El congreso anual de la International Federation of Libraries of Library Associations (IFLA) celebró su congreso anual en San Juan de Puerto Rico hace dos semanas, y entre la riqueza de actividades tuve la oportunidad de participar en el foro “Can the New Book Economy Guarantee Freedom of Access to Information?”, considerado, según la reseña aparecida en American Libraries Magazine como el foro “más provocativo” de IFLA 2011, pero también menos formal.

A sugerencia de una nueva amiga común, Mila (@marginaliaferoz), conocí a Peter Brentley (@naypinya), mejor conocido como “el bibliotecario que enfrentó a Google Books”, y quien a su vez me presentó ante Stuart Hamilton, Asesor de Política para IFLA. Hamilton entonces me cursó la invitación formal para unirme a las presencias de Peter; YS Chi, presidente de la International Publishers Association; Magdalena Vinent, presidenta de la International Federation of Reproduction Rights Organization; y de Steve Potash, president de Overdrive. La mesa fue moderada por el profesor Kenneth Crews, de la Universidad de Columbia.

De lo pertinente del debate y de los señalamientos compartidos en mesa, pues mejor invito a leer el escrito aquí. Los planteamientos, todos válidos y sustanciados argumentalmente, desembocaron en una misma conclusión: el mercado ha cambiado; la manera en que consumimos libro ha cambiado; pero todavía tratamos al libro electrónico como si fuera de papel, cuando no debiera ser el caso. Si bien es una transferencia de contenedor y no de contenidos, la manera en que nos acercamos al objeto –y cómo lo accedemos- cambia, de la misma manera que comienzan a cambiar las bibliotecas y las librerías.

Precisamente, en ánimo de danzar con los cambios, el escritor Javier Celaya (@javiercelaya) pronostica, en un editorial que publica Publishing Perspectives, que el mercado del libro en Español, que es una geografía de 500 millones de hispanoparlantes alrededor del mundo, es el terreno más fértil para el arranque definitivo de los libros electrónicos.

Como cita el artículo de la American Libraries Magazine, mi planteamiento sigue siendo el mismo: tal vez debemos debemos comenzar a hablar del libro del futuro, y no del futuro del libro.

Sobre el tema, les invito a explorar el siguiente video:
http://sandboxworld.com/the-future-of-the-book/



Entre los males y contratiempos que afectan la industria editorial al presente momento, la atención definitiva se focaliza en la reciente coexistencia entre el libro electrónico y el libro convencional de papel. Librerías y editoriales cierran; otras emergen. La tristeza de unos es la alegría de otros. Como la escritura misma, es un Zen. 

Queda entonces el riesgo no proyectado de la reseña literaria en juego. 

A manera de respuesta al constante cambio de la industria y de la manera en que consumimos el libro, surge The Los Angeles Book Review, iniciativa de Tom Lutz, su editor en jefe. 

Primeramente, que apenas en el siglo XXI surja una publicación que intente cohabitar el espacio de la información literaria y equipararse al legendario New York Times Review of Books nos señala que, en plenos reclamos por una descentralización y desjerarquización canónica, la Metropolis literaria estadounidense continua siendo el este. 

Si fuera teoría de conspiración, supondríamos que el mundo de la metrópolis editorial es una suerte de cofradía o mesa redonda secreta a la cual se admiten sólo aquellos con verdadero poder de acceso. 

La visión de Lutz ha levantado algunas cejas escépticas: ¿una revista de reseñas literarias desde la costa oeste? “For one thing everyone in the New York book world is depressed. We’re excited”, responde el editor en una entrevista para Laist

Los Ángeles no es considerada, todavía, una ciudad literaria. Pero para Lutz, en una época de muertes editoriales, hablar de nacimientos es hablar de posibilidades. Adaptado a las nuevas demandas, el LARB será enteramente digital.

Un planteamiento similar había expuesto Ronaldo Menéndez un ensayo suyo publicado en El País y titulado: “El escritor local y el mercado internacional”. “Qué significa escribir -y pretender publicar- en Latinoamérica, cuando lo que se quiere es salir de Latinoamérica y darse a conocer en el mercado internacional?”, comenzaba el narrador cubano. “Podríamos alzar un muro de las lamentaciones con las dificultades de inserción del escritor que vive en Latinoamérica con respecto al campo literario español, pero la tarea se parecería a una inútil muralla china, un colosal y árido monumento del aislamiento”. En fin: un escritor latinoamericano no es enteramente internacional hasta que triunfa en España.

