El béisbol parece de vuelta, si es que alguna vez se ha ido de la sala de mi casa. 

Desde aquellos días de niño en que yo imaginaba que algún día sería jugador de pelota, solo queda el entusiasmo de ver un final de temporada épico como el ocurrido anoche en las Grandes Ligas, cuando, con menos de cinco minutos de diferencia entre un juego y otro, los Orioles dejaron en terreno de juego a los Red Sox y los Rays hicieron lo mismo con los Yankees. Pese a que estos últimos son mi equipo, la derrota fue dulce al saber que los Red Sox –archienemigos clásicos de los niuyorquinos- quedaban fuera de toda contención de campeonato.

Puro drama. 

Ya lo dijo John Updike: el béisbol es la única aportación intelectual de los norteamericanos.

Mas, ¿quién podrá contradecir que el béisbol es el más literario de los deportes?

Tanto que el béisbol ha aportado a nuestro refranero: te cogieron "fuera de base", estás "ponchao", eso fue un "jonrón", está "pichando", me tiene "en tres y dos", y "botó la bola", entre otros. Sí, que sí. Pura poesía. 

Ningún otro trabajo literario supera a lo que August Wilson lograra con su obra teatral Fences, en la que el autor se asegura que la pieza transcurra en dos actos y nueve escenas. Como un juego de béisbol, cada escena corresponde a las nueve entradas reglamentarias para el juego de béisbol. El título es alusivo al momento sublime del deporte: batear la bola más allá de los límites del campo de juego, que queda delimitado por la verja de los jardínes. El protagonista Troy Maxon es un jugador frustrado de béisbol que vive esperando batear “el home run de su vida”, una metáfora auto-explicativa para los conocedores. Maxon, en la obra, es admirador de Roberto Clemente.

Fences es una obra maestra: las nueve escenas también representan los nuevo versos de una composición blues. Así, el tema del Acto I, Escena 1 reverbera en el Acto II, Escena I, y así sucesivamente, evocando una rima. Los personajes repiten frases y actitudes, patrones y tradiciones, rememorando el origen propio del género musical y su importancia en la conciencia afro-americana.

Otros escritores de mi preferencia han incorporado homenajes, alusiones y hasta escenas donde el béisbol es relevante. Paul Auster, por ejemplo, no sólo hace patente su pasión por el juego en sus novelas, sino que a finales de los ’70 –cuando no era todavía Paul Auster-, publicó un thriller beisbolero titulado Squeeze Play, aunque lo hizo bajo el seudónimo de Paul Benjamin. Mas Auster es fanático de los Mets.

Don Delillo inicia su clásico Underworld el 3 de octubre de 1951 en un juego de los New York Giants y los Brooklyn Dodgers en el Polo Grounds. (El prólogo nada más, Pafko at the Wall, cobró fama independiente a la aclamada novela). Pero la trama gira en torno a la bola que Bobby Thomson bateara de cuadrangular para darle la victoria a Los Dodgers. La bola nunca se encontró. Para efectos de la ficción de Delillo, en medio de la euforia celebratoria, un niño llamado Cotter Martin pelea por la pelota, la lleva a su casa, y luego su padre la vende. El drama comienza.

En Puerto Rico, Edgardo Rodríguez Juliá escribió sus crónicas sobre el béisbol tituladas Peloteros, donde por el autor contrapone la circunstancia difícil de la identidad puertorriqueña a mediados de siglo XX a la época gloriosa de este deporte en Puerto Rico, cuando los logros representados por sus más excelsos jugadores, como Orlando Cepeda y Roberto Clemente, y los domingos gloriosos en el Sixto Escobar, eran parte de la conciencia puertorriqueña.

Pero el béisbol es una de esas cosas cuya erosión como deporte hemos atestiguado. Sin duda, ha cedido su sitial preferente para convertirse en un deporte secundario, pese a los triunfos que nos han dado Clemente, Cepeda, Roberto Alomar, Bernie Williams y Jorge Posada, entre muchos.

Y sin embargo, lo que una vez fue nuestro deporte nacional, ha sido sustituido por el baloncesto, prueba de que las tradiciones, como los gustos, no son fijos, sino que cambian.

Como en Peloteros, la época romántica del béisbol en Puerto Rico estaba enlazada a la promesa de país. Hoy día, ambos son fantasmas rondando la memoria.

Excepto en octubre. 

La palabra no es agradable al oído, pero la monocultura es uno de nuestros mayores tropiezos en la evolución de un pueblo. Digamos que es una muralla china ideológica, o un aislamiento tibetano donde la solemnidad espiritual es sustituida por una fuerza paralela, que la infusión de ideas herméticas con las que alimentamos nuestra alma política.

