En la literatura puertorriqueña se suscita una coyuntura interesante, muy subestimada por algunos y desconocida por otros, que es la escritura diaspórica, que es en gran parte una literatura puertorriqueña escrita en inglés. Oxímoron o no, uno de los exponentes de dicha modalidad es Piri Thomas, quien falleciera el pasado lunes 17 de octubre, dejándonos su obra más comentada, Down These Mean Streets, autoficción de gran acogida comercial desde su publicación en 1967, cuando llegó al listado de las más vendidas.

El carácter autobiográfico del libro nos narra las vicisitudes del protagonista a manera de Bildungsroman, o novela de aprendizaje,  en la que el nudo argumental se tensa a partir de la búsqueda de identidad personal y étnica. El tema de la identidad racial prevalece como una categoría de poder o importancia jerárquica en un núcleo social. En más de una ocasión, vemos al protagonista renegar de su negritud, en aserción de su puertorriqueñidad. En un escena donde dos chicos italianos le preguntan a Piri su nacionalidad, uno de ellos asevera: «Ah, Rocky, he's black enuff to be a nigger. Ain't that what you is, kid?». La respuesta llega “como un suspiro”: «I'm Puerto Rican».

No es negro. Es puertorriqueño. Mas, lo largo del texto, Piri termina por aceptar su negritud.

Juan Flores (Divided Borders, 1993) ha dictado que la autoficción de Thomas pertenece a esa tercera oleada de literatura puertorriqueña de la diáspora, la literatura Nuyorican, y precedida solamente por obras escritas en español, como lo fueron Las memorias de Bernardo Vega, Trópico en Manhattan de Guillermo Cotto Thorner o En Babia, de J.I. de Diego Padró, por ejemplo. «La señal más patente de de esta nueva literatura que emana de la comunidad es el lenguaje: la alternancia del Español al Inglés y la escritura bilingüe. Las transferencias del lenguaje no deben ser tomadas como rasgo de asimilación en un sentido cultural amplio».

Pero el idioma central de Down These Mean Streets es el inglés. El español se intercala, por tomar prestada la frase de Francés Montaner-Negrón, como granadas lingüísticas.

Es más: dentro del mismo inglés, existen varios registros del mismo idioma: el hablado por la clase dominante blanca, el inglés de los blancos inmigrantes, el inglés afroamericano y el inglés boricua comparten relevancia.

Mas, como dice Flores con respecto a mucha de la literatura nuyorican, esto no la hace menos literatura estadounidense o menos literatura puertorriqueña. La selección por la “inclusividad” significa hacia un contexto cultural amplio, en expansión y modulación.

Pero su fuerte es también su fortaleza. Todavía, en nuestra mentalidad de isla, regida por la febril hispanofilia, confrontamos problemas para aceptar a los boricuas que, por circunstancias históricas, se expresan en inglés. Aún así, el vínculo de Down These Mean Streets con nuestra literatura es casi por concesión genética: en la obra se retratan a los nietos de La Charca y a los hijos de El Negocio, ambas de Manuel Zeno Gandía. 

Piri Thomas, sin lugar a cuestionamientos, fue el originador de un género literario que subsecuentemente sería perseguido, con éxito, por Esmeralda Santiago y Judith Ortiz Coffer, y que abrió espacios a otras voces de la literatura hispana en general. Pero probablemente, dónde el autor neoboricua reside con mayor presencia es en el Drown del escritor dominicano Junot Díaz. 


A principios de la década del 2000, comenzó a ocuparme la preocupación de adónde se dirigiría la literatura contemporánea de mi país. Cuento viejo hoy, pensé entonces en todos los escritores cuyas obras pasarían sin tinta ni consecuencia directo al olvido.

Por ahora, cualquier trabajo que yo haya hecho en dirección a revelar talentos literarios es –como se espera-, invisible, pero no puedo negar que el tema de la obra desaparecida es todavía de mi interés. Por ello, en algún momento, me di al interés de rescatar el “Canto a la locura” de Francisco Matos Paoli, El Aguinaldo puertorriqueño, El Álbum puertorriqueño, y la poesía de Clara Lair, entre otros.

