Cultura Colectiva es un grupo de amigos con distintas formaciones (periodistas, psicólogos, músicos, politólogos, matemáticos, artistas visuales) que comparten el interés común en re-significar la idea del gusto por la práctica cultural. Su encomienda es generar espacios de exhibición, de convivencia y apreciación, y promover las distintas expresiones culturales. 

Radicados en Ciudad México, Cultura Colectiva me ha honrado con hacerme parte de su propuesta con la publicación de algunos poemas a ser incluidos en La realidad aumentada, un poemario-proyecto.

La revista cibernética es un deleite. La pueden acceder al pulsar la foto. 

De una vez, pueden leer los poemas aquí. Y los agradecimientos, para Mariana Rey



Foto AS8-14-2383: "Earthrise"; 24 de diciembre de 1968

Hoy murió Neil Armstrong, el primer terrícola en pisar la faz lunar. Sin embargo, antes que el astronauta lograra su hazaña con la tripulación del Apolo 11, Frank Bornam, James Lovell y William Anders, del Apolo 8, circundaron la orbita lunar y volvieron a la tierra. Vieron, pero no tocaron. 

Anders tomo la foto conocida como "Earthrise". Yo escribí este poema:

Apolo 8 

a falta
de técnicas
de medición
más precisas,
el astronauta
levantó su dedo pulgar
y lo fijó en la ventana

la nave,
en su elíptica,
emergía
entre la totalidad sorda
del lado oscuro
de la luna

en el horizonte,
una canica azul
amanecía

frágil
solitaria

danzaba en torno
a su propio centro

a su alrededor,
cantaba el silencio

y tras el dedo pulgar,
un botón de planeta
le revelaba al astronauta
toda la grandeza
de nuestra minucia

una espantosa
soledad
de Dios lejano
enmudeció
el cosmos

Del libro Ensayo del vuelo.



Desde su inscripción en el imaginario de los puertorriqueños, la modernidad asume equivalencias amansadas con la colonialidad, donde el poder oscila en torno a las diferencias. Es decir, la modernidad es el bien contrito que presume que quien la otorga es superior al que la recibe. De la tensión entre las dos se ha tejido forzosamente una identidad definitoria de lo puertorriqueño durante el siglo XX.

El tema hace su aparición taimadamente, casi invisible, como los síndromes. Esta vez erosiona violentamente a raíz de las expresiones de la prensa española sobre la interesada comparecencia de la Furia Roja de España –los campeones de la Copa Mundial de Fútbol- para un juego amistoso contra el Huracán Azul, una endeble selección nacional de balompié que apenas cotiza como 138 entre todos los participantes y que nunca ha ido a un mundial.
Eso sí: las expresiones no tienen a los puertorriqueños como destinatarios. Nosotros somos invisibles. El narratario es otro. La ofensa no está supuesta a hacer daño porque, para ellos, no contamos (si entienden mi cinismo). 

Y el zarpazo llega, justamente, un día después que en Puerto Rico se recibieran como héroes nacionales a los atletas que participaron en la pasadas Olimpiadas de Londres 2012, en particular la gesta de Javier Culson, medalla de bronce, y Jaime Espinal, medalla de plata.

De pronto, es 1898. Nuevamente.

En las redes sociales se ha estado difundiendo la siguiente caricatura que exige atención.





En la misma, unos taínos reciben a un colonizador y le ofrecen un guanín, a manera de moneda equivalente a 2 millones de euros, que fue el saldo que recibió el seleccionado de España por venir a jugar contra la selección de Puerto Rico. La colonialidad y su expresión de poder, aún a más de cien años de haber dejado de ser colonia española, llega esta vez disfrada de caricatura: o sea, una deformación grotesca de la realidad que, más que humorística, es tanto paródica como alegórica. En todo caso, un intento de disminuir al otro. Que la transmisión del fue mediocre, cierto. Que las gradas estaban vacías, también. Que somos unos novatos en el deporte, cierto. Que el terreno del Loubriel no es óptimo para la competición, cierto. Que España está en bancarrota y la selección llegó tras los dólares que le ofrecío Maritza Casiano, la productora del espectáculo, también. La pregunta es: ¿quién se humilla ante quién? ¿A quién hay que caricaturizar?

