Bela Lugosi está muerto, pero Harold Camping vive: el juicio final

bela-lugosiLos monstruos existen, como existe el sentido de la fatalidad humana. Desde la concepción romana de Fortuna como diosa que juega con los destinos de los humanos, hemos necesitado un principio inamovible sobre el cual equilibrar los pasos. Arístotles le llamó motor primario, o Dios, una comodidad que se desplaza como hipotexto en el San Agustín medieval. Lo fatal siempre existe como una voluntad ajena, dominada por un concilio de Destinos, las Parcas o, dictatorialmente, por un dios supremo. En la mitología griega, Anaké era la única deidad con algún poder sobre Zeus. Ananké también es conocida como Necesidad.

 

La fatalidad es una metáfora, sin duda, la imagen ideal para representar, como decía Lezama, nuestra discontinuidad en el tiempo. Epicuro formulaba que la naturaleza humana está regida por esa incapacidad de controlar el curso de los acontecimientos, que son una suerte de heteroglosia azarosa o azar neurótico, que, en todo caso, es ausencia de causalidad.  La única cosa certera es nuestra desintegración física, y hemos creado una poderosa imagen de terror existencial que encausa, muchas veces, los órdenes éticos y morales de nuestra sociedad.

Desde China y Japón, pasando por los celtas hasta los indios mesoamericanos y el Caribe, la fatalidad siempre tiene forma. Los libros vedas, los egipcios y los griegos hacen recuentos de seres fantásticos que suelen ser una especie de cruce entre humanos y animales. Estos seres zoomórficos frecuentemente se vinculan, en algún grado, en la creación o generación de la vida y el cosmos, o, en todo caso, su final. Tal es el caso de Hesiodo, quien hace los primeros recuentos de monstruosidades híbridas u hombres-bestias. Mujeres serpientes, vampiros, hombres-lobos… la idea es bestializar a la fatalidad.

 

En algún momento, la fatalidad ha de alcanzarnos, aunque no la veamos. Y nos arrancaremos los ojos.

De ahí que el predicador Harold Camping haya invocado un horror mayor, que es un dios bueno enfurecido.

 

La imagen es clásica, un holograma transmitido desde “Pecadores en las manos de un Dios colérico”, el sermón de Jonathan Edwards donde Dios, como si fuera un Mazinger que no encuentra el control remoto de su plasma, arroja flechas de fuego que atraviezan los corazones de los pecadores, y cuya ira nos lanzará a las mismas pailas del infierno.

En otras palabras, ha llegado el día del juicio final.

Aquel que nos creó a imagen y semejanza, y nos dio la duda y el lenguaje, y nos dio el cuerpo para torturarnos con la esclavitud espiritual, va a pasar factura de nuestros actos el 21 de mayo de 2011. A las 6PM.

 

Cinco meses después, según el libro de las Revelaciones 9:5, llegará el fin del mundo. En ese lapso, seremos tormentados como el aguijonazo de un escorpión. La Biblia lo garantiza, sermonea Camping.

El Rapto ha comenzado. Los elegidos se van a Villa Paraíso; a los que nos quedemos, nos freirán en azufre, o nos enviarán por un gasoducto directo al infierno. O algo así que nos haga sufrir después que nos dieron la potestad de elegir el camino que nos diera la gana.

Del apartheid y del sadismo, pues no me sorprende de una concepción de dios que acaba el mundo con un diluvio, se arrepiente y luego nos regala un arcoíris como promesa de que no volverá a inundar el planeta (entonces anuncia que, para el próximo fin de mundo, simplemente lo quemará).

Para un monstruo, otro monstruo basta. Bela Lugosi está muerto, pero Harold Camping vive. Es un demonio disfrazado de ángel de luz.

La Biblia lo garantiza.



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