Ausencia reflexiva: la pereza del olvido tras el 9/11




La mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando llegaba a mi oficina de Director de Edición en la Editorial de la Universidad de Puerto Rico apareció una impactante noticia en la pantalla de mi computadora: un avión se estrellaba contra una de las torres del World Trade Center. Dos incidentes similares le sucederían –uno en la segunda torre del centro financiero y otro en el Pentágono- con un tercer ataque frustrado por una supuesta insurrección abordo, aunque la evidencia apunta a que el vuelo 93 de United Airlines fue derribado antes de llegar a su supuesto destino, la Casa Blanca.

Aquel día,  lo primero que pensé fue en mi hija Sophia, que apenas contaba con año y medio de vida. Quise correr a buscarla y abrazarla. Me sentí inútil y frágil. Por un momento de inercia, pensé en el dolor y el miedo que me acabaría si perdiera a mi hija. Ya el mundo no sería igual.

Día ominoso por demás, el desplome del centro financiero de Nueva York y del mundo serviría de profecía y simbolismo a la subsecuente debacle económica en la que nos encontramos. Tras el 9/11, hemos abdicado libertades personales, sociales y políticas por una sola razón: el miedo.

La tragedia humana trasciende cualquier desavenencia ideológica. Haya sido un trabajo interno o no; conspiración o venganza; karma o reversión de acciones, cerca de tres mil familias perdieron a alguien en sus vidas. Aquí se perdieron muchos latinoamericanos. Aquí murieron puertorriqueños también. 

El olvido a veces es perezoso. No quiere moverse. No quiere llegar. No tiene geografías ni tiempo. Sólo un horror impermeable. 

Esta mañana, mientras miraba la conmemoración del desastre en el parque Memorial 9/11 -diseñado por Michael Arad y llamado "Ausencia reflexiva"-, admiré a una niña de unos trece o catorce años, llorosa y triste, y que nunca conoció a su padre. Me conmoví. La escena me llevó al acto egoísta de suponer que aquella niña podría haber sido mi hija.

Theodor Adorno dijo una vez que escribir poesía dedicada a Auschwitz “era un acto barbárico”. Lo mismo podría decirse del 11 de septiembre. 

Pero la imagen de la niña supera el morbo. La poesía es lo único que media entre lo que se conoce y lo que se siente. Y me llega el poema:

ausencia reflexiva

en el Parque Memorial 9/11
los robles
abren sus coronas
de manera peculiar,
como brazos
abiertos a la luz

dos cicatrices cuadradas
se asientan como marcos de fotos
donde cataratas
se precipitan
sobre estanques reflexivos
que refractan el cielo

en su centro,
un agujero intercambia
tiempo y memorias

sobre un parapeto de bronce
los nombres de las víctimas
quedan estarcidos

con su dedo índice,
como quien reconoce
las facciones de un rostro,
una niña traza
las letras
que hacen
de su padre
una presencia
que ella nunca conoció

el agua,
el cielo,
y las memorias
pueden observarse
a través de ellas


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