La naturaleza de la bestia: el escritor aislado, según Javier Marías


Hay cosas que nunca podemos ver, pero que existen; nos preceden. Por ejemplo, los ojos nunca ven la ausencia, escribí ayer en Twitter.  Pero la capacidad de “ver” más allá de la operación orgánica del ojo –“ver” como transferencia intercambiable del “entender”- a veces requiere de otra operación externa, que es coaccionada por alguien, un segundo o tercer sujeto que “dice” el objeto y lo desvela.

Hay mitos que han sido hilado por antonomasia al escritor, como, por ejemplo, el hecho que sólo escribimos cuando tenemos inspiración y que cada vez que la Musa nos visita y despotricamos fácil 600 páginas de un original. Otros mitos incluyen que el escritor no tiene vida social, que es un cascarrabias ermitaño miserable, o un Bukowski o un Rimbaud maldito, que su vida es aburrida y lineal, que es un renegado de su propia familia, y que mientras menos le lean, más exitoso es.

Sin embargo, mientras todos los que conocemos escritores podríamos identificar uno o dos individuos con los atributos de personaje mencionados –y otros que no voy a mencionar–, el mito prevaleciente al escritor es que es un sujeto solitario y de difícil acceso, que no debe confundirse con la artificialidad del escritor aislado.

En un artículo titulado “El escritor aislado”, publicado en El País, Javier Marías dice lo siguiente:

«Creo que la mayoría de los escritores tendemos a sentirnos aislados y además deseamos estarlo, sobre todo a partir de cierta edad. Quizá no sea así al principio -y para los que empiezan jóvenes-. En años tempranos se produce la ilusión de pertenecer a un nuevo grupo o generación, supuestamente renovadores. A menudo se desprecia a los autores que nos precedieron justo antes, principalmente a los del propio país o a los de la propia lengua. Se los juzga equivocados, desfasados, antiguos, no se tiene ninguna conmiseración por ellos y hay prisa por jubilarlos. De manera a veces injusta, se les niega toda valía y se los considera un tropiezo en la historia de la literatura, destinado a pasar pronto al olvido. Esos jóvenes saltan por encima de sus padres literarios y con frecuencia "recuperan" a sus abuelos, a los que ya ven débiles, poco amenazantes y en retirada. Pero esta sensación de compañía y combate, de formar parte de un grupo "innovador", no dura mucho. En el momento en que un escritor deja de mirar a su alrededor, deja de preocuparse por el "estado" o el "futuro de la literatura" en su país o en su lengua -descubre que eso es lo que menos le importa y que además no es responsabilidad suya-, y se dedica a lo que le toca dedicarse, es decir, a escribir su obra como si no hubiera ninguna otra en el mundo, en ese momento comienza a sentirse aislado. En parte por su propia voluntad, en parte porque no le queda más remedio si quiere sacar adelante sus escritos».

Todo lo argumentado por Marías puede ser corroborado con objetividad. Y añade:

«Se trata, más que nada, de la necesidad que siente de ser casi único, de no verse ya nunca más como mero miembro intercambiable de una generación o grupo, ni siquiera como "hijo de su tiempo". Nada molesta tanto al verdadero escritor como los críticos, los profesores y los periodistas culturales, que se empeñan en ponerle etiquetas y encuadrarlo, en establecer relaciones entre su obra y la de sus contemporáneos, en adscribirlo a tendencias a las que presuntamente pertenece, o a movimientos, o a modas, en calificarlo de "novelista realista" o "histórico" o de "autor literario" -esa gran estupidez y redundancia que ya ha adquirido carta de naturaleza en nuestra estúpida época-, o de cultivador de la "autoficción" -otra de las majaderías hoy reinantes-, o de "escritor postmoderno" -nunca he sabido lo que significaba ese adjetivo, que por suerte ya va cayendo en desuso-. También le revienta, al verdadero escritor, que se le busque y adjudique un "lugar" en la tradición de su país o de su lengua, que se lo "entronque" con esa tradición o con los viejos maestros. El escritor sabe que el país en que nació y la lengua en que se expresa son importantes, pero secundarios, algo hasta cierto punto accidental, azaroso y reversible»

Marías presume la separación como un acto voluntario, pero ocurre que el aislamiento es una calle a la cual también se accede por un callejón, solitario también, que es esa ruta por donde se destinan a los escritores que nadie entiende, o que son poco leídos, o que han sido despachados por no parecerse a los demás. Incluso, como en la novela negra, si han visto o saben demasiado, hay que desterrarlos -o en su defecto, enterrarlos-. 

Es la naturaleza de la bestia.

Y luego de leer el ensayo de Marías, me doy cuenta que envejecí antes de tiempo. O tal vez no. Tal vez es que apenas estoy naciendo. 


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