Silén y "El hombre de la silla dorada"




Probablemente, no nos ha llegado el tiempo de leer a Yván Silén. Hemos sido, quizá, vedados de ese acceso como meros durmientes ante la magnificencia de una creación que se autoengendra. Nada más cercano a aquel adagio de Burroughs: “El lenguaje es un virus cuyo único fin es reproducirse”. En fin, un designio sígnico en cópula, autoerotizado en un universo que es tanto abierto como cerrado. Es un secante donde predomina el sentido en su sin-sentido. El nóumeno en aparatoso colapso con el fenómeno. O un sueño pesadillesco de los hermanos Wachowski.

Kantiano al fin, hay un reconocimiento a priori que antecede al escritor que habita a Yván Silén, si es que acaso, como una autoficción esquizo, se pudiera desprender el uno del otro. Como un escogido, el lenguaje unge a Silén. Las palabras liberan. Median. Ya no son de él. Todo lo que le alcanza y lo que él alcanza, atraviesa por ese “es”, expreso o tácito, y se fija en el lenguaje, el cronotopos del ser.

Sin duda, si para Kant las representaciones de espacio y tiempo tienen un contenido independiente e irreductible de las representaciones de las cosas en ella, podríamos afirmar que la sustracción entre ambas es la nada: remanso o reducto de deseo, en todo caso, el origen de las palabras que solo pueden acercarse a una realidad, nunca nombrarla entera.

De ahí el universo de Silén, una compleja meta-auto-ficción cuyas partes –a manera de un hipertexto inmenso, autoreferencial y anárquico- son mayor a la totalidad. Como desde la profundidad de un universo, ahí la más reciente colección de relatos del maestro Silén, Tanni Lee y los cuentos de la nada, que nos convoca en la mañana de hoy. De los cuatro breves relatos que conforman la colección, podríamos estar hablando prolongadamente, como una búsqueda cibernética, que es como ir de buceo por un imaginario colectivo. Tal vez cada cuento corresponde a uno de los renglones de la división del concepto de la nada en La Crítica de la Razón Pura, en la cual Kant ordena la nada en cuatro renglones. Pero eso requeriría otra lectura y más tiempo.

Entre los cuentos de Tanni Lee, vistos a través del narrador esquizo, alucinado por Dios, he preferido el magistral cuento “El hombre de la silla dorada o el sexto sello”. De primer plano, se nos ofrece como un cuento magistralmente compuesto por un lenguaje que riñe con el desorden, que evade las inclinaciones de cuentos como “Juanito de Heno o el hundimiento de los veleros” o “El Ángel y Tanni Lee”, relatos donde el tiempo se vacía del espacio en un intento por romper la cualidad más cohesiva en un texto narrativo: el orden secuencial cronológico. “El hombre de la silla dorada” respira al lector con malicia kafkiana y precisión cortaziana para traernos un relato que nos habla de una nada ontológica -una nada metáfisica- como posibilidad.

El cuento comienza con un hombre, que ha perdido fe en sí mismo, y que se encuentra con el hombre de la silla en un puente, sobre el cual pesca. “La gente que cruzaba delante de mí me ignoraba como si yo fuera un viejo al borde del suicidio”, nos dice el narrador. El hombre, que viste de azul –siempre azul-, de pronto mira hacia el mar e interroga a Kant: ¿por qué lo sublime no podía estar en todas las cosas? ¿Por qué lo sublime no podía estar en la naturaleza? De lo sublime, pues, se presenta aquí como paradoja: en la experiencia de lo sublime, lo que se encuentra es la inadecuación de la imaginación con respecto a las ideas de la razón o del entendimiento. Y el objeto del sentimiento no llega a ser representado por su inmensidad o su extrema fuerza, produciendo temor y pequeñez en nosotros. Admite el narrador, en su conflicto burgués, según desprende de su nombre (Paolo Augusto de Lizardi), que entre él y aquello que lo nombra corresponde “la muerte que no acaba de acontecer como suicidio”. Y añade: “Tenía miedo de mí”.

Pronto nos enteramos que el narrador es un pintor al que comienzan a imitar y a copiar al punto de la disolución del original. Lyotard preguntaría, “Where is the true original”. En verdad, somos copias de copias de copias. El creador ha caído presa de su creación, una analogía con la suerte que ha corrido la figura del Dios occidental. Así, el creador, ese pequeño dios, es usurpado a imagen y semejanza. Silén ha elevado una alegoría de la creación y uno de los temas más polémicos en las recientes discusiones intelectuales del mundo del arte: la reapropiación. La presencia de los peces a través del relato –los que pesca, literalmente, y los que imagina, artísticamente-. El pez es símbolo de plenitud de la gracia y bondad de Dios en el cristianismo, y de procesos y transformaciones en el paganismo. Dado que es una criatura del agua, es del reino del misterio, de lo que sin duda es, pero no puede ser visto o conocido.

El narrador entonces dice: “la súper nova sería el Apocalipsis”. Ciencia y religión son ecualizadas, aunque más tarde el narrador admite que no le vale ni una ni la otra. En todo caso, anticipa un fin trágico, una última disolución. De ahí el epígrafe, alusivo al Apocalípsis y al subtítulo, “El sexto sello”. Dice la Biblia que, al abrirse cada sello, el Cordero no lee en público lo que está escrito en el rollo, y en su lugar comienzan a suceder acontecimientos dramáticos. Es decir, que lo que conocemos que ocurre al abrirse cada sello, no corresponde con lo que el Cordero va leyendo, pues esa información es reservada, que Jehová revela a Su Hijo, el Cordero. Similarmente, podríamos decir que el tiempo de la narración se vacía de su espacio, como en el cuento de Silén. Entonces, hay una verdad a la cual no accedemos.

