cuenta Twitter de la emisora, razón por la cual la aseveración me aguijoneó dos veces. Y tres y cuatro y más, a medida que la re-tuiteaban. Así, de primer estímulo, quedé abanderado de la incomprensión, porque aquello sonaba a decir que la bola rueda porque es redonda, en lugar de que lavó la rueda, porque estaba sucia. O viceversa.

Y es que uno espera que cualquiera en nuestro país diga semejante perogrullada, no un líder de las luchas libertarias, de quien uno esperaría ideas un poco más contundentes que decir lo obvio, que se sabe hace más de 100 años y hasta el infinito y más allá.

Pero, dentro o fuera de su contexto, el problema de Puerto Rico no es la colonia, sino los colonialistas, los que viabilizan el presente status quo de las cosas.

Nada de la conducta humana es natural. Todo se adquiere, se aprende, se construye. Por lo que, tras sabernos siempre colonia, no sabemos ser otra cosa. Por más que nos disfracemos de palabras, sólo aprendemos a imitar y a copiar lo que otros hacen. Desprovisto de la cláusula de salvedad que dice que nada sale de la nada, nuestra vida recurre en mímica, en imitar, en copiar lo que otros hacen. En ese tráfico, unos nos inducen a ser como el resto de Latinoamérica, otros como los Estados Unidos y hasta como Europa, cuando Puerto Rico no es exclusivamente como ninguno de los anteriores, y a la vez tiene de todos.

A partir de 1635, Puerto Rico vivió del contrabando por casi dos siglos y todavía hay quiénes se preguntan cómo en esta isla hemos llegado a comerciar, legal e ilegalmente, de todo. Necesidad circunstancial o transformación genética, entonces hemos aprendido a imitar las ideas, iniciativas, valores, estilos de vida y visiones de los colonizadores.

Como los hombres de mímica en las novelas de Naipaul, nos apropiamos siempre de lo que alguien antes que nosotros ha dicho o hecho. Como sucede en los estados postcoloniales, el colonizado pide el colonizador, sin el cual se desvanece en confusión, rompiendo con cualquier posibilidad de consenso, unión o inclusive solidaridad. El objeto imitado se suplanta físicamente con la imitación, pero no conceptualmente.

Por eso, en Puerto Rico no hacemos nada, hasta que otro lo hace primero. Eso sí “lo hacemos mejor”.

El problema presente es que queremos vivir de restas, sin pensar que los minuendos y sutraendos, en una operación inversa, se convierten en sumandos. Al final, de tanta resta, solo queda un conjunto vacío, como los hombres huecos de Eliot.

Y sobre esto se trata mi próxima entrega para la revista Otro lunes, que pronto sale.



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