La revista cibernética About.com en Español publica en su edición de hoy martes 22 de noviembre de 2011 una entrevista con Marcela Álvarez, la cual surgió tras la reseña de mi novela Correr tras el viento: nirvana de chocolate,un violín y una mujer, y su acogida en el mercado Hispano de los Estados Unidos, en particular como libro electrónico.

Correr tras el viento es un thriller atrapante donde se cruzan el amor, el hurto de arte y los chocolates, dice Marcela como parte de la introducción a la entrevista en la que hablamos de Berna, mis lecturas favoritas, mi panteísmo escriturario y otras cosas de mi mundo, que ha pasado a ser un reino de lo privado que pueden fisgonear en Twitter

(So much for privacy, right).

El enlace lo encuentran si pulsan aquí para acceder a AboutLibros (@AboutLibros).




El Nuevo Día publica, en su edición de hoy, un escrito atrevido y necesario proveniente de la pluma de Ana Teresa Toro (@Altisidora), titulado “Ser puertorriqueño hoy”, el cual indaga sobre algunas opiniones en torno al tema de la identidad en el siglo XXI. El psicoanalista Alfredo Carrillo, el critico cultural Juan Flores y la escritora Giannina Braschi expresan su sentir sobre las cambiantes fluctuaciones que se entrelazan en el conglomerado de constructos que llamamos cultura.

“Vivimos en la era donde las palabras cultura e identidad ya no funcionan en singular, hablamos de culturas e identidades”, comenta con acierto Ana Teresa.

Y es verdad. Los que siguen mi cuenta de Twitter y/o vienen a menudo por la región virtual de Genérika, habrán escuchado mi mantra: Puerto Rico es un país multicultural. De ello, no queda mejor referencia crónica que el fabuloso ensayo “Caribeños” de Edgardo Rodríguez Juliá. O la entrada suscrita en enero de 2011 en este blog, titulada Mono, bi,multi: los prefijos nefastos de la cultura

En el artículo de Ana Teresa Toro, Carrasquillo expresa que “hay dos grandes tradiciones: está la esencialista que parte de la idea de que lo que somos está definido a partir de los orígenes, esa teoría del ‘osterizer’ de Ricardo Alegría que habla de la mezcla de indio, africano y español y establece que eso hemos sido y eso seremos”. Y añade: “Entonces está el otro enfoque, con el que yo simpatizo, que establece que la identidad cultural es dinámica. Lo que define quiénes somos son nuestras prácticas, cómo comemos, cómo bailamos, cómo hacemos el amor”.

Queda entendido, por tanto, que en el siglo XXI, los puertorriqueños producimos y consumimos la idea de cultura de manera distinta a la narrativa del siglo XX que, a manera de transposición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos ha impuesto una trilogía racial como carné de identidad. Más quedan excluidos los corsos, italianos, franceses del siglo XIX, y las oleadas de venezolanos, dominicanos, irlandeses, mexicanos, cubanos, entre otros, del siglo XX. Emilio S. Belaval, más que Pedreira, es quien probablemente mejor ojo ha tenido para el reconocimiento de nuestra multiplicidad identataria.

“La cultura se basa en la práctica social no en la sangre”, dice a la periodista el escritor y experto en el tema, Juan Flores. “Las culturas donde más se observan prejuicios son las que se construyen a base de la biología… una cultura que no está en movimiento, está muerta”.

Y es que la cultura, como el lenguaje y la identidad, no es natural. No se hereda. No se transmite de gene a gene como, digamos, los rasgos físicos, los cuales incluso, como sabemos, están expuestos a alteraciones y cruces en la cadena del ADN.

Es evidente que no somos una sola cosa. Como la historia, que para Flores es la base de la cultura, nos limitamos a lo que nos cuentan, lo que nos narran y mitifican. Solemos ser lo que nos dicen que somos.

