El cambio como efecto infinito: lecciones dominicanas

El pasado domingo, durante los comicios electorales, la República Dominicana amplió el perímetro de su alcance político cuando eligió, por primera vez en su historia, siete diputados de ultramar que representarán las voces hermanas en diez distintos países. El resultado final favoreció a Danilo Medina, del Partido de Liberación Dominicana, pero esto no añade o quita al hecho vigoroso de que, en efecto, los dominicanos se reconocen más allá de su ámbito geográfico.

Los pueblos colonizados, de naturaleza postcolonial, venimos obligados al ojocentrismo europeo. Es decir, desde la institucionalización de la conquista de los pueblos del nuevo mundo, en particular los del Caribe, nos cultivaron la prisión cartográfica, o la representción espacial delimitada por los mapas que, obviamente, los europeos diseñaban. Es precisamente de este modo que aprendemos a asociar identidad con nación y dimensión geográfica.

Mas llegadas las trasnformaciones del siglo XX con sus guerras, desiguldades sociales, pobreza extrema y procesos de transformación, la identidad comienza, por necesidad, a ser un ente vivo y en movimiento. El desarollo de los medios de transportación, la velocidad con que se recorrían las distancias y el vaciar del tieo fueron dando paso a la expansión cultural de los pueblos, a la transculturización plural e híbrida que se convirtió, entonces, en otra forma de mapa: una nueva cartografía social donde el interior de una cultura particular es suma, convergencia, diálogo.

Ser es muchas cosas y espacios.

Los medios sociales y la tecnología cibernética, así como los medios de comunicación interactivos, han coaccionado fuerzas de importancia social en toda esta metamorfosis de la identidad. Volviendo al ejemplo que me convoca, las elecciones dominicanas gozaron de una cobertura sin precedentes en Puerto Rico, como supongo tuvieron en España, Estados Unidos, Holanda o Venezuela. Este tema es tela de otro costal, seguro, pero lo que sí quiero subrayar es que, como dicen Deleuze y Guattari: “Sólo el pensamiento puede inventar la ficción de un Estado universal por derecho".

No queda duda: el Estado, como una comunidad imaginada, tiene carácter de artefacto cultural y no de esencia natural, según Benedict Anderson.

Así, la República Dominicana ha sido imaginada más allá de la frontera con Haití o más allá del Canal de la Mona. Es un pueblo en movimiento, en expansión y en modulación. En fin, el cambio es la única premisa de lo eterno.

Por ello, prosperan, mientras en Puerto Rico vemos el cielo caerse a plazos.



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