Caricatura: del amistoso España-Puerto Rico



Desde su inscripción en el imaginario de los puertorriqueños, la modernidad asume equivalencias amansadas con la colonialidad, donde el poder oscila en torno a las diferencias. Es decir, la modernidad es el bien contrito que presume que quien la otorga es superior al que la recibe. De la tensión entre las dos se ha tejido forzosamente una identidad definitoria de lo puertorriqueño durante el siglo XX.

El tema hace su aparición taimadamente, casi invisible, como los síndromes. Esta vez erosiona violentamente a raíz de las expresiones de la prensa española sobre la interesada comparecencia de la Furia Roja de España –los campeones de la Copa Mundial de Fútbol- para un juego amistoso contra el Huracán Azul, una endeble selección nacional de balompié que apenas cotiza como 138 entre todos los participantes y que nunca ha ido a un mundial.
Eso sí: las expresiones no tienen a los puertorriqueños como destinatarios. Nosotros somos invisibles. El narratario es otro. La ofensa no está supuesta a hacer daño porque, para ellos, no contamos (si entienden mi cinismo). 

Y el zarpazo llega, justamente, un día después que en Puerto Rico se recibieran como héroes nacionales a los atletas que participaron en la pasadas Olimpiadas de Londres 2012, en particular la gesta de Javier Culson, medalla de bronce, y Jaime Espinal, medalla de plata.

De pronto, es 1898. Nuevamente.

En las redes sociales se ha estado difundiendo la siguiente caricatura que exige atención.





En la misma, unos taínos reciben a un colonizador y le ofrecen un guanín, a manera de moneda equivalente a 2 millones de euros, que fue el saldo que recibió el seleccionado de España por venir a jugar contra la selección de Puerto Rico. La colonialidad y su expresión de poder, aún a más de cien años de haber dejado de ser colonia española, llega esta vez disfrada de caricatura: o sea, una deformación grotesca de la realidad que, más que humorística, es tanto paródica como alegórica. En todo caso, un intento de disminuir al otro. Que la transmisión del fue mediocre, cierto. Que las gradas estaban vacías, también. Que somos unos novatos en el deporte, cierto. Que el terreno del Loubriel no es óptimo para la competición, cierto. Que España está en bancarrota y la selección llegó tras los dólares que le ofrecío Maritza Casiano, la productora del espectáculo, también. La pregunta es: ¿quién se humilla ante quién? ¿A quién hay que caricaturizar?

No obstante, siempre hemos creído ser lo que no somos. El aguijonazo no es nuevo. 





Para 1898, cuando Estados Unidos invadió a Puerto Rico, una caricatura no muy distinta en representación, pero sí adeudada a otro concepto, se publicó en las páginas de The New York Times. 





En esta ocasión, el Tío Sam carga sobre sus fuertes brazos a tres niños negros que suponen ser Puerto Rico, Cuba y Filipinas. Como el poema “The White Man’s Burden”, de Rudyard Kipling, queda la colonialidad sugerida como jerarquía etno-racial global que perfora las relaciones sociales existentes. 

Las reacciones de indignación dispersas por diversos medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, partían de uno de tres renglones, a veces de una extraña combinación de ellos: los que se aferran a la hispanofilia resintieron a su madre patria; los que se sienten estadounidenses y que se enojaron porque la Roja vino tras los dólares americanos cuando España está en quiebra; y los que creen en la raza puertorriqueña como una raza atávica o especie de pueblo escogido se sintieron humillados, burlados, mancillados. 

Los tres puntos se recogen en la “Carta a la prensa deportiva española” que escribiera el periodista deportivo Omán Pérez Méndez para El Nuevo Día, y en la que, con ánimos de sátira y venganza, el escritor se fija en la forma del castellano antiguo y peninsular para responder a los ataques de la prensa española. Pérez Méndez no sólo recurre al pronombre de segunda persona “vosotros”, cuyo desuso en el español de América va de la mano con la rebelión de las colonias, sino que reclama “el regalo” en "dólares" que Puerto Rico le hiciera a España, para luego al final, terminar con un “se lo metimos”, como gesta heroica, refiriendo al hecho de que la pequeña isla de indígenas le anotó un embarazoso gol a los campeones del mundo. También sustancia una insinuación sexual.

Resentimiento, colonialismo y nacionalismo. Todo en un mismo escrito.

En ocasiones, Pérez Mendez suena a que no merecíamos tanto desprecio, si después de todo, se trataba de hacerle un favor a la selección española en su preparación hacia el verano de 2014, cuando la Copa Mundial de Fútbol se celebre en Río de Janeiro. “Pero no os preocupáis [sic.], que ya somos muchos los que deseamos fervientemente que no tengáis que pasar por semejante tortura otra vez, especialmente en el 2014, cuando el mundial del que ahora sois campeones se juegue en otra tierra distante, calurosa y llena de indígenas”.

Hay sentimientos heridos porque nuestro sentido de pertenencia, siendo aún romántico, ha sido construido a fuerza de narrativas sentimentales.

Pero Puerto Rico no es ninguna de las tres y a la misma vez, lo es. Todo lo que es parte de nuestro pasado vive en nuestro presente, pero no se manifiesta como un entero uniforme y unilateral.

Dice Glissant que la idea del Uno siempre es un engaño. El uno esconde los ángulos del ser, que es la multiplicidad. Nuestra cultura es, en términos del pensador de Martinica, compuesta. Para un país como Puerto Rico, que tiene más ciudadanos habitando en la diáspora que en su territorio nacional y que no necesariamente hablan español, hablar de formas de pensamiento uniformes, de una raíz única, formula tensiones atrasantes.

Como demuestra la medalla de plata por Puerto Rico en los juegos olímpicos, Jaime Espinal, nacido en República Dominicana de padres dominicanos; o como su entrenador, que es cubano; o la representante al concurso Miss Universe, Bodine Koeher Peña, de padre holandés y madre dominicana, o las dos medallistas de oro del equipo de polo acuático femenino de Estados Unidos, Jessica y Maggie Steffens, que son de padres boricuas, Puerto Rico es una nación en dispersión y suma.

Los pensamientos convencionales de sistema siempre desembocan dentro de otras formas de lo absoluto.

Los españoles nunca nos quisieron. Los estadounidenses no nos quieren. Y tampoco somos el tallo de luz mismo. Puerto Rico es un vórtice.

Sólo un cambio dentro de nuestras poéticas –un cambio en nuestros imaginarios–, nos llevará, argumenta Glissant, a pensarnos dentro del respeto a la diferencia y a la diversidad. Por tanto, creceremos sin necesidad de goles. 


Negocio al fin, el equipo de España vino, jugó, se aburrió, ganó y se fue a presumir que le habían hecho ganar dinero fácil. Puerto Rico sigue en el mismo lugar, con sus mismos problemas. En fin, una caricatura hasta cuando pretendemos ser serios. 




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