El tema me aborda cuando encuentro un listado compilado por Megan Gambino y publicado por Smithsonian.com en el que comentan las diez obras literarias que ya nunca podremos leer porque se desconoce su paradero, a pesar de prevalecer constancia de su materialidad en algún momento.

1. Margite, de Homero
La fama de Homero, que vivió en el siglo VIII a.c., llegó algo tardía a Europa, cuando un monje calabrés lleva en 1337 copias de la Iliada y la Odisea a Roma. Ya para entonces se hablaba del Margite, obra que se cree devorada y perdida en el infame incendio de la Biblioteca Imperial de Constantinopla.

2. Los libros perdidos de la Biblia
Se sabe de la existencia de estos libros por la mención e interrefencialidad que de ellos se hace en otros libros existentes de la Biblia. Por ejemplo, El Libro de las Guerras de Yavé que se menciona en el Libro de los Números. También se nombra el Libro de los Justos y el
Libro del profeta Natán. La existencia de los libros "Las crónicas de los reyes de Judá" y "Crónicas de los Reyes de Israel” se consigna en el Libro de los Reyes en el Antiguo Testamento.

3. Cardenio, de William Shakespeare.
Presuntamente, Shakespeare escribió su obra inspirado en el personaje que aparece en Don Quijote de la Mancha. La obra fue puesta en escena en mayo de 1613 en una función para el Rey Jaime I –un año posterior a la traducción de El Quijote que apareciera en Londres-. Sin embargo, se desconoce el paradero del texto.

4. Inventio Fortunata, o el Descubrimiento de las Islas Afortunadas
Se sabe que su autor fue un monje franciscano cuyo nombre permanece anónimo y que en el siglo XIV que viajo hacia el Ártico y describió impresionistamente la geografía polar. Una de las copias del libro perteneció al Rey Eduardo III, pero la obra, de la que se creía en existencia unas pocas copias adicionales, desapareció en el olvido.

5. Santiton, de Jane Austen
Al momento de su muerte, Austen había completado 11 capítulos de su última novela. La protagonista responde al nombre de Charlotte Heywood, quien visita el pueblo costero de Sanditon. Pese a que varias escritoras se han dado la tarea de terminar la novela, Sanditon permanece enigmática y perdida.

6. The Isle of Cross, de Herman Melville
Antes de escribir sus novelas del Pacífico y Moby Dick, Melville trabajó como marinero. En un viaje a Nantucket, el autor escuchó la historia de Agatha Hatch, la hija de un farero y quien salva a un náufrago de nombre James Robertson. La pareja se enamora, se casa, pero luego James la abandona. La novela está registrada como rechazada por la editorial Harper & Brothers en 1853, pero no queda rastro del manuscrito.

7. The Poor Man and the Lady, de Thomas Hardy.
De la novela quedan consignadas algunas menciones en entrevistas hechas al autor y correspondencia que éste sostuviera con el poeta Edmund Goose en 1915. La novela fue rechazada para publicación, pero, según los estudiosos, en la novela Desperate Remedies, así como en un poema de Hardy titulado: “A Poor Man and a Lady”, se detectan rastros de la obra original.

8. El borrador de Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson
Cuenta la leyenda urbana que Stevenson quemó el primer borrador tras su compleción, cuando recibió la critica de su esposa, quien incluso sugirió que el trabajo mejoraría si convertía el mismo en una alegoría moral. Luego Stevenson reescribió la novela tal y como la conocemos hoy.

9. Novela de la Primera Guerra Mundial, de Ernest Hemingway
La esposa de Papa Hemingway, Hadley, empacó un día en París con el fin de encontrarse con su esposo en Suiza. Una de las valijas de Hadley contenía varios escritos inéditos de Hemingway, incluyendo una novela sobre las experiencias del autor como corresponsal de guerra en la Primera Guerra Mundial. La maleta desapareció. Hemingway luego se divorció de Hadley.