Para la autora puertorriqueña Giannina Braschi, este tema es recurrente porque sencillamente “no hemos nacido como país”.
Pero dado a que, precisamente, me encuentro desarrollando un escrito sobre el tema, a las opiniones expertas, quisiera añadir un punto de confluencia y a la vez de expansión del tema, y es la suma de los medios sociales a la manera en que manifestamos nuestra idiosincrasia. Presentado con convicción por Henri Jenkins en Convergence Culture, la emancipación de las esferas públicas a través de los medios sociales en internet provee una nueva dimensión para el desarrollo de identidades y, como dicta el título de su libro, de convergencias culturales.

En el ciberespacio escribimos desde un topos particular: desde la amplitud de lo virtual. Nos enlazamos con otros pensamientos, nos afectamos mutuamente, nos vestimos de personalidades que les llamo “avatáricas”,  coaccionamos con otras esferas culturales en un mundo que inefablemente se disuelve a la vez que se ensancha.

Trending Topics, Facebook Status, chats cibernéticos: todo apunta a que nuestra esfera de experiencia, ese marco referencial donde se construye la cultura, es un universo en constante expansión.

Por supuesto, no se trata de homogeneizar la experiencia, como se nos ha enseñado durante la modernidad, sino de hacer más inclusiva y aditiva nuestra formación como sujetos culturales. Es un asunto de sumas, más que de restas.

Imagen: "Endangered ACulture", de Peter Leo Ella


En su ensayo “Culture and Finance Capital”, el pensador estadounidense Fredric Jameson rastrea la genealogía de los procesos económicos capitalistas como influencia sobre el nuevo orden de producciones culturales. Jameson simplifica la premisa: desea establecer conexiones directas o indirectas entre el arte y las circunstancias histórico-económicas bajo las cuales se suscribe la creación y recepción artística. 

De acuerdo con Jameson, el dinero se ha convertido un ente en sí mismo. El sistema adquiere su propia lógica capitalista que se desposee de todo sistema capitalista antecedente. Esto es posible gracias a la llegada de la “revolución” cibernética, en la cual se intensifican las comunicaciones tecnológicas a través de las cuales las transacciones financieras han transgredido las disposiciones de tiempo y espacio y pueden extenderse libremente por el ciberespacio. 

El capital, en estos términos, se transforma en abstracción. 

Transferencias bancarias electrónicas, depósito directo, pago con tarjetas de crédito y de débito y las compras por Internet, entre otros hábitos de nuestra cotidianidad, no han hecho otra cosa que desposeernos del contacto con nuestra remuneración inmediata por el trabajo. Sencillamente, nunca vemos o tocamos el capital. Las transacciones se ejecutan en base de equivalencias, no de objetos físicos, como, digamos, una moneda de intercambio. Ese es el problema.

Una vez hizo falta el dinero para generar más dinero. Luego, ese dinero fue utilizado para obtener capital. Hoy día, se articulan nuevos asomos de otra etapa de abstracción: se genera capital para obtner más capital. Se trata, en efecto, del capital financiero de la sociedad globalizada, las abstracciones legadas cortesía de la era cibernética, tal como comentado anteriormente.

Las teorías sobre el capitalismo se ven forzadas a entrar en un nuevo dominio para expandirse hacia la producción cultural. La economía global se beneficiará de lo que Occidente llama las Nuevas Políticas de Diferencia, debido a la intervención de una pluralidad de culturas que hace imposible un acercamiento multiétnico y ecuménico, una postura totalmente predecible desde la llegada de la Internet y otros medios de la comunicación cibernética.

Así, Jameson establece una dialéctica entre lo cultural y lo económico, en lo cual todo lo uno es lo otro, y viceversa, hasta convertirse en simbiontes de una proyección ulterior, que es lo social.

Lo que permanece como eje central a toda la discusión para Jameson es el papel del dinero en la producción cultural. “Desde Hobbes hasta Locke”, dice Jameson, “todo el mundo ha identificado, mucho mejor de lo que lo hemos hecho nosotros, al dinero como novedad central, misterio central, en el corazón de la transición hacia la modernidad”. Dicha tradición ha sido continuada en los análisis marxistas de la cultura, acercamientos en donde el concepto del dinero se radica más como categoría de lo social que de lo económico.

