De todas las novelas perdidas de la literatura puertorriqueña, una de las mejores logradas es Los derrotados, de César Andreu Iglesias (1915-1976), trabajo premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña como la mejor obra de 1956. Como apuntó en su momento el cubano José Sánchez-Boudy, en su libro Las novelas de César Andreu Iglesias y la problemática puertorriqueña actual (1968), en Los derrotados destaca un estilo vigoroso, pues “se trata de una prosa bronca. Sin adornos. Directa al meollo del tema que se trata”.

Ponceño de nacimiento, Andreu Iglesias se desarrolló como figura vital del periodismo puertorriqueño. Fue uno de los fundadores del Partido Independentista Puertorriqueño en 1946 y co-fundador del periódico Claridad, junto a Juan Mari Bras. Como novelista, Los derrotados (1956) constituye su obra cumbre. De agil prosa, la progresión de los hechos no es lineal, sino que se vale de recursos como la retrospección y el fluir de conciencia como técnicas narrativas que entrevenan la fábula para dotarla de supremacía sobre la historia. El marco temporal de la obra abruma al espacio de la ambientación, pese a que la novela se desplaza de este a oeste, y retorna a su punto inicial. El resultado de la moción novelística asemeja al movimiento retrógrado de los cuerpos celestes.

Los derrotados cuenta personajes vivos en el sentido que la palabra conjura. Son seres que orbitan vidas particulares que de algún modo tratan de conciliar con la realidad circundante y con sus ideales políticos. Los actantes que pueblan sus páginas son seres orgánicos que -por virtud de fracasos políticos, sociales, personales y familiares-, han perdido su centro y, por tanto, deambulan como fantasmas de un tiempo que caduca.

Entre el espectro de personajes, Marcos Vega surge como figura principal.

En fin, el tema lo rescato a proposito de la defensa de tesis titulada "Cronotopos y funciones cronotópicas en la novelística de César Andreu Iglesias", escrita por la estudiante doctoral Malissa Nieves Carrero, aprobada hoy viernes 23 de marzo de 2012 bajo la dirección del Dr. Félix Córdova Iturrregui, con la asesoría del comite examinador compuesto por la Dra. Edith Faria, el Dr. Rafael Bernabe y el Dr. Fernando Feliú. La obra de Andreu Iglesias necesita de estas nuevas lecturas maduras.

La novela, que resulta en una mirada crítico al nacionalismo puertorriqueño de los años 50, es también el tema de mi ensayo "Los derrotados: la novela de la distopía nacionalista", publicado el pasado mes de enero de 2012, por la Revista Otro Lunes publicó, en su número 21, y el cual pueden leer completo al pulsar aquí.



Ayer me entero que el filme basado en la novela On the Road, de Jack Kerouac, verá luz, por fin, a fines de año. 

Y es que de haberle anticipado tanto, hasta pensé que lo había malogrado. La novela que fuera el eje de mi tesis de maestría es también el semillero de muchas cosas sobre las cuales escribo.

Kerouac –quien hiciera famosos los kakis y hasta fungiera como poster boy para The Gap- aspiraba a reproducir con su narrativa el estilo de vida de los grandes músicos del jazz bop en una escritura a la que el autor bautizó como “prosa bop”. Las largas oraciones en fluir de conciencia, de párrafos interminables, desposeídos de rigores gramaticales, en fraseos encadenados y síncopas perennes, excepto por el ocasional guión largo, revolucionaron la manera en que se concebían la narrativa.



En On the Road, el personaje principal, Salvatore Paradise, el alter ego de Kerouac, huye de las fauces del Estados Unidos corporativo mientras la metáfora del camino adquiere connotaciones espirituales. Salvatore Paradise (“salvar el paraíso”) es, en este sentido, un personaje que busca dirección en su vida y se siente perdido en el mundo que le rodea. Su maestro o gurú (algo de la figura paterna perdida, tal vez) será Dean Moriarty, personaje que representa a Neil Cassady, compañero de viajes de Kerouac y a su vez el antihéroe rebelde –pariente del Ahab de Melville, el Magua de Fenimore Cooper y hasta del Gatsby de Fitzgerald– que inspiraría las travesías a través de Estados Unidos. Juntos, en la novela, partirán en un peregrinaje que va desde la ciudad de Nueva York hasta San Francisco, pero que, alegóricamente, en la cuarta parte del libro, termina en México, donde los protagonistas alcanzan la plenitud lumínica que tanto buscan. América Latina, parece sugerir Kerouac, es la salvación de nuestro futuro.

Producida por Francis Ford Coppola, el elenco de la película incluye a Sam Riley como Sal Paradise, Garrett Hedlund como Dean Moriarty, Kristen Stewart como Marylou, Kirsten Dunst como Camille y Viggo Mortensen como Old Bull Lee (William S. Burroughs).

Ahora, a esperar el estreno.


También podrán leer mi ensayo sobre los 50 años de On the Road, publicado en el 2007 por La Jornada de México al pulsar aquí.


Museo, como se desprende del origen de la palabra, es el lugar donde habitan las musas. Por tanto, atentar contra un museo es un intento por desahuciar las artes.

Los museos son espacios públicos que por un lado vienen destinados a ordenar las sociedades y por otro a fungir como actores de cambio social. Los procesos de colección, preservación histórica y protección de la memoria son conjuntos de actividades que producen un valor social.

Que conste: no todo deseo de orden es signo de dominancia social. El orden es lo antinatural en el ser humano. El desorden es fácil, porque es natural. Por tanto, los elementos con los que construimos nuestra vida (como pensar, hablar y escribir) requieren orden, sintaxis y lógica para hacernos entender. Igualmente, las sociedades han de ser ordenadas para su funcionamiento y bien común.

