Cultural y capital



En su ensayo “Culture and Finance Capital”, el pensador estadounidense Fredric Jameson rastrea la genealogía de los procesos económicos capitalistas como influencia sobre el nuevo orden de producciones culturales. Jameson simplifica la premisa: desea establecer conexiones directas o indirectas entre el arte y las circunstancias histórico-económicas bajo las cuales se suscribe la creación y recepción artística. 

De acuerdo con Jameson, el dinero se ha convertido un ente en sí mismo. El sistema adquiere su propia lógica capitalista que se desposee de todo sistema capitalista antecedente. Esto es posible gracias a la llegada de la “revolución” cibernética, en la cual se intensifican las comunicaciones tecnológicas a través de las cuales las transacciones financieras han transgredido las disposiciones de tiempo y espacio y pueden extenderse libremente por el ciberespacio. 

El capital, en estos términos, se transforma en abstracción. 

Transferencias bancarias electrónicas, depósito directo, pago con tarjetas de crédito y de débito y las compras por Internet, entre otros hábitos de nuestra cotidianidad, no han hecho otra cosa que desposeernos del contacto con nuestra remuneración inmediata por el trabajo. Sencillamente, nunca vemos o tocamos el capital. Las transacciones se ejecutan en base de equivalencias, no de objetos físicos, como, digamos, una moneda de intercambio. Ese es el problema.

Una vez hizo falta el dinero para generar más dinero. Luego, ese dinero fue utilizado para obtener capital. Hoy día, se articulan nuevos asomos de otra etapa de abstracción: se genera capital para obtner más capital. Se trata, en efecto, del capital financiero de la sociedad globalizada, las abstracciones legadas cortesía de la era cibernética, tal como comentado anteriormente.

Las teorías sobre el capitalismo se ven forzadas a entrar en un nuevo dominio para expandirse hacia la producción cultural. La economía global se beneficiará de lo que Occidente llama las Nuevas Políticas de Diferencia, debido a la intervención de una pluralidad de culturas que hace imposible un acercamiento multiétnico y ecuménico, una postura totalmente predecible desde la llegada de la Internet y otros medios de la comunicación cibernética.

Así, Jameson establece una dialéctica entre lo cultural y lo económico, en lo cual todo lo uno es lo otro, y viceversa, hasta convertirse en simbiontes de una proyección ulterior, que es lo social.

Lo que permanece como eje central a toda la discusión para Jameson es el papel del dinero en la producción cultural. “Desde Hobbes hasta Locke”, dice Jameson, “todo el mundo ha identificado, mucho mejor de lo que lo hemos hecho nosotros, al dinero como novedad central, misterio central, en el corazón de la transición hacia la modernidad”. Dicha tradición ha sido continuada en los análisis marxistas de la cultura, acercamientos en donde el concepto del dinero se radica más como categoría de lo social que de lo económico.

Para la sociedad burguesa del siglo XIX, la emergencia de un nuevo valor de intercambio estimó un nuevo interés en las propiedades físicas de los objetos, o su equivalencia en dinero. Esto conllevó un nuevo interés en el cuerpo del mundo y las relaciones humanas desarrolladas a través del comercio. Las relaciones entre comerciantes y consumidores supuso “un interés más agudo en la naturaleza sensorial, al igual que en los rasgos psicológicos y caracterológicos, de sus respectivos interlocutores, lo que está supuesto a desarrollar nuevos tipos de percepción tanto física como social –nuevas maneras de ver, nuevos modos de conducta– y a la larga crean condiciones en las cuales formas más realistas de arte no sólo son posibles, sino que también deseables y propiciadas por sus nuevos públicos”.

El dinero, sin embargo, no constituye un lenguaje o una dimensión referencial, pero ese es justamente el juego del capital financiero, que, contrario a depender del consumo y producción, constituye un sistema hermético, interno, carente de referentes externos. En esto, el capital financiero se asemeja a la etapa posterior a la modernidad: sugiere una nueva dimensión cultural independiente del mundo que la precedía, no porque se haya separado de él, sino porque lo ha conquistado, lo ha absorbido, lo ha colonizado. 

Por tanto, la manera en que nos relacionamos con el dinero tendrá un efecto necesario e inevitable en la forma que producimos la cultura.

Dada la concesión de la nueva abstracción del capital financiero, surge una nueva y más abstrusa manera de pensar y percibir, radicalmente opuesta al mundo de los objetos del sistema mercantil. La manera en que vemos la realidad, y la representamos, cambia: nos vemos vaciados en medios cibernéticos donde nuestra propia personalidad es una abstracción, como lo son los medios sociales de Twitter y Facebook. 

Si la abstracción del dinero ha impactado nuestro ámbito cultural, hemos de aceptar que la tecnología, como extensión de dicha tensión, ha transformado nuestro campo de producción cultural.  

Foto: de Next Nature.net



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