La enciclopedia de las cosas obsoletas



La noción es tan obvia que se torna irónicamente imperceptible: vivimos en un mundo de constantes desechos. Pensemos: la tecnología contrae formas de riesgo que asumimos sin pasión, pero con fetichismo. Un mero objeto es reemplazado por otro porque sencillamente es más moderno y nos traerá mayores satisfacciones. La obsolescencia es el olvido de lo que una vez fue servible, el desierto al que condenamos gran parte de nuestra realidad material.

Pienso en las formas de tecnología. Incluyendo, por supuesto, las palabras y todo lo que ellas erigen y/o median: las personas, las ideas, las relaciones. ¿Puede una persona ser obsoleta?

En el filme Obselidia (2010), debut de la directora Diane Bell, la pregunta que prevalece como premisa narrativa es: ¿Sientes que el mundo desaparece? Apacible, desentendida de prisas, relatada casi con artesanía, Obselidia trata de la belleza de las cosas pasajeras.

En el filme, George (Michael Piccirilli) se dedica a recoger artefactos funcionales pero obsoletos que se van sumando a su Obseledia, o “Enciclopedia de las Cosas Obsoletas” como un inventario de profesiones y artefactos en desvanecimiento de nuestra existencia. El protagonista, que se describe como el último vendedor ambulante de enciclopedias, va catalogando y consignando la existencia de los objetos.

Pero de todos los objetos que han perdido su espacio en la presente cultura de consumo, el amor es el objeto más apreciado y, a la vez, menospreciado.

George conoce a Sophie (Gaynor Howe), una joven que trabaja como proyeccionista en un teatro, y quien le dice en un momento determinado que nada es enteramente obsoleto mientras exista alguien que lo ame.

El amor no existe, insiste George. Sophie lo convence de lo contrario: por el amor de George hacia las cosas es que la Obselidia existe.

La relación entre ellos se queda en un nivel de distancia platónica. El amor no se consuma de manera física, de la manera en que por el amor al cine, Bell hace que exista el sobrio film. La directora, incluso, filmó su cinta con una sola cámara Red One que, si bien es digital, no rivaliza con los artilugios “state of the art” del cine hollywoodense. Una rara alquimia de contenedor y contenido.

Entonces, es inevitable pensar en la vida útil de los objetos que facturamos como extensiones de nuestros sentidos, y como van decayendo en su obsolescencia programada. Son utilidades para llenar los vacíos que ya las palabras no llenan. Obselidia es la renuencia de ceder al olvido.

De tanto vivir en la era del derroche, nos hemos ido quedando sin vida póstuma.

Paralelamente a la trama principal de Obselidia, George logra contactar a Lewis (Frank Hoyt Taylor), un científico retirado de la NASA que en su momento de mayor productividad creativo publicó el primer libro premonitorio del calentamiento global.

La pregunta que queda es: ¿Puede tornarse obsoleto un planeta? ¿Una existencia?

Sophie y George viajan hasta el Death Valley, el cual, según Lewis predice, es un retrato de cómo se verá el mundo entero para el 2100, y les urge a disfrutar de lo que queda del mundo mientras dure.

Un Carpe Diem amargo. Con las muelas traseras.


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