El orgasmo nuestro de cada día (remix)



De todo el espectro posible de desórdenes y enfermedades diagnosticadas recientemente, ninguna levanta más el asombro que el de la Disfunción Sexual Femenina (FSD, en inglés). Por un lado, estudios en el campo apuntan a que 75% de las mujeres nunca logran un orgasmo. Según el documental Climax, Inc., dirigido por Liz Canner, 43% de las mujeres sufre de DSF. Por tanto, en un mundo donde hemos creado suplementos para abultar los músculos,  para quemar la grasa del cuerpo y hasta para hacernos creer que nos sentimos bien, no sorprende que la industria farmacéutica haya alargado los cañones hacia la sexualidad femenina. Queda la búsqueda de la Rosa Azul, el Arca del Pacto, o el Santo Grial del misterio de ser mujer: una píldora para provocar orgasmos femeninos.

Conozco mujeres que no necesitan de eso.  Una  amiga tiene un orgasmo cada vez que ve a George Clooney.  Otra tiene uno cada vez que estornuda.  Una colega incluso me dice que experimenta sensaciones extrañas cuando va a la sección de verduras y viandas en el supermercado.  Pero cuando les comenté acerca de la nueva droga,  me confesaron que se morían por saber qué se sentía tener dos de esas píldoras en el cuerpo mientras preparan Margaritas heladas sentadas sobre una lavadora.

Bien sé que muchas damas estarán agradecidas a la ciencia por semejante innovación médica.  Podemos estar,  señoras y señores, de cara a la próxima revolución sexual,  en gelcaps o tabletas.  Esta será la salvación de miles de mujeres cuyos maridos quedan en estado de coma luego de la primera (y a veces única) manifestación viril.  Esta píldora llenaría esa promesa de no quedarse mirando el techo o dándose duchas frías. Asusta pensar lo que van a sentir las féminas de este país si toman Climaxim para luego conducir sus trotones vehículos 4x4 por la superficie lunar de nuestras benditas carreteras.

Para estos asuntos, es menester hablar a calzón quitado.

En nuestro afán por la gratificación inmediata, nos disponemos a solucionar los problemas sexuales de la manera que resolvemos el estreñimiento.

La insatisfacción no es una enfermedad sexual.

Las mujeres, dicen los sexólogos, experimentan tres clases de orgasmos que ellos catalogan como si fuesen tomos en una enciclopedia.  Por eso,  sencillamente los llamaré el orgasmo staccato,  el orgasmo colina y el orgasmo divino.  El primero es entrecortado,  como un Volkswagen del ’69 que se queda sin gasolina,  pero que,  a fin de cuentas, llega a su cochera aunque se muera allí mismo. 

El segundo es como estar en el SoFo del Viejo San Juan y antojarse de darse un trago arriba en la Calle San Sebastián: uno comienza a caminar,  luego los pies como que se tornan pesados y cuando llegas a lo que ibas,  sólo queda bajar la cuesta. 

El tercero,  pues,  es una especie de Epifanía cósmica o experiencia religiosa que frecuentemente llega acompañada de exclamaciones como “¡Ay,  Dios mío!” y otras manifestaciones de fe. Pueden aparecer fuegos artificiales que se esparcen por el cielo, como revelación y confirmación de la divinidad del reciente logro. 

Pero Dios nos libre de exteriorizar semejantes sentimientos. 

No,  señor.  La palabra orgasmo es peor que decir sobaco en la fila del pan. 

Mas el orgasmo, en efecto, nos hace llegar a ese paroxismo de percepción de un estado divino. En su culminación más deliciosa, un orgasmo es una fusión de energía y creación. Los centros que sirven para elevar las energías espirituales son las mismas que están relacionadas con el impulso y las motivaciones sexuales y que nos inundan en esos momentos íntimos en que la sangre se desboca por las venas y el tiempo se detiene. No existe explicación científica para esa parte de nuestro cuerpo que no tiene masa ni volumen, pero que pesa más que el acero y ocupa más espacio del que nuestros suspiros toleran. Para liberarla o encontrarla, no necesitamos una pastilla. 

Los trabajos poéticos de John Donne y Sor Juana Inés de la Cruz,  por ejemplo, trazan una analogía entre la unión con Dios y el éxtasis que sólo compara,  sobre todas las emociones del ser humano,  con el placer carnal. Eso también lo predica el Kama Sutra.  Ni Donne ni Sor Juana pudieron encontrar otra manera de expresar su devoción,  así que Dios debe ser un éxtasis y el orgasmo, ley divina,  o algo así como la línea 1-800 para tocar la eternidad.   “Ven amado mío a tu jardín/  y come de sus frutos exquisitos”,  dice un verso de El cantar de los cantares (anejado en una Biblia cerca de usted).  El sexo,  en otras palabras,  es el regreso al Edén.

No alcanzar un orgasmo no es una enfermedad, sino un poema que necesita ser reescrito. Pero si dependemos de píldoras, ungüentos o de aparatos como el Orgamatron (un horripilante estimulador de orgasmos que va conectado por cables a la espalda de la mujer), creo que es tiempo de desnudarnos: en Climax, Inc., durante la intervención de uno de los empresarios cuya compañía produce y mercadea medicamentos para combatir la DSF, Liz Canner le pregunta como se puede estar tan seguro de los resultados de la pastilla. “En el hombre hay un indicador vertical”, dice Dr. Virgil Place, eréctilmente disfuncional fundador de Vivus. “Tendremos que depender de lo que nos digan las mujeres que sienten”.

Es decir, detrás de toda la ciencia para provocar orgasmos femeninos, lo único que queda para comprobar la efectividad del tratamiento es… ¿qué la mujer lo diga?

Ah, nada como la palabra, ¿no?

Mas para sentir, siempre es bueno tocar, morder, frotar, lamer: la poesía de los cuerpos-  el lenguaje de las caricias y las caricias de las lenguas.

Como quiera, otro estudio revela que 64% de las mujeres finge o miente acerca de tener un orgasmo.

Para esto, nunca harán falta píldoras. 

Tampoco harán falta hombres que se lo crean.


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