Auster vs Erdogan: el debate por la libertad de expresión



Una polémica de doble filo ha surgido recientemente entre el escritor estadounidense Paul Auster (Ciudad de cristal e Invisible) y el Primer Ministro de Turquía Tayyip Erdogan cuando el primero rehusó visitar el país euroasiático que, según el reclamo de Auster, carece de libertad de expresión y mantiene encarcelados a varios escritores y periodistas. El Primer Ministro respondió a las manifestaciones de Auster arguyendo que éste es un “ignorante”.

Uno de los puntos más contenciosos entre los países libres es el llamado derecho a la libre expresión cuando éste es tomado en alta estima. Ahora, ciertamente el derecho de un individuo a expresarse libremente es un valor que se atesora de manera más consecuente en su relación dentro de un sistema amplio de otros valores, que no sólo lo validan, sino que también lo limitan. Es dentro de esta concepción de la libre expresión que el filósofo Stanley Fish considera que tal derecho no existe, puesto que el reclamo queda reducido a una realidad: la libertad de expresión tiene fronteras.

Pero Auster, quien celebra el fin de la era de Bush y que piensa que Dick Cheney debe ser enjuiciado por crímenes de guerra, dice que no visita países que carezcan de libertades democráticas. 

El Gobierno de Ankara reclama que los prisioneros han sido enjuiciados por asesinatos, acosos o por haber participado en conspiraciones contra el Ejecutivo y no por sus escritos. 

«Por lo menos en Israel hay libertad de expression», fustiga Auster. 

«¿A quién le importa Paul Auster? Como si lo necesitaramos», descarga Erdogan. 

Algo queda claro: ninguna sociedad sobre el tejido de la historia ha sido enteramente libre en su derecho a la expresión, puesto que el mismo, como opina Fish, no es valor autónomo, sino político. Así, hemos atestiguado la intolerancia del gobierno de los Estados Unidos ante las manifestaciones del Occupy Wall Street, las políticas de censura que han implementado los foros sociales como Facebook y Twitter, o las intenciones perseverantes de maniobrar una política del control de acceso a Internet. 

«Todos los países son deficientes y están acosados por miríadas de problemas, mi querido señor primer ministro, incluyendo mis Estados Unidos y Turquía», ataca Auster. «Y es mi firme convicción que, para mejorar las condiciones de vida en esos países, la libertad de expresión y de publicación sin censura o amenaza de encarcelamiento sean un derecho sagrado para todos los hombres y mujeres", concluyó.

En fin, la libertad de expresión bien pudiera ser una ilusión léxica, un supuesto ambiguo en el desarrollo en la confección de mitos y narrativas sociales. Pero sobre todo, es, incluso, un vehículo de la subjetividad. 

Por tanto, no hay una sola libertad de expresión, sino modos de interpretarla, algo que en Puerto Rico no acabamos de aprender.


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