Es necesario conocer que al hablar de cultura podemos referirnos a (1) el sistema material definido como civilización y a (2) un sistema simbólico que capacita a una sociedad para que se estructure, se comunique y se auto-reconozca porque es dinámica y cambiante. Ambos, en su suma, articulan los rasgos de identidad para la subsistencia de un pueblo.

La nacionalidad, el lugar de residencia, visiones políticas, el idioma que hablan, el lugar de residencia, las afiliaciones religiosas y hasta los hábitos alimentarios son, entre otros, elementos constitutivos de una identidad cultural. Todo esto es rara vez debatido y cuestionado, hasta que consideramos que las condiciones culturales son plurivalentes, cambiantes y siempre en transformación, dada su realidad de interdependencia. Más descabellado es sugerir que las condiciones de cultura que identifican a un sujeto son de su libre e informada selección.

El producto contrario a esa concepción de una cultura interdependiente y multifacética es lo que se conoce como monocultura: un modelo fijo de condiciones con las cuales los ciudadanos deben adecuarse, o de lo contrario son aislados. Las categorías de etnicidad, raza y religion prevalecen en estos casos

Lo de monocultura en Puerto Rico es, como todo, aprendido. Primero fue bajo el dominio de España y luego bajo el de Estados Unidos, dos imperios expertos en monoculturizar la manera en que nos miran. Que no seamos ni uno ni el otro es un rasgo de Resistencia; también es indicativo que somos un país inacabado culturalmente –si bien inacabable-.

De esto podríamos estar hablando mucho más tiempo, pero baste citar un libro muy particular, La lengua de Puerto Rico, de don Rubén del Rosario, donde, si bien el autor define el habla puertorriqueña como una prolongación de las formas españolas, también resalta en el valor sintético de nuestro principal medio de expresión cultural. O sea, «La lengua en Puerto Rico, como la de cualquier otra nación, es resultado de una tradición larga y compleja […] porque el idioma no marcha solo y por su cuenta, sino entretejido, impulsado y retardado por nuestras peculiares circunstancias políticas y culturales», dice el estudioso.

Del Rosario también admite en su tesis que, en Puerto Rico, el idioma no es uniforme, y es lo que es básicamente su clásico libro. Ello implica que no existe una sola manera de hablar en puertorriqueño, y que es tan amplia, variada y rica como ir de Fajardo a Mayagüez.

Igualmente, tendría mérito visitar Los problemas de la cultura en Puerto Rico (1935) de Emilio S. Belaval, menos florido que Pedreira, pero con ideas sustanciosas.

La cultura entonces, como sistema simbólico, es maleable: se manifiesta y se reinterpreta. Se redefine. Crece. Tiene capacidad de enmendarse y mejorarse. De abrirse, sin dejar de ser uno lo que es.

Es así que la monocultura, ese deseo de unificar y homogeneizar atributos subjetivos como el gusto y la manera de pensar, o construcciones como la preferencia sexual o de religión, se acomoda como un mono en la espalda. Nos pesa. A veces, en su broma, coloca sus manos en nuestros ojos. La monocultura es el aire natural para la intolerancia, el fanatismo y el atraso como pueblo.
Pensemos en monocultura como decir monocultivo.

Todo lo que sea mono, es del reino del uno, el número solitario. Donde no hay dos, no hay diferencia, no hay selección y, por tanto, no hay democracia.
La monocultura organizacional –modelo vago de la alta modernidad, ya caduca– es el rasgo primordial de los partidos políticos en Puerto Rico. Y por eso ninguno ofrece espacio más allá de la desesperanza.

Pensemos que la monocultura, como limitación, es un espacio idóneo para el control, el aislamiento y la enajenación, formas de poder para los que nos quieren dominados, sumisos y poco letrados.

Es lo que Vandana Shiva ha llamado las "Monoculturas de la Mente".

La transformación de todo país, a estas alturas de la historia, debe ser una síntesis de memorias. Y bregar de aquí hacia el futuro.

Imagen: Naja Conrad Hansen, "Monkey on my back"


John Lucas dice que los siglos cronológicos no necesariamente se incorporan a los históricos. Es decir, la época victoriana del siglo XIX culminó con la primera guerra mundial durante la segunda década del siglo XX. El siglo XXI, agrega el historiador, inició con la caída del Muro de Berlín. En la misma línea, podemos decir, a veinte años de su lanzamiento, que el insigne álbum Nevermind del grupo de rock Nirvana marcó el fin de los fastuosos ochentas.