Para la sociedad burguesa del siglo XIX, la emergencia de un nuevo valor de intercambio estimó un nuevo interés en las propiedades físicas de los objetos, o su equivalencia en dinero. Esto conllevó un nuevo interés en el cuerpo del mundo y las relaciones humanas desarrolladas a través del comercio. Las relaciones entre comerciantes y consumidores supuso “un interés más agudo en la naturaleza sensorial, al igual que en los rasgos psicológicos y caracterológicos, de sus respectivos interlocutores, lo que está supuesto a desarrollar nuevos tipos de percepción tanto física como social –nuevas maneras de ver, nuevos modos de conducta– y a la larga crean condiciones en las cuales formas más realistas de arte no sólo son posibles, sino que también deseables y propiciadas por sus nuevos públicos”.

El dinero, sin embargo, no constituye un lenguaje o una dimensión referencial, pero ese es justamente el juego del capital financiero, que, contrario a depender del consumo y producción, constituye un sistema hermético, interno, carente de referentes externos. En esto, el capital financiero se asemeja a la etapa posterior a la modernidad: sugiere una nueva dimensión cultural independiente del mundo que la precedía, no porque se haya separado de él, sino porque lo ha conquistado, lo ha absorbido, lo ha colonizado. 

Por tanto, la manera en que nos relacionamos con el dinero tendrá un efecto necesario e inevitable en la forma que producimos la cultura.

Dada la concesión de la nueva abstracción del capital financiero, surge una nueva y más abstrusa manera de pensar y percibir, radicalmente opuesta al mundo de los objetos del sistema mercantil. La manera en que vemos la realidad, y la representamos, cambia: nos vemos vaciados en medios cibernéticos donde nuestra propia personalidad es una abstracción, como lo son los medios sociales de Twitter y Facebook. 

Si la abstracción del dinero ha impactado nuestro ámbito cultural, hemos de aceptar que la tecnología, como extensión de dicha tensión, ha transformado nuestro campo de producción cultural.  

Foto: de Next Nature.net


Anoche se celebró la presentación de la antología de poesía Saterías, compilada por el Taller de Poesía del Programa de Estudios Interdisciplinarios en la UPR. Ante una oncurrida Librería Mágica en Río Piedras -gracias a Luis y a Arnaldo por recibirnos-, la presentación contó con la participación de la mayoría de los estudiantes que aparecen en la antología. La Dra. Zayra Rivera, profesora y amiga, se encargó de las palabras preliminares. Una breve introducción a la antología fue mi aportación a la velada. He aquí el texto de lo que leí.


¿De qué va uno a escribir?: Toma 1

Una vez conocí a Arturo Pérez Reverte y quien era mi jefe para entonces, Miguel Tapia, me presentó como escritor. Contaba yo entonces con 30 años de edad, un peso liviano aún, pero que provocaba incredulidad, pues, según me dijo el novelista español, yo parecía de 25. Esto, a los 30 años, no es un halago. A los 30 uno quiere parecer de 30. De todos modos, esto no fue tan descorazonador como el momento en que Pérez Reverte me dijo: “¿Y eres escritor? ¿Pero de qué va uno escribir a los 30 años?”

Después de eso, terminé un poemario, un libro de cuentos y una novela, aunque no en la misma noche.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 2

El doctor Lowell Fiet tuvo la idea de asignarme el Taller de Poesía 3236 del Programa de Estudios Interdisciplinarios de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, una tarea que dentro de aquellos tiempos me pareció más que un ofrecimiento, una necesidad. Es la poesía ese medio por el cual los seres humanos intentamos mediar con la realidad circundante y explicarnos la existencia. Mas, mitos aparte, la poesía es una significación de nuestra existencia inmaterial.

Unos 18 estudiantes, incluyendo dos que se prestaron como oyentes, poblaron el taller en tiempos turbulentos en el recinto. Como es de esperarse en una población tan rica y diversa como la que conformaron los miembros del taller, para algunos era su primera experiencia directa y formal con la construcción de textos poéticos; incluso, para otros, sus primeros poemas en español; en el mejor de los casos, el taller constituyó una reestructuración y redefinición de un trabajo poético que venía desarrollándose previamente a su participación en el taller.

