El poder virtual: V-Nations, boicots y la geopolítica de lo privado




El modo humano de sensibilizar la percepción de lo que llamamos realidad ha venido cambiando a través del transcurso de la historia y  ha transformado la existencia de la humanidad, ha apuntado Walter Benjamin. Se debe esto a que la manera en que organizamos la percepción sensorial humana, los medios a través de los cuales se cumple en nosotros, se determina no sólo por su naturaleza propia, sino por las circunstancias históricas que la contextualizan.

De ahí el augen silente de las naciones virtuales, que no poseen región geográfica o topográfica, sus ciudadanos hablan la lengua en la que hayan crecido y el sentido de homogeneidad prevaleciente se limita a la voluntad de los que acuden a conformarse en ellas.

Las naciones virtuales nacen en la cultura de la contracultura. 

Vivir en un país físico siempre queda propuesto por inquietudes metafísicas que nos contrarian en debates sobre la identidad, la cultura y el idioma como factores objetivos por encima del deseo particular de los individuos. Aún así, persiste el sentido de pertenencia sobre una base geográfica, como lo es el caso de Somalilandia, un país independiente que posee gobierno, moneda y hasta una constitución pero no que no es reconocido por el resto de los países del mundo. Tal es el caso de otros países como Nagorno Karabaj, Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria, entre otros países que luchan por una identidad política.


No obstante, las naciones estado han dejado de ser la quintaesencia de la expresión geopolítica de un pueblo.

Precisamente, en el desarrollo de las tecnologías cibernéticas han comenzado a emerger las llamadas naciones virtuales, que se originan en algún punto del ciberespacio y en cualquier tiempo, gracias a la accesibilidad que proveen los computadores portátiles, los teléfonos inteligentes y tabletas. La condición física para que un país exista queda absuelta.

Las naciones virtuales sugieren una manera de manejar los activos de información de manera socioeconómica.  De Francis Bacon a Bill Gates, no creo que exista alguien que dude que la información (y sobre todo, su uso) es poder. Bases de datos, puntos de acceso, IP address, el WiFi son tan solo algunos recursos que proponen extensiones de poder sin límites para un individuo o empresa. Tal es la magnitud del cambio paradigmático presente que vivimos de la manera en que los medievales desconocían que vivían en la Edad Media. Y tal es el caso para las naciones virtuales comunicativas y las delictivas.

En fin, puedo vivir físicamente en Puerto Rico y virtualmente en alguna otra nación.

Un ejemplo verificable es la plataforma social de Facebook, donde los usuarios recorren páginas, prestan visitas, se reunen y se transportan de un lado a otro como en el recorrido estriado de cualquier ciudad. Queremos, odiamos, socializamos y hasta debatimos en un plano abstracto, mientras consumimos las sugerencias comerciales que nos van situando. Sin dejar el espacio cibernético, podemos comprar desde regalos de Navidad hasta un boleto de avión, pautar una cita con un cirujano plástico o comer galletas Oreo virtualmente. Incluso, podemos publicar poemas, cuentos y artículos de opinión; donde nadie nos lee o escucha en el mundo real, podemos encontrar a unos cuantos que comparten pareceres similares al de uno.

En Puerto Rico, en los últimos veces, hemos atestiguado el modo en que los cibernáutas han incidido como opinión conjunta en la consulta sobre el derecho a la fianza y en los resultados de las elecciones del pasado 6 de noviembre. Ya, de por sí, son un poder político, aunque debemos aclara que poco menos de un tercio de 3.5 millones de ciudadanos puertorriqueños tiene acceso a la Internet. No obstante, se posibilitan como un modelo de V-Nation (aunque no reconocido ni promovido como tal) es el reciente boicot al programa Super Exclusivo (WAPA-TV), el cual ha logrado unificar diversos individuos en distintos puntos geográficos bajo una misma ideología o causa común. 

Claro. También ha provocado la emergencia de otra sociedad virtual: la que apoya al programa que modera Antulio Santarrosa, “Kobbo”, travestido como la marioneta que llama La Comay.

Asimismo, otras naciones virtuales organizadas con oficialidad poseen pasaporte, ciudadanía, moneda nacional, como lo es el principado de Sealand, que ofrece pasaportes diplomáticos para cada uno de sus 160.000 ciudadanos, inmunidad penal, inviolavilidad de domicilio, exención de impuestos y aranceles, placas de embajador para todos los coches y yates y hasta cambio de nacionalidad e identidad si es necesario. Algunas V-nations hasta realizan elecciones, eligen presidentes, gobernadores, alcaldes.

Como juego,  V-Nations ya tienen su modo de constituirse, por medio del Virtual Nations de Google. Pero habría que ver hasta que punto lo lúdico desplaza la conciencia tridimensional de la realidad física.

Es tanto hiperrealidad y transrealidad como realidad aumentada, todo a la misma vez.

Nos abrimos, así, a una geopolítica de lo privado, una nación de la intimidad, como gestión del espacio propio en contraposición y a la vez en conexión con otros espacios ajenos esparcidos en el ciberespacio. La sensibilidad despierta hacia otras salidas de la comunicación en redes.

Así ha sido esta Genérika desde la cual escribo, aunque todavía no tenga bandera ni himno, y posea un solo ciudadano.

Foto: http://www.futuristspeaker.com/2009/02/


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