Con el lanzamiento, Nirvana -Curt Cobain (guitarra y voz), Kris Novoselic (bajo) y Dave Grohl (baterista, hoy cantante de los Foo Fighters)- prendió en fuego las hombreras, las medias termales, los aretes gigantes en las orejas y los pelos abultados; llegó la camiseta desgastada XXXL, los jackets de calistenia, los aretes en cualquier otra parte que no fueran las orejas y el pelo al natural. Fuimos de lo fastuoso y stylish a lo simplemente rebelde y grunge

Atrás quedaron las canciones dominadas por sintetizadores y producidas con todo el arsenal de trucos de estudio; llegó el sonido Seattle, que buscaba sonar crudo y estridente, tal como sonaría en directo. De una sola vuelta de la circunferencia de un nuevo medio -el disco compacto-, Nirvana enterró el hair metal, el synth pop y el rock británico.

Y todo gracias a un disco particular que, aunque no fue el iniciador de la tendencia, sí se convirtió en el epítome de los nuevos tiempos.  

Si los ochentas fueron el exceso y el triunfo del capitalismo, los noventas iniciaron con las manifestaciones radicales en contra del neoliberalismo que comenzaba entonces con ímpetu, el inicio de nuestra presente crisis. El espíritu del grunge capturaba una regresión al punk rock de los ‘70, a la poesía Beat y el culto a Noam Chomsky. Yes, reality bites.

Cobain, poeta admitido, alcanzó el aura de un Jim Morrison o un John Lennon. Días antes de cometer el suicidio que acabara con su vida y con el rock (ante su vacío, lo más rebelde disponible era el Gangsta Rap), Cobain visitó al escritor William Burroughs en búsqueda de sabiduría. Burroughs, como se sabe, fue un adicto a la heroína gran parte de su vida y era conocido como “The Priest”, el que sabía todo de la vida y la muerte, porque había estado en ambas orillas.  Un viernes de abril, el mes más cruel, Cobain se quitó la vida.

Lo curioso es que, admitidamente por el propio Cobain, Nirvana era una banda pop convencional  con un sonido no convencional. El álbum que mayor influencia tuvo en la confección de las canciones de Nevermind no es St. Pepper’s Lonely Heart Club Band; es Meet The Beatles.

Y, pues, para los que les interesan los juegos crípticos, Nevermind y Nirvana corren de fondo en mi reciente novela, Correr tras el viento, cuyo subtítulo, Nirvana de chocolate, un violín y una mujer, no es gratuito. Igualmente, en un poema mío titulado “La caída del cielo”, uno de sus fragmentos es un refraseo del coro que dice “Here we are now, entertain us”, de “Smells Like Teen Spirit”.

Ahora, ¿cómo se adentra uno en el otro?

Eso, lo dejo para que lo descubran. Lo que queda claro es que Nevermind señala un momento en la historia del rock'n'roll. Y también es la caída de las utopías. 


Más sobre los 20 años del grunge, pueden leerlo de la pluma de Edmundo Paz Soldán al pulsar aquí


About.com es un portal de información y noticias adscrito a The New York Times Company y que recibe alrededor de 38 millones de visitas mensuales. Su ventana al mundo de habla hispana en los Estados Unidos es About.com en Español. Es en la sección de reseñas de libros para la edición actual del Mes de la Herencia Latina en Estados Unidos en donde aparece otra agradable reseña de mi tercera novela, Correr tras el viento.

“Las letras puertorriqueñas tienen en Elidio La Torre Lagares a uno de sus mejores representantes”, comienza la reseña de Marcela Álvarez. “Con destreza, La Torre Lagares combina la novela negra, tan popular en estos tiempos, con el romance tradicional".

En lo personal, para mí es sumamente significativo que, ante un famélico periodismo cultural literario como el que se da en Puerto Rico, mi novela suscite interés fuera de estas costas. De hecho, la tirada en papel de Correr tras el viento ha sido vendida casi toda fuera de la isla, en donde solo he realizado una presentación de la misma. 

En fin. La reseña completa la pueden leer aquí.




Ahora que Correr tras el viento, mi tercera novela, ya pronto podrá ser adquirida en España, Nelson Vera Santiago publica en Ficciología una reseña importante
 para el valor del libro –que aparentemente algo tiene-. 

Dice Vera Santiago:

Elidio La Torre sienta las bases para una novela más compleja y ambiciosa en la literatura contemporánea. Correr tras el viento es una pieza retante, llena de giros, tramas nuevas y un vocabulario puntilloso. Su estilo narrativo es casi cinematográfico, hermanando a su autor con las técnicas empleadas por la Generación Nocilla en España.

El resto de la reseña lo pueden leer aquí:
http://ficciologia.blogspot.com/2011/09/seccion-de-critica-de-libros-correr.html

El tráiler del libro lo ven acá:

Ahora que el mundo del libro se encuentra en plena metamorfosis hacia una nueva forma de vida, el lenguaje, casi sin percatarnos, va pasando de un bien de consumo inmaterial a ser un producto capitalista.

