Post humanismo: Homo sapiens v.2.0



Un individuo promedio, leí recientemente, concede alrededor de 15 horas semanales a navegar por la Internet, excluyendo su exposición al correo electrónico. Tampoco incluye la portabilidad que proveen algunos medios como Twitter y Facebook de mantenernos en-línea por medio de tabletas, teléfonos inteligentes y computadoras portátiles. Ese mismo individuo, en un empleo a tiempo completo, puede dedicar de 37 a 40 horas de labor semanal. O sea, que aquellos que tenemos acceso a la tecnología, dedicamos más de la mitad de nuestro tiempo productivo en el ciberespacio.

Plenamente, el dato lo busqué a partir de mi lectura de las «Reglas para el Parque Humano: Una respuesta a la Carta sobre el Humanismo (El discurso deElmau)», de Peter Sloterdijk, un texto en el que el filósofo elabora a manera de respuesta a la «Carta sobre el Humanismo», de Martin Heiddegger

Recordemos la palabra «texto» más adelante.

«Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos», dice Sloterdijk en su escrito (recordemos «escrito» más adelante) con el fin de ilustrar la manera  en que el poeta aludido viste de eufemismo elegante a lo que es la «esencia y función del Humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura».

En cierto modo, entonces, humanizarse es separarse de los animales, que no tienen escritura y no producen cultura. Se traza así la línea que ya había comentado McLuhan anteriormente y que supone una clase social dividida entre los letrados y los iletrados. El humanismo, por tanto, es potenciar una esfera de poder, si se quiere. Es acceder el conocimiento por medio de una cofradía o secta letrada. Así nace una «alta cultura» dominante sobre otra que la subyace.

Conocer la letra es humano; desconocerla, es animalizador. Por ende, el homo tipográficus es un ejercicio de artificialidad, una invención. «Se halla en juego aquí nada menos que una antropodicea, es decir, una definición del ser humano de cara a su franqueza biológica, y a su ambivalencia moral» dice Sloterdijk, y añade: «Pero por sobre todo, esta pregunta sobre cómo podrá entonces el ser humano convertirse en un ser humano real o verdadero, será formulada a partir de ahora de modo ineludible como una pregunta por los medios, entendiendo por éstos a los medios comulgales y comunicativos, por intermedio de los cuales las personas humanas mismas se orientan y forman hacia lo que pueden ser y llegan a ser».

La letra es, para Sloterdijk, el carné de identidad del humanismo clásico, que no corresponde necesariamente con las transformaciones geopolíticas y económicas de nuestros tiempos, lo que incide en el hecho de que de que las estructuras políticas y económicas tradicionales ya no pueden semiotizar el modelo amigable de los círculos literarios, que muchas veces se abrogan los espíritus nacionales.

Entre la sociedad post-literaria: post-epistolar, post-humanista.

Hablamos de que una presunta «síntesis social» no puede ser lograda en absoluto por los viejos medios de la Escritura.

Aquellos que posean poco o ningún acceso a los medios tradicionales de publicación y, por ende, de educación, quedan vedados de su posibilidad de «humanizarse».

«Una masa postal que ya nunca será entregada, que deja de ser un envío a posibles amigos, se convierte en objeto de archivo», escribe Sloterdijk. «También esto, que libros clásicos de antaño hayan dejado cada vez más de ser cartas a los amigos, que ya no se encuentren en las mesas de noche ni de día de sus lectores, sino que se hayan hundido en la intemporalidad del archivo: también esto ha quitado al movimiento humanista la mayor parte de su antigua pujanza».

Entre el Homus Interneticus.

Según Nietzche en Así habló Zaratustra, en la especie humana se erige la lucha entre los pequeños criadores y los grandes criadores del hombre. Y esa es la historia del mundo.

Declara así, Sloterdijk, que aunque el fin del humanismo no es el fin del mundo, en el posthumanismo  reside el contradiscurso de un mundo donde la línea que separa lo natural y lo artificial se difumina; en ese claroscuro, el eje escritura/lectura sobre el cual oscila la cultura humanista cede ante el peso de los nuevos medios de expresión y comunicación, y cuya moción constante es la fricción entre lo animal y lo humano.

Y todo esto es cierto.

Seguimos siendo tan animales; y nos parecemos más a las máquinas. Como dice Antonio Dyaz en Mundo artificial, «Homo sapiens v.1.0 + hi-tech = Homo sapiens v.2.0». 

En mundo on-line, lo transmediático y las tecnologías digitales de comunicación han permitido que nuestra realidad sea superada, aumentada, mejorada. En la ciencia, se habla de la robótica y los implantes para hacer del ser humano una mejor máquina –en el sentido Burroughsiano-. La nutrición, nuestras comodidades y la manera en que consumimos y producimos la información han sido trastocados de su antiguo modelo. La manera en que confeccionamos la memoria se impacta. Ya nos adentramos al transhumanismo. 

Pero desde mi óptica –seguimos siendo ojocentristas, ¿no?–, el posthumanismo no debe tratar tanto sobre el qué, sino del cómo.

Lo que no cambia es el aspecto de la letra. Incluso, Sloterdijk ha recurrido a la letra escrita para dar a conocer su planteamiento. Me refiero al «texto» que se produce como cuerpo de conocimiento, a la existencia del «escrito». El lenguaje sigue siendo la fuerza motriz de transmitir el conocimiento, si por lenguaje puede ser cualquier sistema de signos con la intención de comunicar.

En todo caso, una sociedad post-humanista ha comenzado a dar paso a otro tipo de división: los que son tecnológicamente aprovechados, y los que no. 

Continuaremos.




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