10. Double Exposure, de Sylvia Plath.
La trama gira en torno a la relación de una poeta con un esposo que le es infiel. Demasiado contacto con la realidad. Tras el suicidio de la Plath, su esposo Ted Hughes, laureado poeta inglés, tomó posesión de los inéditos de la escritora. Entre ellos, Ariel, que llegó a ver prensas y gloria. La misma suerte no tocó a la novela de Plath. Hughes, quien ya había quemado varias páginas del diario de su difunta esposa, reclamó siempre que Double Exposure era un trabajo inconcluso.

En Puerto Rico tenemos nuestras obras perdidas: Walhalla Yankee, novela de Arístides Moll Boscana, y Elegía para Eleanor Rigby, de Manuel Abreu Adorno.

De la primera, no se sabe nada excepto las referencias que se hacen de ella en las historias de la literatura. De la segunda, puedo dar fe que la he visto, la he tocado y la he leído. 

Pronto escribiré sobre ella.

Saberse hoy 15 de octubre, lo primero que resalta en los medios es el reclamo, de América a Asia y de África a Europa, por el respeto a los derechos y por una democracia real, en una protesta global y no violenta, como reclaman los organizadores de la iniciativa política que originara en España el 15 de mayo de 2001, y conocido como el 15M. El llamado “movimiento de los indignados” se esparció eficientemente hasta llegar al corazón del imperio: Wall Street. De ahí el Occupy Wall Street. Y de ahí, Occupy Puerto Rico.

Parecería lo mismo, pero el portavoz del grupo Antonio Reyes, expresó a El Nuevo Día que Occupy Puerto Rico “es una extensión de lo que está ocurriendo en Estados Unidos; sin embargo, el contexto en Puerto Rico es diferente, puede haber denomidadores comunes, pero la forma en que se tomará acción en la Isla será diferente”.
Diferente. No igual. ¿Cuán diferente?

Acaso, me atrofia el rezago. ¿No era la idea un movimiento de pueblo contra la estructura del poder, los bancos y grandes corporaciones que la controlan?



Bueno, pero de las circunstancias políticas y económicas que nos traspasan el pecho, el consenso es casi unánime y los dedos apuntan todos en la misma dirección hacia las prácticas neoliberales del capital de los países que hoy se indignan masivamente.

Por supuesto, en Wall Street ocuparon la calle, porque, como hipónimo de las riquezas del mundo, también ha pasado a ser sinónimo del desastre económico que nos asfixia a inicios del siglo XXI. Es un claro establecimiento de una relación simbiótica donde el capitalismo se ha apoderado de la democracia. Le ha puesto un precio. Pero, en palabras de Naomi Klein, quien atestiguara y documentara en su libro Vallas y Ventanas los eventos precedentes al desequilibrio actual, “uno no puede vender la idea de democracia ni la de libertad”. El 15M intenta recuperar esos dos conceptos, no sustituirlos, por medio de la multiplicidad, la reverberación de un mensaje a través de las demarcaciones geográficas y culturales, que es la aceptación de la diversidad dentro de una unidad. El 15M vislumbra rescatar la democracia y separarla de su sistema parasitario, el capitalismo.

Es error consecuente hablar de uno y pensar en el otro, como caras de una misma moneda.

No obstante, en Puerto Rico hemos fisicalizado nuestra frustración en un solo espacio, que es San Juan, en lo que tal vez sea un eco de aquella construcción colonial que trata a la capital como si fuera todo el país (de ahí salen prejuicios como la distinción entre ser de San Juan y ser “de la isla”, como yo). Hemos vaciado toda la causa de nuestros males en un brevísimo recorrido estriado que demarca la zona conocida como la Milla de Oro.
Los problemas en Puerto Rico tienen mayor extensión que eso. Recorren kilómetros y kilómetros a través de la historia.

El denominar Occupy Puerto Rico a una protesta que se restringe espacialmente descalifica, al menos como nomenclatura, a otras ocupaciones potenciales en los restantes 77 pueblos y ciudades. Y es más: los deja sin voz, de la misma manera que el gobernador se levanta en pseudo-oratoria a hablar por el “pueblo de Puerto Rico”.