Haría falta un Mexico Book Review, un Argentina Book Review, un Chile Book Review, un Colombia Book Review y hasta un San Juan Book Review, entre otros, para entrelazar el desparramado mundo editorial que no precisa sus expectativas en los dominantes centros de producción editorial. 

En mi mejor entendimiento, la propuesta del LARB es una vía de acceso a las tendencias y novedades del mundo editorial. Jamás una revista de reseñas podrá sustituir la experiencia de entrar a una librería y provocar los sentidos entre mesas y anaqueles, la vitalidad necesaria de adentrarse (o, en su defecto, alejarse) por una obra, pero lo que sí logra es enmendar carencias. 

En Puerto Rico, la mejor página de crítica literaria tampoco pertenece a ningún diario de circulación masiva, sino que se trata del blog Ficciología del escritor Nelson Vera Santiago, cuentista ganador del Premio de Literatura del ICP. Con una alquimia precisa entre crítica literaria y reseña, los comentarios de Vera Santiago suelen ser ecuánimes en el diapasón argumental, dentro de la subjetividad de su selección. En los medios tradicionales, muchas veces el reseñista debe ceñirse a la encomienda asignada por su editor. Ficciología es libre desde su lugar de enunciación. 

Más dada a la opinión académica y a las valoraciones del texto dentro de un marco más amplio, también está el blog de Mario R. Cancel, titulado Lugares imaginarios. Cancel, también escritor premiado y reconocido crítico por su trabajo de curaduría literaria, ha venido realizando críticas y reseñas tanto de literatura marginal como de literatura marginada. 

Y, claro, aunque más dirigida al medio como entretenimiento, está Libro a Libro.

Cualquier estudio futuro de la crítica literaria en Puerto Rico debe comenzar a plantearse la blogosfera como espacio para el comentario literario. 

Eso sí queda claro: la reseña literaria, al parecer, comienza a amoldarse a los nuevos medios. Es, por así decirlo, una forma literaria apenas en evolución. En fin, creo que haría falta multiplicar y, sobre todo, aunar esfuerzos como los de Vera Santiago y de Cancel, como los de muchos otros que sé deben estar ahí.

Y sí, por ser un arte, sigue siendo el trabajo de los menos por el beneficio de los más.


Para Tino Montañez, "C", que me envío la inspiración.


De todo el espectro posible de desórdenes y enfermedades diagnosticadas recientemente, ninguna levanta más el asombro que el de la Disfunción Sexual Femenina (FSD, en inglés). Por un lado, estudios en el campo apuntan a que 75% de las mujeres nunca logran un orgasmo. Según el documental Climax, Inc., dirigido por Liz Canner, 43% de las mujeres sufre de DSF. Por tanto, en un mundo donde hemos creado suplementos para abultar los músculos,  para quemar la grasa del cuerpo y hasta para hacernos creer que nos sentimos bien, no sorprende que la industria farmacéutica haya alargado los cañones hacia la sexualidad femenina. Queda la búsqueda de la Rosa Azul, el Arca del Pacto, o el Santo Grial del misterio de ser mujer: una píldora para provocar orgasmos femeninos.

Conozco mujeres que no necesitan de eso.  Una  amiga tiene un orgasmo cada vez que ve a George Clooney.  Otra tiene uno cada vez que estornuda.  Una colega incluso me dice que experimenta sensaciones extrañas cuando va a la sección de verduras y viandas en el supermercado.  Pero cuando les comenté acerca de la nueva droga,  me confesaron que se morían por saber qué se sentía tener dos de esas píldoras en el cuerpo mientras preparan Margaritas heladas sentadas sobre una lavadora.

Bien sé que muchas damas estarán agradecidas a la ciencia por semejante innovación médica.  Podemos estar,  señoras y señores, de cara a la próxima revolución sexual,  en gelcaps o tabletas.  Esta será la salvación de miles de mujeres cuyos maridos quedan en estado de coma luego de la primera (y a veces única) manifestación viril.  Esta píldora llenaría esa promesa de no quedarse mirando el techo o dándose duchas frías. Asusta pensar lo que van a sentir las féminas de este país si toman Climaxim para luego conducir sus trotones vehículos 4x4 por la superficie lunar de nuestras benditas carreteras.

Para estos asuntos, es menester hablar a calzón quitado.

En nuestro afán por la gratificación inmediata, nos disponemos a solucionar los problemas sexuales de la manera que resolvemos el estreñimiento.