El hombre de la silla dorada no es nada más y nada menos que un cura. Un Súper Yo –juez, autoridad, regidor de la moral- con una movilidad prestada: la silla dorada. Es una moralidad falsa, se reconoce. Necesita una extensión artificial para designarse. Regordete, de manos gruesas y lisas –se dice que los muertos no tienen líneas de la vida en sus palmas-, y admitido pedófilo, el sacerdote Martínez no viene a representar otra cosa que la violencia de la represión del Súper Yo. Es la paternalidad fálica del imaginario mediando a gusto y gana el terreno de lo Real. Como conflicto psíquico, va en contra de la satisfacción buscada por el principio del placer, entendido este como una totalidad, de acuerdo a la idea de la división del sujeto. O sea, lo que es positivo para una instancia psíquica, puede ser rechazado por otra. El dolor del síntoma sería, pues, el resultado de la acción de la represión –en forma de rechazo y de censura-, ambos signos ejemplificados en el plagio de las obras. A raíz del encuentro con el hombre de la silla dorada, notamos la emergencia de un sentimiento de culpa, tanto como algo que llega hasta el punto en que aparece la pulsión de muerte como es un interjuego permanente de sentidos opuestos complementarios.

El hombre y el narrador antagonizan, se repelen, se aceptan: son tan similares. El uno le ha arrebatado lo que carece el otro, ejemplificado en diálogos como el siguiente:

--Pero, ¿qué clase de hombre es usted? 
--Un hombre despedido.
--¿Despedido? ¿Despedido de qué?
--Del amor.
--¡Vaya!
--¿No sabe acaso que el amor es el trabajo de los hombres?


La lógica es causal: pregunta y respuesta. 

También hay una admisión más adelante al reconocerlo como su “prójimo”, pero que igual le repugna. De hecho, los diálogos en “El hombre de la silla dorada” son magistrales. Hay claridad y función narrativa: mueven la acción entre tensiones dramáticas, aún cuando transitan por la región del absurdo. Hay dialéctica. Sobre opuestos progresa el mundo.

Así, llegamos al momento donde el narrador decide matar al hombre de la silla. Primero huye de él, corre, lo evade. Luego lo piensa; lo recapacita; y asume el coraje para quitarle la vida. Es matar su otredad; es matar sus constructos; es derribar la casa que erige su vida emocional; es aniquilar la sombra y las represiones. Pero el hombre no está. Queda por descifrar si “El elegido de Dios” fue una alucinación esquizo, o si se trata de otro fiasco de Dios.

Patricio implícito o no, el narrador debe aniquilar la obstrucción de la moral –que es falsa- para acceder con libertad lo real, lo sublime, que se da en su posesión del mundo simbólico de la madre, en este caso representada como transferencia edipal en Laura, a quien el narrador confianza, en la secuencia final del relato: “He visto a Dios”, para más tarde añadir, “He visto al diablo”. Sin embargo, el lenguaje, ese vigor ineluctable de la narración de Silén, no es predominio del imaginario. Es a través del lenguaje como único se accede a lo Real. Por tanto, como dice el narrador, la belleza de Laura “es falsa; el mundo es falso”. 

La única manera de enmendarlo es en el arte. 

Por ello, al desaparecer el hombre, Paolo se adentra en otra de sus creaciones artísticas y comienza a pintar. La presencia erótica de Laura –constantemente el narrador elogia con lascivia el trasero de la mujer- es sustituida por la sublimación de la obra de arte. Entonces, Laura y el cura se funden ante los ojos de Paolo: “Retiro mi mirada de sus ojos como si fueran los ojos del cura”, dice. Con la misma intención que tuvo para asesinar al cura, Paolo busca su cuchilla, pero no la encuentra. Su deseo se frustra. No puede deshacerse del imaginario ni de lo simbólico para conocer lo real. Las intuiciones puras llegan a priori. El orden de las cosas solo puede representarse independientemente de su espacio.

A partir de entonces, Paolo pinta hipnóticamente, con vehemencia febril, “como si fuera un sueño”. Dice: “Pinto y el color acontece como si fuera un sueño. Veo a Dios. Y el color acontece como si fuera cierto”. En medio de esa especie de epifanía, el narrador toca a Laura y se apresta a poseerla. “Dios debe ser fascinante”.

Claramente, la oración final implica la incertidumbre de lo real. 

Como el lenguaje procede de lo simbólico, solamente a través de Laura será posible conceptuarlo.

¿Y qué con el sexto sello? Bíblicamente, este no nos lleva hasta la segunda venida de Cristo o hacia una segunda redención, aunque su ruptura viene directamente relacionada con esa venida. Cuando se rompe el sexto sello, ocurren espantosas conmociones de los elementos, en las cuales se apartan los cielos como un libro que se arrolla. Asimismo, se desgarra la superficie de la tierra, y los impíos confiesan que ha llegado el gran día de la ira de Dios. Se hallan indudablemente a la expectativa de ver al Rey aparecer en gloria. Pero el sello no llega hasta ese acontecimiento. La aparición personal de Jesús debe, por lo tanto, ocurrir durante el siguiente sello. Entonces, reinará el silencio, que es la cesación de todo lenguaje. Las palabras no harán falta. Será la plena belleza del absurdo, mientras el lenguaje siga intuyéndonos.

Iván Silén nos ha traído uno de los relatos desde los cuales debemos comenzar a ver el cuento puertorriqueño prospectivamente. Hermoso y terrible, en efecto, es una historia extraída del maravillo urdimbre que textualiza a un Iván Silén en plenitud de sus poderes. 

foto de Iván Silén accedida en Mediaisla.net.

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