¿Por qué no varios “occupy” en lugar de uno? ¿Por qué no Occupy Ponce, que ha sido devastado por el desempleo más que ninguna otra ciudad? ¿Por qué no Occupy Adjuntas, Las Marías o Moca, pueblos casi en bancarrota? ¿Por qué no Occupy Vieques, que a la salida de la Marina le han dejado en el olvido?

La incidente costumbre de homogeneizar la experiencia lleva a imponer una realidad de manera totalitaria y uniforme. Por supuesto, estas cosas no suceden siempre de manera consciente: es como nos han construido y no sabemos pensar de otra manera y hacer las cosas de otro modo.

La desgracia de toda esta ambivalencia, para los puertorriqueños, tiene un origen de signo mayor: el dólar.

Sin él, no ocurre nada en el país; con él, tampoco. La modernidad puertorriqueña se erigió bajo esa moneda y no tenemos otredad de rúbrica sobre la cual medir nuestra debacle y, sobre todo, el alcance de las opciones.

Como soluciones, he escuchado eso de atraer el capital extranjero como primera opción para hacer que nuestro barco tome rumbo (va a la deriva desde Pedreira en los ’30), pero, ¿no es ese el mal del capitalismo globalizador? ¿El futuro de muchos en manos de unos pocos? Además, en Puerto Rico se divisa en dólares, algo muy oneroso para los intereses multinacionales, cuando existe República Dominicana, Costa Rica e India.

La otra ruta es motivar el capital local. Y la pregunta es: ¿Cuál? Si los capitalistas locales defienden sus dólares protegidos por el Federal Deposit Insurance Corporation y atienden un interés interdependiente con poderes económicos del exterior.

Concurrimos, frecuentemente, en confundir la transitoriedad de las fuentes de poder con una metafísica permanente de las necesidades. Es decir, siempre tendremos necesidades, y simplemente vemos la solución en las fuentes de poder presentes. Pero igua se trata que Zizek tenga razón y que tengamos que adscribirnos a la doctrina TINA (There Is No Alternative).

Aún en la protesta del Occupy Puerto Rico, habrá quien venda agua comprada en Walmart, o embotellada por Coca Cola Bottling Company, o importada desde los Alpes suizos. 
Y la compraremos. A dólar la botella. 

Alguien me escribió por Twitter (servido por alguna compañía multinacional de telecomunicaciones) y me dijo: "Esos no son capitalistas; se buscan el peso". 

No, no es el puño; es la mano cerrada. 





Justo frente al frecuentado Centro Comercial de Plaza Carolina, un anuncio comercial dispuesto en un escaparate perteneciente al Municipio de Carolina, reclama mi incomodidad: “Exotic Expo: Porn Star Show, Exhibidores y Mucho Más”.

Porn Star Show. Anunciado en plena avenida como en un tablón de expresión pública, mas, no nos engañemos: no se trata de libertad de expresión; se trata de un anuncio pagado para estar allí, justamente en una de las intersecciones más transitadas de Carolina.

¿No es la pornografía ilegal en Puerto Rico? ¿No es el tráfico de humanos –niños y mujeres en particular–, que se vincula a la pornografía y a la prostitución, uno de los más nefastos negocios en la Isla del Encanto? 


Aquí acaba de ocurrir una de dos cosas: o el Municipio de Carolina ha tomado un paso de vanguardia en el fomento de los valores constitutivos de la cultura puertorriqueña (el cinismo es gratuito), o ha hecho galas de la más hipócrita de las actitudes posibles. 

A lo mejor entramos en un nuevo estado de anarquía del que no me he enterado. ¿Nos quitamos todos la ropa o nos quedamos vestidos? Que me digan, pero que no abran una doble medida, justamente en medio de la crisis social de mayor impacto en la historia de Puerto Rico.