La insatisfacción no es una enfermedad sexual.

Las mujeres, dicen los sexólogos, experimentan tres clases de orgasmos que ellos catalogan como si fuesen tomos en una enciclopedia.  Por eso,  sencillamente los llamaré el orgasmo staccato,  el orgasmo colina y el orgasmo divino.  El primero es entrecortado,  como un Volkswagen del ’69 que se queda sin gasolina,  pero que,  a fin de cuentas, llega a su cochera aunque se muera allí mismo. 

El segundo es como estar en el SoFo del Viejo San Juan y antojarse de darse un trago arriba en la Calle San Sebastián: uno comienza a caminar,  luego los pies como que se tornan pesados y cuando llegas a lo que ibas,  sólo queda bajar la cuesta. 

El tercero,  pues,  es una especie de Epifanía cósmica o experiencia religiosa que frecuentemente llega acompañada de exclamaciones como “¡Ay,  Dios mío!” y otras manifestaciones de fe. Pueden aparecer fuegos artificiales que se esparcen por el cielo, como revelación y confirmación de la divinidad del reciente logro. 

Pero Dios nos libre de exteriorizar semejantes sentimientos. 

No,  señor.  La palabra orgasmo es peor que decir sobaco en la fila del pan. 

Mas el orgasmo, en efecto, nos hace llegar a ese paroxismo de percepción de un estado divino. En su culminación más deliciosa, un orgasmo es una fusión de energía y creación. Los centros que sirven para elevar las energías espirituales son las mismas que están relacionadas con el impulso y las motivaciones sexuales y que nos inundan en esos momentos íntimos en que la sangre se desboca por las venas y el tiempo se detiene. No existe explicación científica para esa parte de nuestro cuerpo que no tiene masa ni volumen, pero que pesa más que el acero y ocupa más espacio del que nuestros suspiros toleran. Para liberarla o encontrarla, no necesitamos una pastilla. 

Los trabajos poéticos de John Donne y Sor Juana Inés de la Cruz,  por ejemplo, trazan una analogía entre la unión con Dios y el éxtasis que sólo compara,  sobre todas las emociones del ser humano,  con el placer carnal. Eso también lo predica el Kama Sutra.  Ni Donne ni Sor Juana pudieron encontrar otra manera de expresar su devoción,  así que Dios debe ser un éxtasis y el orgasmo, ley divina,  o algo así como la línea 1-800 para tocar la eternidad.   “Ven amado mío a tu jardín/  y come de sus frutos exquisitos”,  dice un verso de El cantar de los cantares (anejado en una Biblia cerca de usted).  El sexo,  en otras palabras,  es el regreso al Edén.

No alcanzar un orgasmo no es una enfermedad, sino un poema que necesita ser reescrito. Pero si dependemos de píldoras, ungüentos o de aparatos como el Orgamatron (un horripilante estimulador de orgasmos que va conectado por cables a la espalda de la mujer), creo que es tiempo de desnudarnos: en Climax, Inc., durante la intervención de uno de los empresarios cuya compañía produce y mercadea medicamentos para combatir la DSF, Liz Canner le pregunta como se puede estar tan seguro de los resultados de la pastilla. “En el hombre hay un indicador vertical”, dice Dr. Virgil Place, eréctilmente disfuncional fundador de Vivus. “Tendremos que depender de lo que nos digan las mujeres que sienten”.

Es decir, detrás de toda la ciencia para provocar orgasmos femeninos, lo único que queda para comprobar la efectividad del tratamiento es… ¿qué la mujer lo diga?

Ah, nada como la palabra, ¿no?

Mas para sentir, siempre es bueno tocar, morder, frotar, lamer: la poesía de los cuerpos-  el lenguaje de las caricias y las caricias de las lenguas.

Como quiera, otro estudio revela que 64% de las mujeres finge o miente acerca de tener un orgasmo.

Para esto, nunca harán falta píldoras. 

Tampoco harán falta hombres que se lo crean.






Que la literatura empiece al momento en que ésta se hace pregunta era una de las ideas de Maurice Blanchot, quien a la vez nos advertía que la interrogante no debía confundirse «con las dudas o los escrúpulos del escritor». Goza la literatura de esa cualidad intrínseca de la palabra que es ininterrumpida, puesto que no habla, sino que es. Para ser, tiene que ser vista. No es gratuito que Blanchot (en El espacio literario) también presuma que la obra solamente se hace obra cuando se convierte en la intimidad del que la recibe, de aquel que la lee. Por tanto, la literatura –la escritura– acapara sentido cuando el ojo la recupera, la reconstruye, la recrea.

