Formas simples de vivir: los murciélagos de Emma


La poesía es todo, pero no cualquier cosa. Justamente cuando me preguntaba qué de nuevo había en la poesía puertorriqueña, recibo los Murciélagos de vidrio, de Emma Jeannette Rodríguez, una colección de poemas que, a mi entender, sirven como imágenes adecuadas de lo que es el poema híbrido, aquel que se debe a las desarticuaciones de la vanguardia y que a la vez encierra el lirismo clásico.

El libro tiene dos momentos: "Los dioses mudos" y "Solo recuerdo la luz", en los que Emma funciona como operadora de palabras. Las mueve, las remueve, las dispone como si tratara de descifrar un código que, al accederse, nos revelará verdades poéticas.

La hablante de estos poemas habla desde su conciencia de objeto deseado ("Soy senos de cartón/ de un tigre amarillo/ que nadie extraña") hasta lo fundamentalmente etéreo del indeterminismo existencial ("Viva está la luz/ en su estancia bendecida/ por mis besos/ enredados y perdido"). Siendo temas relacionados con el sujeto femenino, no obstante, estos poemas se destacan más por sus inquietudes desde el topos del sujeto poético.

El argumento es válido. 

La lucha entre la existencia física y la existencia anímica es la tónica de gran parte de este poemario, como expresan los siguientes versos: "No soy la misma/ el cuerpo no me reconoce/ la vida no se siente/ la nada ha desaparecido/ soy invisible/ desconocida".

Yo siempre digo que la materia de la poesía se compone de las grandes interrogantes de la existencia. Y los poemas de Emma no son se tornan indiferentes ante tal valor. El concepto del poemario es por supuesto más que una hablante femenina buscando estrechar las distancias entre la carne y el aliento; también proclama una de las dificultades que plantea el lenguaje como mediador de la realidad, que es la de su función nominadora. O sea, una poeta (biológicamente mujer) que busca dimensionalidad a través de las limitaciones (o potestades, como quiera verse) del lenguaje.

Porque, a fin de cuentas, ¿qué hace un poeta con las palabras, sino tratar de expresar el mundo como lo ve y lo siente?

Quede claro que en Murciélagos de vidrio hay más pasión por la riqueza fonológica que por el racionalismo comunicativo. En brevedades versificadas, casi a la velocidad del pensamiento, la poeta ponceña crea subjetividades amplias: "Ya entendí que mi placer/ es negro/ y que los pájaros/ tienen alas".

Y aquí el modesto acierto del libro: su título. Los murciélagos son animales de hábitos nocturnos que abandonan sus refugios a la caída del sol para ir en busca de alimento o de pareja. Generalmente, no ven en el sentido propio del ojo, sino que se guian por las sondas sonoras que emiten las cuales, al encontrar un objeto, regresan y le remiten la verificación de una presencia. 

Los poemas nos encuentran. El sonido es la voz de la poeta. 

Asimismo, el libro avanza por una densa oscuridad a través del silencio, la soledad y la muerte que propone que su señal -el sonido de sus versos- no sea escuchado. "Formas simples/ vivir la verdad/ sobre el último filo/ del ojo alborotado", cierra el libro.

No, en realidad termina así: "-¿Quieres crear una especie de leyenda?/ -Sí, quiero."

Eso es lo que hace una poeta con las palabras.


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