Casa tomada: la moral revertida



Nota: El video que daba pie a esta anotación fue removido por sus creadores, lo que comprueba, nuevamente, los planteamientos vertidos en mi escrito.

El video se asemeja a una escena de The Blair Witch Project. La cámara –en manos de Sariely Rivera Santiago, la narradora focalizadora- recoge las escenas de una modesta despedida de año entre amigos que de pronto se encuentran rehenes de una balacera. Los rostros van desde el miedo hasta el estoicismo, mientras la filmación transcurre mientras apenas faltaban cinco minutos para recibir el nuevo año 2012. Lo intrigante del video es que el signo semiótico de mayor impacto no se registra en el campo visual, sino que recurre en el sonido del vídeo: las ráfagas invisibles, pero presentes, que se disparaban en las inmediaciones de la residencia donde transcurre la escena.


Lo que vemos cobra tenebrosidad en tanto lo escuchado.

Afuera, en el espacio público, unos gatilleros anónimos (se reconoce, por el overlapping de las ristras, que es más de uno), dispara sin condición de respeto por la ciudadanía; adentro, en el espacio privado, ni el encierro ampara la sensación de seguridad.

Es la mejor representación del presente estado de desarticulación social que vive Puerto Rico, porque es una apuesta al desorden. En efecto, si bien el orden es jerarquía y distribución, el desorden es alterar lo prevaleciente.

Este es el país que todos hemos construido.

Y hasta aquí llegamos tras varias campañas de concienciación y servicio público que comenzaron hacia fines del año, articulando slogans, atropellando sintaxis y recurriendo a los principales medios de comunicación del país para hacer llegar un mensaje común: el cese de los disparos de bala al aire raso.

Y como la amnesia de Hermes (el dios mensajero), las palabras se desvanecieron en el aire.

En una entrada anterior, Violencia, miedo y arte, ya yo había expuesto que las palabras habían perdido su sentido efectivo. Y una vez más, el vídeo evidencia quién posee el verdadero control de nuestra vida pública e íntima.

La razón es menos obvia de lo que parecería, porque conlleva atravesar la cultura, no arroparse con ella, para entender que se trata de un disloque absoluto de los conceptos de moral y ética ciudadana. Se trata de que experimentamos una colisión de fuerzas en un país donde los proyectos de formación y educación ciudadana yacen estériles ante sectores dominados por la satisfacción inmediata y su facilitador principal, que es el narcotráfico, abriendo así una ventana de igualdad social para aquellos que aspiran al ideal de felicidad que la Constitución de los Estados Unidos, en su poder colonizador, les prometió pero no cumplió, como “derecho inalienable”.

No, no todos los hombres son iguales.

Y hay mucha rabia.

En primera instancia, todos aquellos que nos hemos indignado ante la situación de anarquía en el país, tranzamos el juicio en base a los conceptos de moral y ética que hemos entendido como buenos y aceptables para el bien general. Mas, ¿acaso carecerán de moral estos gatilleros, estos instigadores del caos y el temor? Y en todo caso, ¿acaso nuestro bien no cuesta la infelicidad de otros?

Se trata, absolutamente, de una nueva reversión de valores en la que el mundo de los narco-gatilleros ha pasado a representarse como valoración de un micro-mundo: son otros principios, otras reglas, otros fines los que prevalecen con arraigo tan probadamente sólido como lo es la ley del silencio: nadie nunca sabe o ve nada.
Delatar es traicionar. La traición, entonces, se recalibra en una nueva escala, pero persiste como un valor incorruptible. Y esto es sólo un nimio ejemplo.

No queda duda que no hay tal cosa como valores naturales, porque nada precede a la corruptibilidad del lenguaje, que es el medio de mediar con la realidad; mas nunca es la realidad misma. Todo es metáfora. Por tanto, por moral, que es la conciencia que tiene una persona en torno al alcance de sus actos, es cambiante y arbitraria.
La perspectiva de lo que es maldad queda de parte del que objetiva u observa.

Para los ciudadanos de este sub-mundo, lo que constituye el bien de ellos representa nuestro padecimiento y sufrimiento, un principio explorado por William Blake en El matrimonio entre el cielo y la tierra: la lucha entre la Razón y el Deseo.

El necio no ve el mismo árbol que el sabio, dijo Blake, si tan solo para hacernos preguntar: ¿Quién es el necio? ¿Quién el sabio? ¿Quién enuncia y desde que postura?

Habrá tantas morales como ciudadanos y comunidades, pero sólo una puede imponerse. Esta situación es una irónicamente equívoca relación con la cultura que los crea, los condiciona y los forma. Y el peligro vivo en esta situación es que, siendo la cultura un ente activo, se encuentra en proceso de adhesión de otros valores que no necesariamente aceptamos como válidos, pero no por eso se precisa su inexistencia. Lo contrario a esto es establecer que la cultura del narco y sus comunidades (imaginadas o no) no son parte de nuestra cultura, y volvemos al inicio de la rueda: la propuesta de exclusión y selección donde unos serán mejores que otros. Y al final, Puerto Rico no es, no fue, no será una sola cosa.

Ya lo dijo Frost: dos caminos divergen en el bosque…

La alegría fecunda, pero el dolor da a luz.


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