No obstante, siempre hemos creído ser lo que no somos. El aguijonazo no es nuevo. 





Para 1898, cuando Estados Unidos invadió a Puerto Rico, una caricatura no muy distinta en representación, pero sí adeudada a otro concepto, se publicó en las páginas de The New York Times. 





En esta ocasión, el Tío Sam carga sobre sus fuertes brazos a tres niños negros que suponen ser Puerto Rico, Cuba y Filipinas. Como el poema “The White Man’s Burden”, de Rudyard Kipling, queda la colonialidad sugerida como jerarquía etno-racial global que perfora las relaciones sociales existentes. 

Las reacciones de indignación dispersas por diversos medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, partían de uno de tres renglones, a veces de una extraña combinación de ellos: los que se aferran a la hispanofilia resintieron a su madre patria; los que se sienten estadounidenses y que se enojaron porque la Roja vino tras los dólares americanos cuando España está en quiebra; y los que creen en la raza puertorriqueña como una raza atávica o especie de pueblo escogido se sintieron humillados, burlados, mancillados. 

Los tres puntos se recogen en la “Carta a la prensa deportiva española” que escribiera el periodista deportivo Omán Pérez Méndez para El Nuevo Día, y en la que, con ánimos de sátira y venganza, el escritor se fija en la forma del castellano antiguo y peninsular para responder a los ataques de la prensa española. Pérez Méndez no sólo recurre al pronombre de segunda persona “vosotros”, cuyo desuso en el español de América va de la mano con la rebelión de las colonias, sino que reclama “el regalo” en "dólares" que Puerto Rico le hiciera a España, para luego al final, terminar con un “se lo metimos”, como gesta heroica, refiriendo al hecho de que la pequeña isla de indígenas le anotó un embarazoso gol a los campeones del mundo. También sustancia una insinuación sexual.

Resentimiento, colonialismo y nacionalismo. Todo en un mismo escrito.

En ocasiones, Pérez Mendez suena a que no merecíamos tanto desprecio, si después de todo, se trataba de hacerle un favor a la selección española en su preparación hacia el verano de 2014, cuando la Copa Mundial de Fútbol se celebre en Río de Janeiro. “Pero no os preocupáis [sic.], que ya somos muchos los que deseamos fervientemente que no tengáis que pasar por semejante tortura otra vez, especialmente en el 2014, cuando el mundial del que ahora sois campeones se juegue en otra tierra distante, calurosa y llena de indígenas”.

Hay sentimientos heridos porque nuestro sentido de pertenencia, siendo aún romántico, ha sido construido a fuerza de narrativas sentimentales.

Pero Puerto Rico no es ninguna de las tres y a la misma vez, lo es. Todo lo que es parte de nuestro pasado vive en nuestro presente, pero no se manifiesta como un entero uniforme y unilateral.

Dice Glissant que la idea del Uno siempre es un engaño. El uno esconde los ángulos del ser, que es la multiplicidad. Nuestra cultura es, en términos del pensador de Martinica, compuesta. Para un país como Puerto Rico, que tiene más ciudadanos habitando en la diáspora que en su territorio nacional y que no necesariamente hablan español, hablar de formas de pensamiento uniformes, de una raíz única, formula tensiones atrasantes.

Como demuestra la medalla de plata por Puerto Rico en los juegos olímpicos, Jaime Espinal, nacido en República Dominicana de padres dominicanos; o como su entrenador, que es cubano; o la representante al concurso Miss Universe, Bodine Koeher Peña, de padre holandés y madre dominicana, o las dos medallistas de oro del equipo de polo acuático femenino de Estados Unidos, Jessica y Maggie Steffens, que son de padres boricuas, Puerto Rico es una nación en dispersión y suma.