Dada la necesidad de ser vista, y en prestación de la antropología fenomenológica de Hans Blumenberg, los humanos reparamos nuestra discontinuidad en el constante deseo de ser vistos. De ahí que yo siempre argumente que los escritores son una suerte de exhibicionistas –convirtiendo al lector en voyerista–.

El planteamiento de Blumenberg, en Descripción del ser humano, no alberga complejidades inmediatas: entre los primates, el Homo sapiens es el único que sostiene su postura de bípedo erguido, lo que lo capacita para tener un mejor campo visual de su entorno. A la vez, lo hace más vulnerable: ser visible es hacerse altamente liquidable. A mayor visibilidad, mayor el riesgo. Como la escritura: visibilidad y riesgo.

Por ser un animal expuesto, el ser humano recurre a maneras de ocultamiento que le prestan cierto barniz de opacidad. Ello da origen a que el humano sea capaz de reflexionar sobre su condición, sobre sí mismo,  que son dos de los motivos que vinculan a dos prácticas esencialmente humanas, como lo son la poesía y la filosofía. Para Blumengerg, el hacerse visible no solo representa un factor determinante en la evolución de la especie humana, sino que también determina su relación con el mundo a manera de puesta en escena, que pudiésemos interpretar como un acto performático, origen del disimulo y el ocultamiento, que en la escritura toman forma de figuración y transferencia de significados. El lenguaje, en sí mismo, es todo metáfora.

Nos llevan los planteamientos cruzados de Blanchot y Blumenberg –de escuelas no tanto opuestas- a recriminarnos: los humanos somos en realidad seres oscuros.

En ese acto de auto reflexión, que comienza con la visibilidad –cómo me veo y cómo me ven-, llegamos al cuestionamiento necesario del cuerpo y de la conciencia –qué forma adquiero y qué formas digo-. Traducido a la dicotomía del cuerpo y el alma, desembocamos en la irrefutable admisión de cuerpo y alma como unidad, si tal vez, como decía Scheler, una entidad permanente de cambio. 

Sheler luego se dirige a conclusiones, pues, teológicas, pero lo importante es que si conocer es vivir, como argumentaba Husserl como principio gnoseológico del ser humano, la escritura viene a ser una muerte, como plantea Blanchot. O sea, se vive y luego se escribe. Lo sustancial se hace cuerpo, si bien es de palabras. La categoría de cuerpo confiere, así, dimensión, espacio.

Aquí quedan casados dos posiciones antitéticas: si el ser humano es un ser temporal –la vida se mide en tiempo, en experiencia en vivencia- solo escribimos de lo pasado, de la memoria, del tiempo que ya no es. Vivimos para morir –y no en sentido biológico–, si tan solo la literatura es un acto desesperado de aferrarnos a la memoria de los que vendrán después de nosotros.

Es nuestra inconsecuencia en el tiempo lo que nos conduce a la escritura. Querer reparar nuestra discontinuidad. Hacernos visibles. Y vulnerables. 


Imagen: «San Jerónimo», de Caravaggio



Mientras en Puerto Rico la atención de los medios de comunicación discursaba sobre la llegada de la tormenta tropical Emily, en Washington D.C. azotaba un disturbio de mayores proporciones y de paupérrimas implicaciones: el aumento en el tope de la deuda federal de los Estados Unidos. El impacto es inminente para los dueños de préstamos hipotecarios, estudiantes de estudios graduados cobijados bajo los préstamos Stanford, las becas estudiantiles provistas por instituciones universitarias y varias operaciones de beneficio social, entre otros renglones de las dinámicas financieras de la llamada nación más poderosa del mundo.

La formula no es complicada en su relación causal: se eleva la deuda,  se reducen los gastos.

Y aquí es donde, como una gran nada, las prestaciones de servicio por parte del gobierno y las grandes ayudas sociales se verán en riesgo de reducciones extremas, quizá hasta de eliminarse. Con menos flujo del dólar, las ventanas crediticias comenzarán a cerrarse, será más difícil invertir y, en el proceso, las oportunidades de crear empleos se irán diluyendo. Con un alza en la taza de desempleos sin precedentes en la historia estadounidense, pocas compañías se aventurarán a expandir su plantilla, y quién sabe cuántas de ellas podrán continuar en funciones.