El municipio de Carolina se lucra con anuncios que son impropios y contra natura a la ética y la moral de su reclamada buena gobernanza, mientras pregona a viva voz la creación de un Recinto Cultural para sus ciudadanos y, bajo el mandato de su primer mandatario José Carlos Aponte Dalmau, anuncia que el "respeto" será "el próximo valor humano que destacará en todas las dependencias municipales y que discutirá en las escuelas especializadas que tiene el Gobierno Municipal Autónomo de Carolina, como parte del currículo de valores”.

Entiendo que venderse así es respetar poco a los ciudadanos.

No quede duda: el Municipio de Carolina ha iniciado una revolución cultural, aceptando la pornografía como parte de la idiosincrasia carolinense. O tal vez, en su avaricia, les ha importado un bledo el porn y sus consecuencias. Y voy más allá: ¿habrá boletos de cortesía para el personal administrativo municipal? Porque si no, ¿en que mente reducida cabe la idea de que un organismo ordenador de la ciudad, en una sociedad llamada “de ley y orden”, facilite sus mecanismos para promocionar algo que se supone condenen? ¿Qué es lo próximo? ¿Billboards con "bichotes" anunciando el punto?

Mi argumento, aclaro, no es asunto de puritanismo; mi molestia viene con la hipocrecía.

Si quieren anunciarse, existen otras avenidas y modos de vender pornografía. 


Simplemente, uno no espera que esto suceda en manos del gobierno que se supone fiscalice tales conductas.


Y por eso es que estamos como estamos.


A ver si a la convención de Pedófilos Unidos le venderán un cruzacalles a la entrada del pueblo.


Tomas Tranströmer es un poeta del mundo cuyo trabajo guarda reverencia y respeto por la vida. Contiene dolor. Abraza el amor. La sangre corre de sus heridas entre las que se puede ver el blanco manso en los huesos del poema. La sangre se precipita desde el vientre.

La metáfora en su poesía es un mero instrumento de transformación. La metáfora como vehículo de creación, la última de las historias posibles (Lezama Lima). La metáfora vive en la piel del lenguaje.

«El mar de octubre brilla fríamente/ con las aletas dorsales de los espejismos», dice en “Clima” (Weather). Tranströmer logra en estas líneas traducir la hostilidad del entorno geográfico que predomina en su país, en cuyas costas glaciales aflora una cantidad abrumadora de islas desoladas.

Pero Tranströmer es capaz de extraer filosofía y belleza:

«Me arrastro como garfio por el suelo del mundo- todo lo que captura no es necesario», musita en “Postludium”. «Camino lentamente en mí mismo/ a través de un bosque de vacíos trajes de armadura», culmina.

El “garfio” desplaza a la garra que se arrastra por el fondo del mar en el poema “La canción de amor de Alfred J. Prufrock”: «Debería yo haber sido un par de ásperas garras/ corriendo por el fondo de mares silenciosos.”

Los versos de Tranströmer se instalan en adhesión al precepto de la claridad de imagen, pero  su función no es estética simplemente, sino de evocación de una realidad social y geográfica que se mece entre caminar dormido y un medio despertar, esa noción semi-onírica del claroscuro de la conciencia. El producto final se resume en una poesía de imágenes surrealistas.

Sin embargo, más que verlo con ansiedad y ambivalencia, el mundo de Tranströmer en todo momento es un cultivo de balances, de fuerzas que luchan y postulan una posibilidad de transformación que se hace perceptible en el movimiento del poema.

«Dos verdades se acercan mutuamente, una proviene desde adentro y la otra desde afuera/ donde se encuentran, existe una oportunidad para conocerse mutuamente», dice en “La galería”.

Toda la poesía de Transtromer tiene un linaje ancestral de la que el poeta sueco emerge con nuevas formas y decir revitalizado.

Dos poemarios míos –uno editado como libro electrónico, Ensayo del vuelo (una de las fijaciones de Tranströmer es el acto de volar y su semejanza al vuelo poético) y otro inédito, La arquitectura de la memoria- configuran una especie de estadía por la poesía de Tranströmer, a quien llego gracias a Paul Hoover y a Mark Strand.