Nuestra vida social, económica y política se traduce en palabras e imágenes que conforman las diversas narrativas que ordenan nuestro imaginario.

Con el lenguaje, expresamos nuestros pareceres, avanzamos ideas y le damos vigencia a la memoria, utilizando formas aceptables y significativas dentro de los contextos culturales. Mas, si bien estamos muy lejos de asignarle códigos de barras a las palabras, una de las premisas más invisibles del funcionamiento de la comunicación escrita dentro del presente estado de la economía es la atribución valorativa como objeto de consumo, ejemplificada en el imperio que se levanta tras Google.

La palabra Google es en sí misma es un juego homófono con la palabra «googol», acuñada por Michael Sirotta, y que designa un número uno seguido de cien ceros. Nada en este mundo contiene un «googol» O sea, es un sustantivo que incluso ha pasado al campo de la acción, como en Googlear.

Y es negocio de Google laborar, como dice el investigador científico Frederic Kaplan, sobre “la especulación de las palabras”. Es el capitalismo lingüístico de Google.

Si el lenguaje, como sistema, impone, extiende y legitima un orden, es propiedad de Google legitimar ese dominio.

El lenguaje no solo es comerciar con el mundo (actuar e interactuar) de varias maneras), sino que también lo representa y lo distingue, a la vez que es constitutive del ser y otras manifestaciones de la identidad. Para Google, dice Kaplan, «se trata principalmente de un algoritmo para pujar por las palabras» que hacen de Google una empresa rica y poderosa.

Google es omnisapiente. ¿Quisiste decir «dólares» en lugar de «dolores»?

Google es totalitario: si no lo encuentras, no insistas: no existe.

Google es omnipresente. Es Dios.

Recientemente, las frases y palabras se subastan al mejor postor. Son altamente asequibles y absolutamente comercializables. Para entrar en los resultados principales de búsqueda de una frase como «las mejores computadoras», un fabricante de laptops pide una cotización que Google responderá en base a as posibilidades de hits y cómo esto puede traducirse en dinero para el cliente. Google ejecuta cálculos cualitativos de la puntuación del anunciante (como en un informe crediticio, más o menos), su clasificación y finalmente, llega a un precio de subasta. Las cantidades son billonarias. Es el régimen lingüístico del capitalismo

El lenguaje siempre pulsa a contratiempo con la tecnología, pero cuando se trata de las tecnologías lingüísticas, éstas evolucionan al unísono con la regulación de la lengua. Para Google, esta es la lógica de su modelo económico.

La potencialidad de impacto que guarda este método de negocio tendrá, según Kaplan, una repercusión en el ya cambiante mundo de los libros: ¿no convendría a una editorial ofrecer sus libros gratuitos en línea a cambio de un porcentaje de la ganancia publicitaria generada por Google? La popularidad de un autor sería, entonces, medida en la especulación de búsqueda y no en los libros que ha vendido.

Algo sí queda claro: conocer una lengua –cualquiera que sea– es más que conquistar la cultura que la habla; conocer una lengua comienza a sonar como tener acciones en Wall Street.

Feeling lucky now?


Un sábado por la noche. Un club acogedor. Luces a medias. Tempranillo en copa. Unas tapas. Y una lectura poética. Por supuesto, esto no timbra como la juerga convencional, y una invitación así podría tener, entre los no iniciados, repercusiones serias en futuros corrillos, hasta el momento que uno revela que la lectura poética incluye mujeres desnudas. 

Una vagancia de palabra precede a la reacción, que se da como un tartamudeo lento. ¿Desnudas? Sí. ¿Bailan en tubo? No. ¿Es pornográfico? Maybe; no si lo miras como una forma de arte oral.

Por arte oral, me refiero a la lectura.

La literatura –leerla y consumirla- es tan necesaria para los seres humanos que a veces ni nos damos cuenta que ese es el estado natural de la existencia. Claro que en cualquier caso donde medie el lenguaje pues no queda naturalidad, sino impostura, mediación y metáfora, pero, ¿qué hay de la experiencia poética que encierra un estímulo y que se convertirá en deseo antes de ser palabra? 

Pues al grupo Naked Girls Reading le ha parecido que una manera natural de promover la apreciación por la poesía y la literatura es exhibiéndose entre versos desnudos. Por desnudos quiero decir precisamente eso: destapas y sin medias; buck naked; como llegamos al mundo; o, por usar la expresión esférica, "en pelotas". 

