San Juan prohibido: (toma una foto, porque no voy a recordarlo)

6a00d83451c83e69e2013480341a31970c-400wiEl gobierno de Puerto Rico, representado por la Compañía de Turismo, ha hecho valer una antigua legislación que data del 1994 –cuando el actual gobernador Luis Fortuño era Secretario de Turismo­– y la cual prohíbe tomar fotos en el Viejo San Juan y otros puntos de referencia histórica en la ciudad capital.

La ironía que reclama nuestra atención es que los centros productores del espacio político, en la etimología que refiere al “ordenamiento de la ciudad”, han insistido en desposeer a la memoria de su imagen (¿desprender al significado de su significante?) lo que, a largo plazo, irá socavando en la relación que sostiene el espacio con la sociedad.

Todo el conocimiento se vincula directamente, según Henri Lefevre, con la capacidad creciente de controlar el espacio, dado que no es un “objeto científico separado de la ideología o de la política”. Por el contrario, siempre ha sido político y estratégico. De ahí que la respuesta del Estado a la situación haya sido la de imponer el código de delineamiento espacial. Para poder tomar fotos, hay que pedir permiso. Un nuevo sentido de desapropiación es antepuesto a la noción de arraigo a la representación cultural.

Toda simbología es un tatuaje en la memoria. Prohibir fotos de la ciudad donde nació en país entero deja un agrio orwelliano. Parecería una religión en prohibición de imágenes religiosas, como sucede en muchas formas de protestantismo y en el Islám. O que se oponga a que tengamos fotos del lugar donde nacimos. O de nuestros abuelos. O de nosotros mismos.

Si el espacio tiene apariencia de neutralidad e indiferencia frente a sus contenidos, y por eso parece ser puramente formal, es precisamente porque ya ha sido ocupado y usado, dice Lefevre. Es siempre el foco de procesos pasados, pues es en el espacio que ha sido formado y modelado por elementos y procesos de valoración temporal, o históricos. Por ello, el espacio del Viejo San Juan no puede ser retratado. En alguna tribu aislada de la modernidad, podría equivaler a sustraer y conservar el alma de la ciudad. En nuestra condición política, significa preservar la memoria de un algo que al menos una vez fuimos.

Y sin embargo, me pregunto, bajo la misma presunción de ilegalidad: ¿sería igual de objetable narrar la ciudad de San Juan? ¿O trazar sus contornos en un poema?

Las ciudades como San Juan no se miran al espejo. Por ello, prohibir fotos en la zona histórica es dejarla sin estadio de reconocimiento, el estadio del espejo, que en el psicoanalisis lacaniano representa la formación y formulación de la subjetividad, ese paradigma del imaginario. Por esta industria nueva de anulación, por esta producción del espacio nuevo (el espacio cancelado), el espacio entero se reformula sin imagen libidinal del propio cuerpo.

Los espacios guardan su poética, que es la experiencia vivida en el ámbito apresado en un tiempo. Y la memoria requiere extensiones, como es en este caso la foto.

Prohibir las fotos en Viejo San Juan es, precisamente, apartarnos de la memoria, de la poética del espacio. Construir un olvido.



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