Meditativa, simple (sin ser simplista), los poemas de Tranströmer son sumamente placenteros a la lectura.

Y hoy, Tomas Tranströmer acaba de ser distinguido con el Premio Nobel de Literatura de 2011, convirtiéndose en el primer poeta en obtener el reconocimiento desde 1996, cuando le fue concedido a Wislawa Szymborska.

Enhorabuena.


Puerto Rico Indie parece un sueño mío dormido desde los '90 y que hoy es que viene a alcanzarme con su despertar. 

Se trata de un proyecto editorial independiente cuya política persigue el rumbo esas "fuerzas de comodificación" que es la cultura Indie, la cual retiene la perspectiva de la cultura desbancada y desposeída del mainstream habitual. Estos chicos son lo que una vez fui -y lo que, de alguna manera, creo que todavía soy. 

Su misión, como todo lo que tiene un propósito y una razón de existir, es mantener una comunicación abierta con la comunidad artística independiente de Puerto Rico. Aspiran a congregar, en un mismo espacio, el panorama cultural alternativo que va tatuando nuestra experiencia de vida en el siglo XXI, con mayor interés en la música, la tecnología, el cine y demás artes.

En Puerto Rico Indie, cada dos semanas su equipo editorial se “reúne” de manera virtual para discutir algún tema musical, fílmico o de la cultura popular. Le llaman la Mesa Redonda, y esta semana conmemoran el 20mo. aniversario de Nevermind, el segundo disco de estudio de Nirvana, y con el que en Genérika tenemos deudas pendientes. 

Entonces, resulta que para esta sesión de la mesa redonda, fui invitado. Hey, yo quería ser como Bob Dylan, que hace anuncios de Victoria's Secret, pero la invitación no me vino nada mal.

Y no me afeité como por cinco día. Y saqué mi camiseta de Nirvana. Y mi guitarra. Y mis gafas. Y me lo creí todo.

En medio de la mesa, una pizza fría, cervezas, potato chips y otras cosas que no pude reconocer (juro que hasta había un chivo sacrificado allí). Juntos allí, @oniricvonnegut, TweetStar de filos acerados; @reedrothchild, @siredamiano y Miss Purple Highness, @PurpleMixTape, todos escritores de PuertoRicoIndie.com, y, claro, su editor, @rerod. En algún lugar, @elidiolatorre, un servidor.

De lo que allí se habló, lo leen aquí.

A PurpleMixTape, mis cariños por tener la idea malvada de invitarme a colaborar. A Alfredo y su motley crew, cuenten con mi apoyo, gente. 



Un artículo hoy en El Nuevo Día sobre la pobreza en Puerto Rico atrae mi atención de manera particular, dada la pertinencia del tema en estos ampulosos tiempos de estrechez económica y marcada desigualdad social. El escrito viene a propósito del inicio del foro “Hablemos de pobreza”, organizado por Prensa Comunitaria, y en el cual participaron Pedro Santiago, director ejecutivo de Amnistía Internacional en Puerto Rico; Jorge Oyola, líder comunitario de los Filtros en Guaynabo; y Linda Colón, autora del libro “La pobreza en Puerto Rico” y presidenta de la organización que convoca el panel que se celebrará durante todo el mes de octubre. Y al parece, la pobreza es como dios: viene por diversas maneras, pero nunca se considera la pobreza espiritual como elemento de desarraigo social.

La posición de Amnistía Internacional, en voz de Santiago, es que la «pobreza es un asunto de acceso», según expresa, y añade: «Es la capacidad que tenemos como ciudadanos y ciudadanas a tener servicios de excelencia en relación con la salud y a la educación. Es el acceso a una vivienda adecuada, el acceso al trabajo y a la participación y a la justicia”.

Para Oyola, la pobreza es un negocio (aunque no se específica en qué dimensión capitalista) y Colón, más coherentemente, expone que la gente es pobre porque encuentra alguna conveniencia o beneficio (sobre todo, de las ayudas federales y subsidios estatales). Esa mitificación de la realidad, según Colón, atempera el hecho de que la realidad del país permanece oculta.