Neo-burlesco por un lado y teátrico por el otro –las mejores cosas de la vida vienen en pares-, Michel L’Amour creó el grupo en Chicago para el 2009 y desde entonces su vida ha sido todo espectáculo. O mejor: espectacular.

Las Naked Girls Reading son cuatro, como los puntos cardinales: Emerald Fontaine, Rubyyy Jones, Tallulah Tempest y Sophia St Villie. Los nombres casi suenan a mujeres de armas tomadas en alguna taverna, pero es parte de la poesía.

Hoy día, las chicas, que ya son internacionales, han logrado despertar una nueva excitación por la literatura. Y por otros artes también, como el del cuerpo desnudo, por ejemplo.

Cultura y belleza al servicio de un placer que precede a lo físico. ¿Qué más se puede pedir, cuando el cerebro es el órgano erótico más fascinante? Cerebros y cerebritos.

¡Ah, que Shakespeare, Oscar Wilde y Virgina Woolf de pronto encuentran nuevos fanáticos de sus obras! Es como redescubrir una pasión cubierta de polvo.

Por polvo me refiero a la acumulación de… okay, whatever.

Volviendo a las chicas que leen desnudas, recientemente solicitaron material original para ser considerado en sus lecturas, lo que abre la concha con nuevas posibilidades.

Lo de concha es una metáfora.

Lo curioso es que pocas voces se han manifestado en contra del espectáculo, que sienta bien tanto al que gusta de la literatura como al ligón o ligona promedio que sólo va por voyerismo.

La propuesta de alcoba sería, ya que aquí copiamos todo, montar un espectáculo similar en Puerto Rico, que de seguro duraría uno o dos fines de semana, antes que algún grupo fundamentalista cristiano proteste o que maten a alguien en plena función.

Aún así, merece el riesgo. Como un bien cultural, ¿no? Y por amor a la literatura, digo…


(Algunos videos de las chicas los pueden ver aquí.)



La mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando llegaba a mi oficina de Director de Edición en la Editorial de la Universidad de Puerto Rico apareció una impactante noticia en la pantalla de mi computadora: un avión se estrellaba contra una de las torres del World Trade Center. Dos incidentes similares le sucederían –uno en la segunda torre del centro financiero y otro en el Pentágono- con un tercer ataque frustrado por una supuesta insurrección abordo, aunque la evidencia apunta a que el vuelo 93 de United Airlines fue derribado antes de llegar a su supuesto destino, la Casa Blanca.

Aquel día,  lo primero que pensé fue en mi hija Sophia, que apenas contaba con año y medio de vida. Quise correr a buscarla y abrazarla. Me sentí inútil y frágil. Por un momento de inercia, pensé en el dolor y el miedo que me acabaría si perdiera a mi hija. Ya el mundo no sería igual.

Día ominoso por demás, el desplome del centro financiero de Nueva York y del mundo serviría de profecía y simbolismo a la subsecuente debacle económica en la que nos encontramos. Tras el 9/11, hemos abdicado libertades personales, sociales y políticas por una sola razón: el miedo.

La tragedia humana trasciende cualquier desavenencia ideológica. Haya sido un trabajo interno o no; conspiración o venganza; karma o reversión de acciones, cerca de tres mil familias perdieron a alguien en sus vidas. Aquí se perdieron muchos latinoamericanos. Aquí murieron puertorriqueños también. 

El olvido a veces es perezoso. No quiere moverse. No quiere llegar. No tiene geografías ni tiempo. Sólo un horror impermeable. 

Esta mañana, mientras miraba la conmemoración del desastre en el parque Memorial 9/11 -diseñado por Michael Arad y llamado "Ausencia reflexiva"-, admiré a una niña de unos trece o catorce años, llorosa y triste, y que nunca conoció a su padre. Me conmoví. La escena me llevó al acto egoísta de suponer que aquella niña podría haber sido mi hija.

Theodor Adorno dijo una vez que escribir poesía dedicada a Auschwitz “era un acto barbárico”. Lo mismo podría decirse del 11 de septiembre. 

Pero la imagen de la niña supera el morbo. La poesía es lo único que media entre lo que se conoce y lo que se siente. Y me llega el poema:

ausencia reflexiva

en el Parque Memorial 9/11
los robles
abren sus coronas
de manera peculiar,
como brazos
abiertos a la luz

dos cicatrices cuadradas
se asientan como marcos de fotos
donde cataratas
se precipitan
sobre estanques reflexivos
que refractan el cielo

en su centro,
un agujero intercambia
tiempo y memorias

sobre un parapeto de bronce
los nombres de las víctimas
quedan estarcidos

con su dedo índice,
como quien reconoce
las facciones de un rostro,
una niña traza
las letras
que hacen
de su padre
una presencia
que ella nunca conoció

el agua,
el cielo,
y las memorias
pueden observarse
a través de ellas


Amir Valle informa que el número 20 de la Revista Hispanoamericana de Cultura Otrolunes ya está en internet.

