La cultura avanza más como un espacio permeable y menos como un ente estático, algo que podemos aludir de maneras tan diversas como sujetos haya. En el imaginario puertorriqueño comenzamos a idearnos que ser puertorriqueño es ser un lugar múltiple, nunca una sola cosa. De ahí que lo que tengan que contar aquellos boricuas fuera del contorno geográfico tendría que ser validado como una extensión de la cultura puertorriqueña, pero no por esto libre de conflictos, ironías y contradicciones.

Así, el Seminario de Estudios Hispánicos Federico de Onís de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, invita al conversatorio “La palabra y su creación”, con la escritora puertorriqueña Esmeralda Santiago, en una actividad a celebrarse el miércoles 8 de febrero de 2012 a las 2:00 PM en la Sala Jorge Enjuto (Sala A) de la Facultad de Humanidades en dicho recinto.

Las moderadoras de la actividad serán la doctora Zaira Rivera, del Departamento de Estudios Hispánicos, y la doctora Carmen Haydée Rivera, del Departamento de Inglés.

Esmeralda Santiago es autora de Cuando era puertorriqueña, El sueño de América y, más recientemente, Conquistadora. Sus trabajos han sido fundamentales para el estudio y entendimiento de la presencia puertorriqueña en los Estados Unidos, país al que se trasladó en 1961. La charla tendrá como fundamento el proceso creativo de la escritora en sus trabajos de narrativa, partiendo de la experiencia del puertorriqueño que sale de su país para enfrentar nuevas experiencias de vida.

Cultura en transición o transculturización, siempre es un asunto de hibridad.

Será una buena charla. Quedan todos invitados. Es libre de costo.



Una polémica de doble filo ha surgido recientemente entre el escritor estadounidense Paul Auster (Ciudad de cristal e Invisible) y el Primer Ministro de Turquía Tayyip Erdogan cuando el primero rehusó visitar el país euroasiático que, según el reclamo de Auster, carece de libertad de expresión y mantiene encarcelados a varios escritores y periodistas. El Primer Ministro respondió a las manifestaciones de Auster arguyendo que éste es un “ignorante”.

Uno de los puntos más contenciosos entre los países libres es el llamado derecho a la libre expresión cuando éste es tomado en alta estima. Ahora, ciertamente el derecho de un individuo a expresarse libremente es un valor que se atesora de manera más consecuente en su relación dentro de un sistema amplio de otros valores, que no sólo lo validan, sino que también lo limitan. Es dentro de esta concepción de la libre expresión que el filósofo Stanley Fish considera que tal derecho no existe, puesto que el reclamo queda reducido a una realidad: la libertad de expresión tiene fronteras.

Pero Auster, quien celebra el fin de la era de Bush y que piensa que Dick Cheney debe ser enjuiciado por crímenes de guerra, dice que no visita países que carezcan de libertades democráticas. 

El Gobierno de Ankara reclama que los prisioneros han sido enjuiciados por asesinatos, acosos o por haber participado en conspiraciones contra el Ejecutivo y no por sus escritos. 

«Por lo menos en Israel hay libertad de expression», fustiga Auster. 

«¿A quién le importa Paul Auster? Como si lo necesitaramos», descarga Erdogan. 

Algo queda claro: ninguna sociedad sobre el tejido de la historia ha sido enteramente libre en su derecho a la expresión, puesto que el mismo, como opina Fish, no es valor autónomo, sino político. Así, hemos atestiguado la intolerancia del gobierno de los Estados Unidos ante las manifestaciones del Occupy Wall Street, las políticas de censura que han implementado los foros sociales como Facebook y Twitter, o las intenciones perseverantes de maniobrar una política del control de acceso a Internet. 

«Todos los países son deficientes y están acosados por miríadas de problemas, mi querido señor primer ministro, incluyendo mis Estados Unidos y Turquía», ataca Auster. «Y es mi firme convicción que, para mejorar las condiciones de vida en esos países, la libertad de expresión y de publicación sin censura o amenaza de encarcelamiento sean un derecho sagrado para todos los hombres y mujeres", concluyó.

En fin, la libertad de expresión bien pudiera ser una ilusión léxica, un supuesto ambiguo en el desarrollo en la confección de mitos y narrativas sociales. Pero sobre todo, es, incluso, un vehículo de la subjetividad. 

Por tanto, no hay una sola libertad de expresión, sino modos de interpretarla, algo que en Puerto Rico no acabamos de aprender.


Siempre he comentado que ciertos personajes poseen la posibilidad caníbal de devorarse a su autor. De aquí que, en nuestros estantes, mesas de noche y esquineros, todos tenemos un Quijote, quizá hasta acompañado por Sancho, pero pocos exhiben un busto de Cervantes. El Quijote ya tiene dimensiones de vida propia, como lo tienen Romeo y Julieta en la ciudad de Verona, o, según hemos visto recientemente, Sherlock Holmes y su flamante sidekick Watson. Sin embargo, pocas veces el autor es tanto su propia ficción sin serlo, como es el caso de Edgar Allan Poe.

Las devastaciones están ahí: abandonado por el padre, huérfano de madre a los 2 años, vida en hogares adoptivos, alcoholismo precoz, soldado por necesidad y escritor rechazado. Casado con su prima de 13 años, cuando él tenía 27, ahora Poe llega como héroe al celuloide en la película The Raven, título de uno de los más logrados poemas de la historia de la literatura y que responde a su autoría.

La trama se asemeja a (¿parte de?) la trama de la novela The Poet, de Michael  Connelly, donde un asesino en serie utiliza los poemas de Poe para dejar pistas de su próximas ejecuciones. En The Raven, un asesino comienza a calcar las historias de Poe para cometer sus crímenes, provocando que sea el propio Poe (encarnado por John Cusack) el primer sospechoso de los asesinatos.

Poe siempre fue un escritor subestimado por sus coetáneos. Vivió atormentado por los fantasmas de su pasado y encallado en dependencias químicas y emocionales que le llevaron a su muerte a los 40 años, en pleno apogeo creativo. No es hasta que Charles Baudiliere traduce parte de su obra al francés que Poe comienza a cobrar vuelo entre los franceses, dando inspiración tanto a parnasianos como a simbolistas, de donde llegó hasta Rubén Darío para alentar los primeros vientos del modernismo.

Y del modernismo salimos todos, de algún modo. 

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