Si bien ninguno de ellos se equivoca –cada quien habla desde su lugar de enunciación-, ninguno confiere un espacio de potenciamiento a la disminución del reglón de la inmaterialidad, que es donde se cuaja la cultura. Es decir, la pobreza es medida en sus determinantes materiales, y nunca se habla de la otra pobreza: la pobreza de espíritu.

Entramos así, al ámbito de las narrativas, esos constructos ficcionales que pasan a nuestro consciente colectivo con el ánimo de un credo o de una fe, y que están supuestos a ser ciertos por repetición gloriosa. Rara vez se someten al rigor del escrutinio intelectual. Las narrativas, en su función reproductiva, reparan por la ausencia de un sistema de ideas particular a cada individuo.

Como que es mejor repetir que crear.

Y al parecer, no sólo de pan vive el hombre: también vive de historias que se van pasando de boca en boca, de medio en medio, sin la más mínima noción de duda o reto, que es el problema que expresa Colón. Esa «mitificación» de la realidad nos percude todo el tiempo y nosotros, más que retraernos de la repetición vana, nos hacemos repetición misma.

Un ejemplo claro y consecuente de nuestra complicidad afecta el renglón de la educación. Cierto es que un país sin educación es un país vacío, mas no advertimos que en el sistema de educación en Puerto Rico, que es dominado por la educación pública, también opera un robustecido sector de educación privada. Es decir, la narrativa que todos repetimos –o sea, el de «la educación es un desastre en Puerto Rico», para que no ser más específica. Como, por ejemplo, decir: «La educación pública es un desastre en Puerto Rico», en cuyo caso incurrimos en un ligero patrón de clasismo y privilegiamos entonces a la educación privada. Por tanto, nos supera la idea de que las escuelas y colegios privados, las que padres como yo financiamos para «beneficio» de nuestros hijos, no es parte del problema.

Esto, de algún modo, causa desvelos, pues todas las escuelas en Puerto Rico –públicas y privadas– parten de las mismas matrices curriculares que propone el Departamento de Educación. 

¿Cómo es posible que la educación pagada rinda mejores frutos que la enseñanza pública? 

No he escuchado a nadie abordar la respuesta a la pregunta, pero me parece claro que la educación en Puerto Rico no goza de uniformidad o igualdad de oportunidades, y sus niños no fueron todos creados iguales. 

El silogismo trabaja de esta manera: si tengo dinero, pago educación privada y por tanto tendré éxito; ahora, si no tengo dinero, todo lo contrario ocurre.

El resultado del ciclo es que menos gente tenga posibilidades reales de éxito social, porque el sistema público está diseñado para ahondar en las desventajas, no para equalizarlas. 

De ahí que el desasosiego y la desesperanza tengan preponderancia en nuestro estado espiritual, aunque el Gran Combo intente instalarnos en el discurso de la esperanza.

Una ausencia también es una presencia. Igualmente, lo que se omite se resalta en el silencio y el vacío. Y de lo que sí se dice, nos llega otro tipo de violencia, que es la verbal, con la que construimos nuestra realidad, sí, pero también la destruimos.

La injusticia es acrescente cuando ponemos toda la culpa en la educación pública, que es como decir que la crisis es culpa de los pobres. Entonces, se transfiere el valor de victimarios a quienes en realidad son las víctimas de la inequidad y la desigualdad. Las inequidades para los logros se perpetúan en nuestra manera de hablar sin cuestionar. 

Y aquí, el gemelo fraterno de la pobreza de espíritu, que es la pobreza intelectual.

Por eso, el acceso a techo bajo el cual dormir, el trabajo, la participación y la justicia de las que habla Santiago, sólo son posibles bajo una eficiente formación educativa de pensamiento crítico.

Estas ideas llegan a la claridad de la mente solamente cuando hay oportunidades de verlas, que no sucede de manera espontánea ni natural. Y no tiene forma palpable alguna que la de la palabra misma.

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