En este número, el 20, correspondiente a Septiembre 2011, Año 5, el dossier literario UNOS ESCRIBEN está dedicado a un nombre ya imprescindibles de las letras latinoamericanas: el mexicano Jorge Volpi (@jvolpi). Entretanto, el dossier de artes plásticas y visuales, OTROS MIRAN, se dedica a la singular obra del fotógrafo venezolano Vasco Szinetar, considerado un mito dentro de la fotografía especializada en el mundo de la literatura, especialmente preparado por nuestra Corresponsal en América Latina, la periodista Laura García; en CUARTO DE VISITA recibimos al escritor israelí Meir Shalev y en  nuestra sección de entrevistas OTROLUNES CONVERSA presenta al narrador ecuatoriano Javier Vásconez, al escritor cubano Manuel Gayol Mecías, en video, y al escritor español Guillermo Busutil.

Otrolunes, como siempre, les invita a consumir las columnas personales de los escritores Uriel Quesada de Costa Rica, Alejandra Costamagna de Chile, Elidio La Torre Lagares de Puerto Rico, Edmundo Paz Soldán de Bolivia, Francisco Alejandro Méndez de Guatemala, José Luis Muñoz de España, Santiago Gamboa y Marco Tulio Aguilera de Colombia, la argentina Patricia Suárez, junto a los cubanos Ladislao Aguado, Armando de Armas, Antonio Álvarez Gil, Arturo González Dorado, León de la Hoz y quien escribe esta nota. Se suma a esta nueva edición la columna "Londoniadas", del escritor cubano Edgar London.


El enlace a la revista completa, acá: http://otrolunes.com/

Que disfruten. 


El periódico El Vocero de Puerto Rico, tras la pluma de Lynet Santiago, publica hoy un reportaje en siete cantos (“cantos” como en emisión de sonidos melódicos, no como en “pedazos”) titulado “Juglares de nuestros tiempos”. 

Los reseñados son Emmanuel Serrano Hernández: El ‘malo’ de la película ; Josué ‘Jay’ Fonseca: No es tanta la ‘Furia’; Esoeztv: Irreverencia sin límites; Michael David Castro Collazo: Diatriba a la quinta potencia; Ángel R. González y Gabriel Lugo: Humor a propósito; Christian Ortega: Con la cabeza en su sitio; y un servidor, Elidio La Torre Lagares: promotor del parnaso virtual.

El montaje, muy bien orquestado, apunta a una sola cosa: el matrimonio definitivo entre las redes sociales y los medios tradicionales de información en un acto festivo y carnavalesco. Es, por tanto, una manifestación política, si por acto político tomamos cualquier acción que tenga impacto de transformación social.

“Al igual que con el surgimiento del libro, la prensa escrita, la radio, el cine y la televisión; la Internet y las redes sociales cuentan con voces protagónicas, sólo que en este caso se rompe la hegemonía del poder vertical. La comunicación en la red es viral”, escribe
 @lyneteonline.

La muestra particular que recoge @VoceroPR nos dice que el medio tiene el oído abierto y los ojos en la pantalla del Internet, esa extensión espacial donde las identidades confluyen, se unen, se disocian y terminan disolviéndose en una.

Esto tiene implicaciones serias: el periodismo, la literatura, el comentario social, entre otras formas de libertad de expresión, han encontrado una geografía única ante la reducción de otros ámbitos de expresión cultural.

Para los puristas, pues no queda mucha salida: el travestismo (crear personajes tras los cuales escribir), la parodia y la sátira son recursos literarios, y son la tela inherente de mucha de nuestra literatura puertorriqueña. Por ejemplo, como olvidar las “Coplas del Jíbaro” (1820) del arecibeño Miguel Cabrera, donde, además de satirizar y denunciar la situación social del país, se eleva el habla cotidiana a categoría literaria, un precedente que culminaría años después con El Gíbaro, de Manuel Alonso.  

Lo que nos lleva a otro punto interesante de argumentación: la cultura puertorriqueña comienza a hacerse de su propia territorialidad en los medios cibernéticos, con su propio lenguaje y, sobre todo, con otros actores que interceden en la reversión del orden.


Highlight: en mi caricatura, realizada por @jozterra, aparezco hasta con Correr tras el viento en las manos.