Los pensamientos convencionales de sistema siempre desembocan dentro de otras formas de lo absoluto.

Los españoles nunca nos quisieron. Los estadounidenses no nos quieren. Y tampoco somos el tallo de luz mismo. Puerto Rico es un vórtice.

Sólo un cambio dentro de nuestras poéticas –un cambio en nuestros imaginarios–, nos llevará, argumenta Glissant, a pensarnos dentro del respeto a la diferencia y a la diversidad. Por tanto, creceremos sin necesidad de goles. 


Negocio al fin, el equipo de España vino, jugó, se aburrió, ganó y se fue a presumir que le habían hecho ganar dinero fácil. Puerto Rico sigue en el mismo lugar, con sus mismos problemas. En fin, una caricatura hasta cuando pretendemos ser serios. 




La noción es tan obvia que se torna irónicamente imperceptible: vivimos en un mundo de constantes desechos. Pensemos: la tecnología contrae formas de riesgo que asumimos sin pasión, pero con fetichismo. Un mero objeto es reemplazado por otro porque sencillamente es más moderno y nos traerá mayores satisfacciones. La obsolescencia es el olvido de lo que una vez fue servible, el desierto al que condenamos gran parte de nuestra realidad material.

Pienso en las formas de tecnología. Incluyendo, por supuesto, las palabras y todo lo que ellas erigen y/o median: las personas, las ideas, las relaciones. ¿Puede una persona ser obsoleta?

En el filme Obselidia (2010), debut de la directora Diane Bell, la pregunta que prevalece como premisa narrativa es: ¿Sientes que el mundo desaparece? Apacible, desentendida de prisas, relatada casi con artesanía, Obselidia trata de la belleza de las cosas pasajeras.

En el filme, George (Michael Piccirilli) se dedica a recoger artefactos funcionales pero obsoletos que se van sumando a su Obseledia, o “Enciclopedia de las Cosas Obsoletas” como un inventario de profesiones y artefactos en desvanecimiento de nuestra existencia. El protagonista, que se describe como el último vendedor ambulante de enciclopedias, va catalogando y consignando la existencia de los objetos.

Pero de todos los objetos que han perdido su espacio en la presente cultura de consumo, el amor es el objeto más apreciado y, a la vez, menospreciado.

George conoce a Sophie (Gaynor Howe), una joven que trabaja como proyeccionista en un teatro, y quien le dice en un momento determinado que nada es enteramente obsoleto mientras exista alguien que lo ame.

El amor no existe, insiste George. Sophie lo convence de lo contrario: por el amor de George hacia las cosas es que la Obselidia existe.

La relación entre ellos se queda en un nivel de distancia platónica. El amor no se consuma de manera física, de la manera en que por el amor al cine, Bell hace que exista el sobrio film. La directora, incluso, filmó su cinta con una sola cámara Red One que, si bien es digital, no rivaliza con los artilugios “state of the art” del cine hollywoodense. Una rara alquimia de contenedor y contenido.

Entonces, es inevitable pensar en la vida útil de los objetos que facturamos como extensiones de nuestros sentidos, y como van decayendo en su obsolescencia programada. Son utilidades para llenar los vacíos que ya las palabras no llenan. Obselidia es la renuencia de ceder al olvido.

De tanto vivir en la era del derroche, nos hemos ido quedando sin vida póstuma.

Paralelamente a la trama principal de Obselidia, George logra contactar a Lewis (Frank Hoyt Taylor), un científico retirado de la NASA que en su momento de mayor productividad creativo publicó el primer libro premonitorio del calentamiento global.

La pregunta que queda es: ¿Puede tornarse obsoleto un planeta? ¿Una existencia?

Sophie y George viajan hasta el Death Valley, el cual, según Lewis predice, es un retrato de cómo se verá el mundo entero para el 2100, y les urge a disfrutar de lo que queda del mundo mientras dure.

Un Carpe Diem amargo. Con las muelas traseras.

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