Fortalezas de soledad

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En “El Sanador Místico”, de V.S. Naipaul –sin duda, uno de los escritores caribeños de mi predilección-, el personaje de Ganesh viaja, en los capítulos finales, hasta Inglaterra, donde tiene la oportunidad de visitar la Biblioteca Bodleiana, el principal centro investigativo de la Universidad de Oxford y una de los depositarios de libros más antiguos de Europa. Una vez en el interior del recinto, dice: «Oh, Dios, este es el centro del universo. Todo comienza aquí, y regresa aquí». Ganesh se refería al conocimiento del mundo, impreso en tinta y papel y celado por centenarias murallas para futuras generaciones.

 

Curioso es pensar que, con el advenimiento de las nuevas tecnologías digitales, en Puerto Rico nadie haya levantado su voz en defensa de las bibliotecas. Ya sé que no son muchas, y de las que hay, son mayormente cuerpos huéspedes de diversas familias de hongos, pero no por ello dejan de importar menos. Es más, nadie ha considerado que sucederá con una de las profesiones más antigua del mundo, y no hablo de la prostitución, sino la del bibliotecario. El problema se encrudece porque las editoriales y bibliotecas desean amoldar la nueva tecnología al viejo modelo de los libros impresos. Es como querer vender un iPad de la manera que se vendían los TrapperKeeper.

 

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El tema lo traigo porque las bibliotecas dan la paz de los santuarios. No se habla en voz alta, el silencio es extremo –hasta que alguien decide ponerse a hablar por celular- y es un espacio donde uno logra encontrarse a sí mismo. Visitar una biblioteca ha sido siempre un deleite en mi vida y esto no ha variado mucho desde mis días de estudiante, cuando, si pretendía a alguna chica, la llevaba a la biblioteca, digamos que “a estudiar juntos”. Si pasaba la prueba, entonces sabía que la chica estaba capacitada para soportarme. No tuve muchas novias en universidad, como se imaginan. Pero en la biblioteca fue que conocía a AnaIve.

 

Hoy día, las horas libres en la Universidad las paso en la soledad relativa de la José M. Lázaro. Y menos que morón, me siento oxímoron, puesto que, luego que mi novela Correr tras el viento cobrara auge como libro electrónico bajo el sello de la editorial Terranova, que se hizo pionero en libros digitales en Puerto Rico (sí, pues aunque lo intenten obviar, en el fondo todo el mundo lo sabe, como todo el mundo sabe que el estilo Terranova se ha ido reproduciendo por ahí), me siento como un hereje en el seno de un templo. Yo, que abrigo y me adapto a los libros electrónicos, no pienso que, por el momento, la tinta digital desplace el proceso de los caracteres móviles, con una tinta de base grasa y una prensa. Todo esto, paradójicamente, contrapuesto a un nuevo sentido del tiempo y de la lectura, una revaloración de tan importante y necesaria disciplina, que sugiere que los libros no desaparecerán, solo se transformarán.

 

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Y uno esperaría que alguien se preguntara acerca de la manera en que quedarán configuradas las bibliotecas futuras, pero estamos demasiado ocupados en batallar lo inevitable.

 

Lo que sí siento es que nos disolveremos, eventualmente, en una abstracción parecida al hábito de desplazar el dinero físico por el dinero plástico (ver a Frederick Jameson). Y quizá, no habrá manera de reponer esas fortalezas de la soledad (por utilizar un término de Umberto Eco) que son las bibliotecas, una soledad siempre en compañía, y muy pronto, un sueño de éter.

 

Las fotos son, en orden descendente:  The British Library Reading Room en el Museo Británico de Londrés [foto: Sifter]; Biblioteca The Suzzallo de la Universidad de Washington en Seattle [foto: Cap’n Surly]; la Biblioteca de la ciudad de Estocolmo, en Suecia [foto: arndalarm].

Otras fotos pueden ser apreciadas en The Great Geek Manual.



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