Hay cosas que nunca podemos ver, pero que existen; nos preceden. Por ejemplo, los ojos nunca ven la ausencia, escribí ayer en Twitter.  Pero la capacidad de “ver” más allá de la operación orgánica del ojo –“ver” como transferencia intercambiable del “entender”- a veces requiere de otra operación externa, que es coaccionada por alguien, un segundo o tercer sujeto que “dice” el objeto y lo desvela.

Hay mitos que han sido hilado por antonomasia al escritor, como, por ejemplo, el hecho que sólo escribimos cuando tenemos inspiración y que cada vez que la Musa nos visita y despotricamos fácil 600 páginas de un original. Otros mitos incluyen que el escritor no tiene vida social, que es un cascarrabias ermitaño miserable, o un Bukowski o un Rimbaud maldito, que su vida es aburrida y lineal, que es un renegado de su propia familia, y que mientras menos le lean, más exitoso es.

Sin embargo, mientras todos los que conocemos escritores podríamos identificar uno o dos individuos con los atributos de personaje mencionados –y otros que no voy a mencionar–, el mito prevaleciente al escritor es que es un sujeto solitario y de difícil acceso, que no debe confundirse con la artificialidad del escritor aislado.

En un artículo titulado “El escritor aislado”, publicado en El País, Javier Marías dice lo siguiente:

«Creo que la mayoría de los escritores tendemos a sentirnos aislados y además deseamos estarlo, sobre todo a partir de cierta edad. Quizá no sea así al principio -y para los que empiezan jóvenes-. En años tempranos se produce la ilusión de pertenecer a un nuevo grupo o generación, supuestamente renovadores. A menudo se desprecia a los autores que nos precedieron justo antes, principalmente a los del propio país o a los de la propia lengua. Se los juzga equivocados, desfasados, antiguos, no se tiene ninguna conmiseración por ellos y hay prisa por jubilarlos. De manera a veces injusta, se les niega toda valía y se los considera un tropiezo en la historia de la literatura, destinado a pasar pronto al olvido. Esos jóvenes saltan por encima de sus padres literarios y con frecuencia "recuperan" a sus abuelos, a los que ya ven débiles, poco amenazantes y en retirada. Pero esta sensación de compañía y combate, de formar parte de un grupo "innovador", no dura mucho. En el momento en que un escritor deja de mirar a su alrededor, deja de preocuparse por el "estado" o el "futuro de la literatura" en su país o en su lengua -descubre que eso es lo que menos le importa y que además no es responsabilidad suya-, y se dedica a lo que le toca dedicarse, es decir, a escribir su obra como si no hubiera ninguna otra en el mundo, en ese momento comienza a sentirse aislado. En parte por su propia voluntad, en parte porque no le queda más remedio si quiere sacar adelante sus escritos».

Todo lo argumentado por Marías puede ser corroborado con objetividad. Y añade:

«Se trata, más que nada, de la necesidad que siente de ser casi único, de no verse ya nunca más como mero miembro intercambiable de una generación o grupo, ni siquiera como "hijo de su tiempo". Nada molesta tanto al verdadero escritor como los críticos, los profesores y los periodistas culturales, que se empeñan en ponerle etiquetas y encuadrarlo, en establecer relaciones entre su obra y la de sus contemporáneos, en adscribirlo a tendencias a las que presuntamente pertenece, o a movimientos, o a modas, en calificarlo de "novelista realista" o "histórico" o de "autor literario" -esa gran estupidez y redundancia que ya ha adquirido carta de naturaleza en nuestra estúpida época-, o de cultivador de la "autoficción" -otra de las majaderías hoy reinantes-, o de "escritor postmoderno" -nunca he sabido lo que significaba ese adjetivo, que por suerte ya va cayendo en desuso-. También le revienta, al verdadero escritor, que se le busque y adjudique un "lugar" en la tradición de su país o de su lengua, que se lo "entronque" con esa tradición o con los viejos maestros. El escritor sabe que el país en que nació y la lengua en que se expresa son importantes, pero secundarios, algo hasta cierto punto accidental, azaroso y reversible»

Marías presume la separación como un acto voluntario, pero ocurre que el aislamiento es una calle a la cual también se accede por un callejón, solitario también, que es esa ruta por donde se destinan a los escritores que nadie entiende, o que son poco leídos, o que han sido despachados por no parecerse a los demás. Incluso, como en la novela negra, si han visto o saben demasiado, hay que desterrarlos -o en su defecto, enterrarlos-. 

Es la naturaleza de la bestia.

Y luego de leer el ensayo de Marías, me doy cuenta que envejecí antes de tiempo. O tal vez no. Tal vez es que apenas estoy naciendo. 