Stephen King no podría crear una historia de horror de tal magnitud.

«Que no quede duda», ha dicho el Premio Nobel de Economía y columnista del New York Times, Paul Krugman en un artículo reciente, «nos enfrentamos a una catástrofe en diversos niveles».

Los recortes proyectados, por supuesto, no tocarán la defensa nacional, sino que, en su defecto, arrasarán con los programas de bienestar social, en los cuales, por concesión del status quo que rige en Puerto Rico, nos veremos afectados.

En nuestro estado colonial, los principales partidos políticos existen dentro de un radio de acción circunscrito a las ayudas federales. Toda promesa electoral queda vinculada en algún grado a la capacidad de absorción de fondos tramitados desde la legislatura estadounidense. No hay renglón absoluto en nuestra infraestructura socio-política que no quede afectado por algún tipo de ayuda social proveniente de los Estados Unidos: las comunicaciones, los medios de transportación, la salud, la educación y la vivienda pública son algunos de los que pudiera mencionar. 

La economía para el 2012 no luce auspiciosa en ese sentido. Para los que asuman el poder en enero de 2013, una pesadilla. Puerto Rico, por tanto, será una operación muy costosa para los Estados Unidos de América. Cualquier opción de status político que nos aleje de la carga será vista con buenos ojos por los congresistas, pero eso es harina de otro costal.

Nos aventamos a la época del Estado en ruinas, una maquinaría tan monumental e inservible como ese complejo petroquímico abandonado en la costa de Peñuelas.

En fin, nos desgasta un Estado de gobierno donde carecemos de proyecto de país autosustentable. De no surgir propuestas reparadoras del daño, nos esperan tiempos borrascosos, peor de lo que cualquier tormenta tropical pueda presagiar. 



"Damas y caballeros, rock and roll."

Esas fueron las primeras palabras transmitidas por la cadena de television por cable MTV hace exactamente 30 años. En efecto, un 1ero de agosto de 1981, MTV cambió no solo la manera en que veríamos la música, sino también la manera en que producíamos y consumíamos la cultura.

Esencialmente, los hijos de la generación MTV, que luego fue denominada la Generación X, pasamos a ser la primera generación mediatizada y globalizada. La profecía de McLuhan. Es decir, fuimos la primera generación con un sentido de desplazamiento a través del planeta, y no importaba si nos localizabamos en Shanghai, Tokyo, Estados Unidos o Puerto Rico, compartíamos una misma manera de definirnos, fuera de los contornos geográficos, topográficos o inclusive, más allá de los reclamos patrios. El espacio ya para entonces era una esfera virtual.

Curioso que durante esos mismos 30 años, el video, sin duda, desplazó a la radio, pero también atestiguamos la manera en que Internet mató al video, el MP3 se cargó al CD, de la misma manera que el CD había aniquilado al cassette, que en su lugar había sustituido al disco de vinilo, o de pasta.

MTV era el estilo de vida del super-estado, como dice Jameson, y por tanto, se equipara al concepto del fetishismo de bienes del que hablaba Marx. MTV era una especie de monoteismo, porque no había nada que lo igualara. Y todos queríamos nuestro MTV.

Nada muy posmoderno en ese sentido.

Mas MTV ejemplificaba la posmodernidad venidera porque retaba las categorizaciones y delimitaciones establecidas por las jerarquías tradicionales, obliterando las líneas que dividían los géneros musicales, formas de arte, periódos históricos, así como las distinciones entre alta cultura y cultura popular. MTV era un pastiche visual, un collage ininterrupido 24 horas al día, 7 días a a semana, subvertiendo el sentido del tiempo: nunca se daba prestaba importancia a la hora del día o se distinguía entre pasado, presente o futuro. Y en el proceso, se derrocaba cualquier sentido de estética dominante.

Fue a través de MTV que muchos desarrollaron conciencia de la política global. Los No-Nukes, el SIDA, la caída del Muro de Berlín, los Reaganomics convergían con imágenes de la poesía Beat, el presidente Bill Clinton tocando saxofón en sus Ray-Ban Wayfarer y el Papa Juan Pablo II cantando "Pater Noster" al ritmo de un beat hip-hop, si tan sólo para dar paso a algún episodio de Beavis & Butthead.

Todo esto, por supuesto, se ha perdido. Todos los que comparten mi grupo demográfico tenemos algún recuerdo agradable que nos ata a algún video en particular.

¿Para qué negarlo? Muchos decimos aún: “I Want My MTV”.

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