Así, en cierto modo, los museos proveen una oportunidad de tocar la memoria histórica que da cohesión a una comunidad o pueblo, de liberarse de la violencia de la ignorancia. Los museos se organizan en modos instructivos para la transmisión de conocimiento y con ello, la posibilidad del avance en la medida que fomentan un bien social (como el sentido de cohesión o aprecio por el valor humano de la creación), educativo (siempre se aprende de otros pueblos  y culturas), artístico (fomenta a responder a la creación con más creación) y económico (un sujeto más culto tendrá mayores capacidades para pensar soluciones a los problemas que debe superar para su éxito social). En fin, hablamos de la afirmación de una identidad personal con el fin de crear una identidad plural y colectiva.

Verse entre diferencias. Hacerse de diversidades.

Atentar contra un museo o pretender disminuir su utilidad, como recientemente ha hecho en Puerto Rico el líder de la mayoría en el Senado, Thomas Rivera Schatz contra el Museo de Arte de Ponce, no es nuevo ni original. Se sabe que los museos no solo convocan el pasado, sino que también provocan el futuro. El entendimiento y la tolerancia se suscitan entre sus paredes a la misma vez que el debate y el cuestionamiento que surgen de las tensiones entre las múltiples perspectivas que cohabitan en dicho espacio.

Ha dicho William Boyd, en “Museums as Centers of Controversy”, que los museos miran hacia adentro. Y en su introspección, hacen que uno se piense a sí mismo.

Tal vez atentar contra un museo es sugerir la disolución de un carácter; tal vez sugerir su inexistencia sea un silencioso genocidio.


Bar Code

Un sábado de mayo durante el año 2003, los trescientos residentes de Ponetovice asintieron convertirse en representaciones de sus propias existencias y agregarse al documental de Katerina Seda, There is Nothing There (2003). La pequeña villa en la República Checa se someterían a la voluntad de la directora del filme, quien dispondría las actividades diarias que los habitantes realizarían diariamente. Nada extraordinario les fue solicitado a los ponetovicinos: así, ir de compras, almorzarse una albóndiga, dar un paseo en bicicleta, compartir una cerveza y regresar a la casa a un mismo tiempo, se tradujo en narración fílmica. 

Los habitantes de Ponetovice solían quejarse de que nada interesante ocurría en la villa.

Al orquestarse como acciones simultáneas, las faenas del diario vivir adquirieron liminidad. De pronto, había conciencia de similitud y simultaneidad. Un ritual, lo llamo Catherine Wood en Tate. La uniformidad que se aprecia en las fotos recrea una gran coreografía, notas de una sonata monótona, o una sintaxis repetida. 

El trabajo de Sedá intenta de algún modo redefinir las fronteras del arte y de lo artístico. Crear sentido particular en las resonancias sociales y públicas y llevarlas a la memoria, al retrato en movimiento, al filme. Las voces se acallan por las acciones. Las imágenes son casi un post-poema de la hiper-contemporaneidad. 

Una impresión bastante parecida me deja el creciente afán de habitar las redes sociales como Facebook y Twitter, que en Puerto Rico han venido a desplazar, en muchas ocasiones, la tridimensionalidad de la visita a la casa, el almuerzo con amigos, el presenciar un espectáculo en grupo o compartir una cerveza o un café. Todo ello, que conste, ocurre, pero los encuentros son virtuales. Y nos entendemos en ese ímpetu.

Dadas las recientes negaciones de la espacialidad (ya sea a causa de falta de tiempo, asuntos de seguridad pública o carencia de lugares en los cuales coincidir), hemos creado una coreografía distinta. Formulamos rituales en palabras. Qué comemos, adónde vamos, dónde estamos, qué pensamos. Es una danza de letras. Cuerpos de palabras, por utilizar mi frase preferida de Lacan. Es un documental on-going y sin pausa, causalidad de lo efímero, ante el cual, a veces, uno a simplemente se resume a ser voyerista y, en otras, es interlocutor partícipe. 

La fluidez del movimiento consiste, muchas veces, en decir todos la misma cosa, estar de acuerdo en los mismos puntos de vista y, a la larga, crear lazos de solidaridad en una uniformidad abstracta, ideológica y cerrada. La variante suele atenuarnos como elemento de matiz cuando alguien comenta algo que rompe el tiempo. Las diferencias entonces son rechazadas: son disruptivas si se toman desde la óptica de la defensiva; son invasivas cuando originan como ofensiva. En el medio más eficaz de representar estas nuevas maneras de metafísica de las relaciones interpersonales, el asunto puede tener final feliz con un “unfollow” o con medidas más radicales como el “block”, ambas armas eficaces para el que acompasa como para el que descompasa. 

Atribuyámosle libertad de expresión. Y también, de derecho de asociación.

Como en el filme de Seda, se trata de oscilar entre la espontaneidad y lo programado para, al final, revelar las maravillas de compartir actividades más que el horror de la monotonía. Lo que era predecible se convirtió en rito, en motivo de conversaciones y veladas. 

Y todo esto se transpone a la interacción de las redes sociales, que se han convertido, sin duda, en una extensión de la experiencia, una amplificación de la manera en que construimos y consumimos la cultura, o un giro definitivo hacia los nuevos tiempos de la transmodernidad. 

Queda, así, una nueva gramática donde se reafirma la multiplicidad en la uniformidad, las aristas de la identidad (ya diversificada en una ciber-identidad), o las posibilidades de una lógica del simulacro. 


Imagen: Popsop

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