Renegar del espíritu es una de las más sofocantes muestras de apaciguamiento ideológico, en tanto espíritu es esa alquimia intangible que concurre en nuestra vida interior. Allí, donde no somos cuerpo.  De ahí que la coyuntura conflictiva de las novelas distópicas -1984 y Brave New World, por mencionar dos ejemplos-, además de presentarnos personajes en tensión con una realidad exterior también se encuentra en la lucha por el reconocimiento de emociones en los individuos.

Convertidos en una ficción distópica, los constructos sociales en Puerto Rico han saturado nuestra cultura contemporánea al punto erosionar el deseo de resistencia hacia la disolución del sujeto. 


La noción de irreparabilidad parece dominar el sentido común en una sociedad donde, muy a pesar de los mecanismos democráticos con los cuales es facultada para ejercer cambios, se desmerece a sí misma en la complacencia y el la inercia. 


La catástrofe social es reconocida, mas, como si fuera un exceso material que no sabemos dónde colocar o qué hacer con él, es colocada en una esquina de la casa mientras vemos la tele y tomamos cerveza.

De un artículo de Bruce Levine para Alternet, sustraigo las razones por las cuales las generaciones más jóvenes se mecen con complacencia presente ante el paso de la historia que les escriben, actitud que responde a los siguientes determinadores sociales, los cuales he adaptado a la realidad puertorriqueña:

1. La deuda universitaria. La fuerza primordial para la liberación de las mentes es, como quiera que lo veamos, la educación. Y sin embargo, nuestra juventud universitaria se ve obligada, cada día con mayor insistencia, a endeudarse para poder estudiar. La estrategia es clara: al terminar la carrera, y con el préstamo en las costillas, el nuevo asalariado se verá en necesidad de obedecer la autoridad y la jerarquía laboral para conservar su empleo y poder repagar la deuda contraída.

2. Los problemas de aprendizaje. De los padecimientos de mayor diagnóstico en nuestra escuelas se encuentran la hiperactividad, déficit de atención y el autismo. Los tres desórdenes son medicados fuertemente. Las cifras crecen. Pareciera que cualquier niño o niña que no se adapte a las reglas prescritas, merece ser dosificado/a.

3. El culto a la cultura de la estupidez. Por supuesto, lo nimio, lo poco retador, lo de comprensión fácil ha sido empacado y representado por un nuevo actante que es mezcal de bufón y de héroe: el morón. Puede ser un chico o chica, y la exaltación de su figura representa una reivindicación de un mensaje único: ser estúpido es cool, según visto en programas de Disney, Nick y algunas comedias de la televisión local.

4. Testing, testing, 1,2,3. Las pruebas como las “Pruebas Puertorriqueñas” y los programas “No Child Left Behind” recurren a la psicología métrica y a la estandarización del conocimiento y de la manera en que los niños aprenden. Son una buena manera para descalificar ciudadanos a tiempo y distraerlos del éxito por un método elemental: embrutecer a los niños.

5. Big Brother Is Still Watching You. La normalización de la vigilancia, mejor ejemplificado en la reciente medida de implantar un “Toque de queda” en Puerto Rico como remedio a la criminalidad, la cual nos tiene con cámaras de seguridad por todas partes, inclusive, en plena calle cuando salimos a distraernos. Y ni hablemos de los GPS que ya son parte de nuestros teléfonos móviles, los cuales son casi una extensión de nosotros mismos.

6. Esta es la era de la imagen; leer hace pensar. Tanto la televisión como la cultura de la imagen son dos constructos para llevarnos a pensar que, en efecto, no nos interesa leer, que hay una manera más fácil de absorber la información (fíjese que dije información, y no conocimiento) y que por ello los medios informativos deben ser lo más conciso y breve posible, sin posibilidad de profundidad ni de ser profundizado.

7. El fundamentalismo, tanto religioso como consumista. La presente sociedad que reclama un regreso a los valores cristianos y principios buenos del capitalismo ha creado una nueva sepa de individuos dependientes de realidades exteriores para justificar su existencia. La gente no es sin el Dios que castiga, y no se encuentran si no se representan en la adquisición desmedida de objetos que vienen destinados a proveer satisfacción efímera y reafirmación de la personalidad.

8. Es estúpido ser inteligente. La burla al que tiene educación amplia a la vez que se condena al que carece de escolaridad. Si bien al primero se trata de snub, nerd, estofón o cualquier otra palabra que lo pinte con una capacidad intelectual mayor, el segundo entonces es el perdedor, el loser, y por tanto, no compone presencia alguna en la sociedad.

Y, por supuesto, una gran cantidad de gente leerá este artículo y, por alguna de las razones anteriormente expuestas, lo despacharan como teoría de conspiración, algo difícil de comprender, o alguna otra razón que lo despache al olvido. 

En todo caso, un modo más de complacencia.

Blog Archive

Search This Blog

Loading...