Melancholia: poema del fin del mundo



El filme danza en un compás de imágenes exuberantes, un lenguaje casi estático que habla de la tristeza en su relatividad espesa, de la frustración reposada en la inevitabilidad, de un final que se acerca con toda la belleza de su horror. La música es más que apropiada: el “Trista und Isolde” de Richard Wagner, que compuso su drama musical impulsado por un desencanto personal y la filosofía de Schopenhauer, para quien la vida –como la concibe el budismo- era sufrimiento. El destino es amargo, intuimos según progresan las imágenes. La vida es dolor. Las protagonistas –Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg) se representan como víctimas de su voluntad.

Un planeta se dirige hacia la tierra. La muerte.
Lo que vemos es un preludio. Lo que vemos es el fin.

Melancholia, visión y dirección de Lars von Trier, es un poema cinematográfico, una pieza para ser apreciada en sí misma, indistintamente si aceptamos el hecho especulativo de un planeta errabundo que se acerca para destruir el nuestro o si lo tomamos como tonalidad metafórica.

Luego del preludio, el filme se divide en dos partes: “Justine” y “Claire”. Las ironías y las contraposiciones no son gratuitas: la primera parte comienza con la boda de Justine –celebración de la vida- y culmina en desastre; la segunda parte comienza con la esperanza que provee la negación de John (Kieffer Sutherland), quien ante la incertidumbre que agobia a su esposa, Claire, propone la certeza científica, y colapsa contra la gran verdad existencial: nunca lograremos conocer por completo la manera en que operan las fuerzas del universo.

Así, de primer ángulo, Melancholia es un filme del fin del mundo, del desastre, y de esos conocemos con el habitual desenlace heroico que reafirmará nuestra fe en la potencialidad de los humanos para superar su destino. Del variado catálogo, podemos mencionar Deep Impact, Armageddon y Meteor, que son, al final, narrativas confeccionadas para armonizar políticas exteriores desde el centro de mando que es Hollywood. Melancholia no nos engaña. No hay súper héroe ni mesías que nos rescate. Carece del final feliz.

Egoísmo, odio, traición, desencanto y depresión recorren por los personajes que se muestran enajenados de su desenlace.

Ante este destino trágico, ¿qué fundamenta la vida humana? La única contestación posible carece de explicación científica, y es que los seres humanos tenemos que vivir en relación con nuestro ambiente, que la vida es limitada y que la muerte es la única certeza. El ser humano se representa frágil. Confuso. Complicado. Como en la filosofía de Søren Kierkegaard, la subjetividad sostiene mayor preponderancia sobre la ciencia, en tanto la mente humana jamás podrá ser alcanzada por la ciencia objetiva. En ese sentido, la melancolía supone un reflejo del misterio de la interioridad del sujeto.    

En Anatomía de la melancolía (1517), Robert Burton ensaya el primer diagnóstico de lo que reconocemos hoy día como depresión severa. “La melancolía es el carácter de la mortalidad”, dice el autor. Para Sigmund Freud, que disertó sobre el tema, es un efecto de la pérdida. Por tanto, a medida que avanzamos más en el tiempo, mayor es la suma de nuestras pérdidas.

Stürm und drüng. Pietismo. Romanticismo alemán.

Para reponer las pérdidas, los humanos inventamos la poesía y las metáforas, dice Lezama Lima.

Melancholia es un poema.

En la escena final, ante el temor manifiesto por el hijo de Claire, Justine simula un juego con su sobrino y le promete construir una caverna, la cual erige, a manera de fuerte, con troncos de árboles. Cierra los ojos, le dice Justine, cuya depresión personal la inhibe de perder control. Claire llora. Melancholia, el planeta, llega y destruye la tierra.

Al final, perder la inocencia es comenzar a morir. 


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