Post Bloomsday: nostalgias y orfandades



Y cuando muera, ¿sentiré nostalgia por lo que dejo atrás? ¿Extrañaré los árboles, la brisa, la ciudad? De seguro, no necesitaré un cuerpo, por lo que me hace pensar en si tendré necesidad de la materialidad para poder sentir. Una vez dije que el cuerpo es sólo jaula, pero el cuerpo también es conductor. Con el cuerpo hacemos; con cualquier cosa sea lo que nos energiza, somos.

Por eso cuando avanzo en espacialidades, no queda mucho que hacer y me remito a ser.

De no tener arraigos que me anticipen se compone la música de la orfandad.

Aún los fragmentos de un mosaico necesitan de un fondo cohesivo.  Y sin embargo, la orfandad no puede parir nostalgias porque la primera es perder lo que se tenía y la segunda es no tener ya lo que se pierde. Al final de la ecuación, da igual, como que igual no da a lo mismo.

El sol martiriza la tierra como las paredes de una tostadora y pienso que cuando finalmente me funda en una gran ceguera, extrañaré a mi hija. Verla nacer, crecer; adquirir su lenguaje, usarlo; entrar en el mundo, hacerlo, rehacerlo; modelarlo, destruirlo y levantarlo nuevamente, ha sido un verdadero viaje.

Hoy, día de los padres, un día después del Bloomsday, el día celebratorio de Leopold Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce, pienso que toda la acción de esa obra magistral gira en torno a la búsqueda de Bloom por un hijo, de la misma manera que Stephen, su amigo, busca un padre (como a su vez Telemaco busca a Odiseo en la Odisea). Pienso que he sido ambos.

Nostalgias y orfandades.  El pasado y el futuro. En su reducto, el presente.

Y cuando miro a Sophia, mi hija, pienso: mi trabajo está casi completo. Casi.


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