Don Ricardo E. Alegría (1921-2011)

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La muerte de don Ricardo E. Alegría no sólo deja un vacío insondable en la actividad cultural puertorriqueña, sino que nos propone repensar todos esos rasgos vinculados a la definición de puertorriqueñidad. Por ejemplo, ¿qué seríamos sin la obra investigativa y antropológica de Don Ricardo?

Si bien la respuesta puede ser especulada tanto fenomenológica como ontológicamente, el planteamiento fáctico procede de la tarea de don Ricardo en construirnos un espejo ante el cual reflejarnos y encontrarnos en ese estadio de la identificación nacional tan necesaria para asirnos a un rumbo (nótese con especial interés, que uno de los capítulos del Insularismo de Pedreira se titula “La nave al garete”).

De sus logros y aportaciones, podríamos decir que ninguna fue para él: la Escuela y los Talleres de Artes Plásticas de Puerto Rico; la célebre Bienal del Grabado Latinoamericano; el Centro de Investigaciones Arqueológicas y Etnológicas; el Museo de Antropología, Historia y Arte de la Universidad de Puerto Rico (Recinto de Río Piedras), el Instituto de Cultura Puertorriqueña y la Revista ICP, de cuya junta me honro en pertenecer. Igualmente, fundó el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en el Viejo San Juan, al que también me debo. Pero su huella más indeleble, a mi entender, queda tanto en el rescate del Viejo San Juan histórico y en la memoria permanente del país, así como el rescate de la conciencia indígena.

 En un país donde, todavía para el 1940, la formulación de lo indígena como elemento constitutivo de nuestra raza estaba descartada, y cuando la presencia de la africanía era considerada un hecho aislado y fortuito de unas minorías congregadas en barriadas (ver el Foro de 1940 de los Problemas de la cultura en Puerto Rico, publicado por la Editorial UPR en 1976), emprender el viaje hacia el topos primario del Boriquén taíno como tierra del origen nos cimentó el espacio sobre el cual descansar nuestros pasos. Similar a otras islas del Caribe francófono y anglófono (ver al Caribbean Discourse, de Edouard Glissant), Puerto Rico fue desposeído de su historia y transplantado con el occidentalismo que, hasta hoy día, ha sido nuestra principal vértebra. Dicha suerte, como ya dicho, no es exclusiva a nuestra isla, pero al menos, contrario de las otras hermanas menores, aquí quedaba, como un tatuaje en la nuca, la raíz indígena. El resultado es la hibridez distinta que nos formula.

 Para mí, el anclaje es obvio, vital, preciso, pero no estático. Hoy, me parece, Puerto Rico es más un ámbito plural, multicultural, más allá de la ecuación taíno-africano-español (aquí merece el esfuerzo revisitar a Emilio S. Belaval, aunque, como Pedreira, se amolde a la convención temporal de su momento histórico).

 Mas, sea para consentir o debatir, todo lo que somos hoy, todo el imaginario de las construcciones culturales, queda como parte de ese legado que don Ricardo ayudó a construir. Honrémosle.


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