Las otras pobrezas de Puerto Rico



Un artículo hoy en El Nuevo Día sobre la pobreza en Puerto Rico atrae mi atención de manera particular, dada la pertinencia del tema en estos ampulosos tiempos de estrechez económica y marcada desigualdad social. El escrito viene a propósito del inicio del foro “Hablemos de pobreza”, organizado por Prensa Comunitaria, y en el cual participaron Pedro Santiago, director ejecutivo de Amnistía Internacional en Puerto Rico; Jorge Oyola, líder comunitario de los Filtros en Guaynabo; y Linda Colón, autora del libro “La pobreza en Puerto Rico” y presidenta de la organización que convoca el panel que se celebrará durante todo el mes de octubre. Y al parece, la pobreza es como dios: viene por diversas maneras, pero nunca se considera la pobreza espiritual como elemento de desarraigo social.

La posición de Amnistía Internacional, en voz de Santiago, es que la «pobreza es un asunto de acceso», según expresa, y añade: «Es la capacidad que tenemos como ciudadanos y ciudadanas a tener servicios de excelencia en relación con la salud y a la educación. Es el acceso a una vivienda adecuada, el acceso al trabajo y a la participación y a la justicia”.

Para Oyola, la pobreza es un negocio (aunque no se específica en qué dimensión capitalista) y Colón, más coherentemente, expone que la gente es pobre porque encuentra alguna conveniencia o beneficio (sobre todo, de las ayudas federales y subsidios estatales). Esa mitificación de la realidad, según Colón, atempera el hecho de que la realidad del país permanece oculta.

Si bien ninguno de ellos se equivoca –cada quien habla desde su lugar de enunciación-, ninguno confiere un espacio de potenciamiento a la disminución del reglón de la inmaterialidad, que es donde se cuaja la cultura. Es decir, la pobreza es medida en sus determinantes materiales, y nunca se habla de la otra pobreza: la pobreza de espíritu.

Entramos así, al ámbito de las narrativas, esos constructos ficcionales que pasan a nuestro consciente colectivo con el ánimo de un credo o de una fe, y que están supuestos a ser ciertos por repetición gloriosa. Rara vez se someten al rigor del escrutinio intelectual. Las narrativas, en su función reproductiva, reparan por la ausencia de un sistema de ideas particular a cada individuo.

Como que es mejor repetir que crear.

Y al parecer, no sólo de pan vive el hombre: también vive de historias que se van pasando de boca en boca, de medio en medio, sin la más mínima noción de duda o reto, que es el problema que expresa Colón. Esa «mitificación» de la realidad nos percude todo el tiempo y nosotros, más que retraernos de la repetición vana, nos hacemos repetición misma.

Un ejemplo claro y consecuente de nuestra complicidad afecta el renglón de la educación. Cierto es que un país sin educación es un país vacío, mas no advertimos que en el sistema de educación en Puerto Rico, que es dominado por la educación pública, también opera un robustecido sector de educación privada. Es decir, la narrativa que todos repetimos –o sea, el de «la educación es un desastre en Puerto Rico», para que no ser más específica. Como, por ejemplo, decir: «La educación pública es un desastre en Puerto Rico», en cuyo caso incurrimos en un ligero patrón de clasismo y privilegiamos entonces a la educación privada. Por tanto, nos supera la idea de que las escuelas y colegios privados, las que padres como yo financiamos para «beneficio» de nuestros hijos, no es parte del problema.

Esto, de algún modo, causa desvelos, pues todas las escuelas en Puerto Rico –públicas y privadas– parten de las mismas matrices curriculares que propone el Departamento de Educación. 

¿Cómo es posible que la educación pagada rinda mejores frutos que la enseñanza pública? 

No he escuchado a nadie abordar la respuesta a la pregunta, pero me parece claro que la educación en Puerto Rico no goza de uniformidad o igualdad de oportunidades, y sus niños no fueron todos creados iguales. 

El silogismo trabaja de esta manera: si tengo dinero, pago educación privada y por tanto tendré éxito; ahora, si no tengo dinero, todo lo contrario ocurre.

El resultado del ciclo es que menos gente tenga posibilidades reales de éxito social, porque el sistema público está diseñado para ahondar en las desventajas, no para equalizarlas. 

De ahí que el desasosiego y la desesperanza tengan preponderancia en nuestro estado espiritual, aunque el Gran Combo intente instalarnos en el discurso de la esperanza.

Una ausencia también es una presencia. Igualmente, lo que se omite se resalta en el silencio y el vacío. Y de lo que sí se dice, nos llega otro tipo de violencia, que es la verbal, con la que construimos nuestra realidad, sí, pero también la destruimos.

La injusticia es acrescente cuando ponemos toda la culpa en la educación pública, que es como decir que la crisis es culpa de los pobres. Entonces, se transfiere el valor de victimarios a quienes en realidad son las víctimas de la inequidad y la desigualdad. Las inequidades para los logros se perpetúan en nuestra manera de hablar sin cuestionar. 

Y aquí, el gemelo fraterno de la pobreza de espíritu, que es la pobreza intelectual.

Por eso, el acceso a techo bajo el cual dormir, el trabajo, la participación y la justicia de las que habla Santiago, sólo son posibles bajo una eficiente formación educativa de pensamiento crítico.

Estas ideas llegan a la claridad de la mente solamente cuando hay oportunidades de verlas, que no sucede de manera espontánea ni natural. Y no tiene forma palpable alguna que la de la palabra misma.


You may also like

Blog Archive