Deshomogeneizar la experiencia



El Nuevo Día publica, en su edición de hoy, un escrito atrevido y necesario proveniente de la pluma de Ana Teresa Toro (@Altisidora), titulado “Ser puertorriqueño hoy”, el cual indaga sobre algunas opiniones en torno al tema de la identidad en el siglo XXI. El psicoanalista Alfredo Carrillo, el critico cultural Juan Flores y la escritora Giannina Braschi expresan su sentir sobre las cambiantes fluctuaciones que se entrelazan en el conglomerado de constructos que llamamos cultura.

“Vivimos en la era donde las palabras cultura e identidad ya no funcionan en singular, hablamos de culturas e identidades”, comenta con acierto Ana Teresa.

Y es verdad. Los que siguen mi cuenta de Twitter y/o vienen a menudo por la región virtual de Genérika, habrán escuchado mi mantra: Puerto Rico es un país multicultural. De ello, no queda mejor referencia crónica que el fabuloso ensayo “Caribeños” de Edgardo Rodríguez Juliá. O la entrada suscrita en enero de 2011 en este blog, titulada Mono, bi,multi: los prefijos nefastos de la cultura

En el artículo de Ana Teresa Toro, Carrasquillo expresa que “hay dos grandes tradiciones: está la esencialista que parte de la idea de que lo que somos está definido a partir de los orígenes, esa teoría del ‘osterizer’ de Ricardo Alegría que habla de la mezcla de indio, africano y español y establece que eso hemos sido y eso seremos”. Y añade: “Entonces está el otro enfoque, con el que yo simpatizo, que establece que la identidad cultural es dinámica. Lo que define quiénes somos son nuestras prácticas, cómo comemos, cómo bailamos, cómo hacemos el amor”.

Queda entendido, por tanto, que en el siglo XXI, los puertorriqueños producimos y consumimos la idea de cultura de manera distinta a la narrativa del siglo XX que, a manera de transposición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos ha impuesto una trilogía racial como carné de identidad. Más quedan excluidos los corsos, italianos, franceses del siglo XIX, y las oleadas de venezolanos, dominicanos, irlandeses, mexicanos, cubanos, entre otros, del siglo XX. Emilio S. Belaval, más que Pedreira, es quien probablemente mejor ojo ha tenido para el reconocimiento de nuestra multiplicidad identataria.

“La cultura se basa en la práctica social no en la sangre”, dice a la periodista el escritor y experto en el tema, Juan Flores. “Las culturas donde más se observan prejuicios son las que se construyen a base de la biología… una cultura que no está en movimiento, está muerta”.

Y es que la cultura, como el lenguaje y la identidad, no es natural. No se hereda. No se transmite de gene a gene como, digamos, los rasgos físicos, los cuales incluso, como sabemos, están expuestos a alteraciones y cruces en la cadena del ADN.

Es evidente que no somos una sola cosa. Como la historia, que para Flores es la base de la cultura, nos limitamos a lo que nos cuentan, lo que nos narran y mitifican. Solemos ser lo que nos dicen que somos.

Para la autora puertorriqueña Giannina Braschi, este tema es recurrente porque sencillamente “no hemos nacido como país”.
Pero dado a que, precisamente, me encuentro desarrollando un escrito sobre el tema, a las opiniones expertas, quisiera añadir un punto de confluencia y a la vez de expansión del tema, y es la suma de los medios sociales a la manera en que manifestamos nuestra idiosincrasia. Presentado con convicción por Henri Jenkins en Convergence Culture, la emancipación de las esferas públicas a través de los medios sociales en internet provee una nueva dimensión para el desarrollo de identidades y, como dicta el título de su libro, de convergencias culturales.

En el ciberespacio escribimos desde un topos particular: desde la amplitud de lo virtual. Nos enlazamos con otros pensamientos, nos afectamos mutuamente, nos vestimos de personalidades que les llamo “avatáricas”,  coaccionamos con otras esferas culturales en un mundo que inefablemente se disuelve a la vez que se ensancha.

Trending Topics, Facebook Status, chats cibernéticos: todo apunta a que nuestra esfera de experiencia, ese marco referencial donde se construye la cultura, es un universo en constante expansión.

Por supuesto, no se trata de homogeneizar la experiencia, como se nos ha enseñado durante la modernidad, sino de hacer más inclusiva y aditiva nuestra formación como sujetos culturales. Es un asunto de sumas, más que de restas.

Imagen: "Endangered ACulture", de Peter Leo Ella


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