Aunque no era mi primer taller de poesía como profesor, sí era el primero para un público cuyas edades flotaban entre los 18 y 20 años de edad.

¿Y de qué va uno a escribir a sus 20 años?

¿De qué va uno a escribir?: Toma 3

Saterías surge en medio de la inquietante experiencia de estos escritores en tiempos de turbulencia huelgaria. Para muchos, estoy seguro, una realidad fragmentada, inconexa, mayor que la propia suma de sus partes. La poesía surgió como geografía común para aquellos que nos dimos a la tarea de dar forma a lo que es nos precede como un orden caótico, que es mi definición de lo que hace un poeta: un humano que trabaja con elementos previamente dados, que es el lenguaje, para crear sentido y belleza, si tan sólo es un sinsentido feísta. En cualquier caso, arte.

Todos los poemas contenidos en la antología, luego de sus pertinentes marronazos, se escribieron en el taller. Los textos y portada de Saterías fueron seleccionados y ordenados por los participantes, con la colaboración primordial de Alexis Rojas, cuya labor hizo todo más llevadero. Saterías es una publicación autogestada para beneficiar otras futuras publicaciones en otros talleres del PREI.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 4

Iván Acosta dos Santos, cuyo proyecto poético reside en la palabra como juego y en habitar ese dominio gemelo de la poesía, que es la filosofía. 
Iván es un “palabrador”, calificativo que da título a uno de sus poemas. 

Medic Molina es antropomórfico y en sus poemas se convierte en una laptop, adolece la pérdida de su lápiz y termina renaciendo en poema. 

Joan Mendoza es la voz de la vanguardia comprometida, como se desprende de su poema “Encapuchados”.

Braina Laviena es la “Pecadificada” y le da voz a una otredad anoréxica. 

Melissa Portell es la viajera con una flor tecnicolor, entre Grecia y la sopa de estrellas.

Alexis Rojas es el poeta que se queda sin semillas para su método, imaginista e intertextual que recurre a la memoria poética para dar continuidad a ese gran poema del que todos somos partes.

Valerie Mercado es verbo y sombra encadenada al Libro del Buen Amor.

Leisha Gúzman condena el estancamiento cerebral y sin rumbo de los ojos color esperanza del personaje Ginny Weasly, préstamo de las novelas de Harry Potter.

Ima Ríos es la poeta pitonisa, voz profética, ancestral, como si viniera desde un siempre.

Valeria Concepción es la poeta del color de la inestabilidad entre vernarterias y secretos.

Sergio García Currás es el incontenible poeta cerebral, articulado y en dominio del verso largo.

Francheska Quiñones es su anverso: poeta minimalista, económica, del decir más con menos.

Maité Plaza es dada a las formas, a resaltar la relación de las palabras y sus sonidos, en una búsqueda de sentido estético.

Zully Roa Peguero construye su poética en la mejor tradición de la poesía oral, coloquial y de vanguardia latinoamericana.

Izamar Rivera rompe el lenguaje, lo pega, lo rehace y postula una nueva manera de nombrar la realidad.

Y Yara Larí es la dadaísta con daga que nos insta a odiar el ruido para dejar que suene el poema.

¿De qué va uno a escribir?: Toma 4

Probablemente, dada su limitada circulación, nadie va a arrepentirse de aquí a cinco años. Y apesar del modesto esfuerzo, Saterías es coqueta, callejera y errabunda. Nada la contiene y se contiene en todo. Desde el performance y la poesía fónica hasta la poesía fractal y la tradicional, los poemas contenidos en esta colección son casi holográficos: se estructuran lumínicamente en el espacio. En fin, Saterías es polipoesía e hibridez, un buen pretexto para reformular estéticas y posibilidades de una poética en redefinición.

Y, entonces...

¿De qué va uno a escribir?: Toma 5

Toma seis.
Toma siete, si quieres.
Toma cautela.
Toma té.
Toma tela.
Toma corriente
Toma dura.
Toma Hawk.
Toma poesía.
Toma vida.


De eso uno escribe.

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