Rosa en tinieblas, Rosa de luz.

Rosa María Lagares (1936-2012)


De los poemas que no llegaron a la primera edición de autor de Embudo, poemas de fin de siglo, «Rosa en tinieblas» era mi favorito. Decidí no publicarlo porque estaba convencido de que el mundo no necesitaba otro poema dedicado a la madre del poeta. No obstante, para la segunda edición del poemario, lo restauré al cuerpo del poemario, como debió ser en un principio. Hoy, «Rosa en tinieblas» es Rosa de luz. Ante la partida de mi madre, hoy comparto un poema que me toca tanto que de leerlo siento que no respiro.

«Rosa en tinieblas»

No me sosiega sublevar la memoria por ti,
circularmente presente en mi soledad
oblicua y cicatrizada,
cuando abril, entre alas al amanecer,
deambula desde anoche
tajando el tácito dolor peregrino
y entre tonos rosados sobre la bóveda celeste,
advierto cuanto he llorado.
Tú, quién sabe, estarás eslabonando
Ave Marías al Salmo 23 y tu cara
marchitándose en el estragón tiempo—
abstrayéndote de la voluble
realidad que tuerce tu respiración
con sus alargadas manos de espinas,
abandonada por el nesciente dios
que te soñó y te dejó caer a esta tierra,
para luego abandonarte—
ahora, eres rosa en tinieblas—
tus pétalos se marchitan en la oscuridad—
tu mano no llega a mi piel—
tu voz se deshoja en la lluvia—
y tragas palabras y gritos y lágrimas
que quisieras librar de tu ósea prisión,
pero en vez te conformas con callar
mientras pierdes tu sombra
entre el hongo púrpuras de un pasado
ido y perdido.
Hoy todo me asalta
como un rayo que se imbuye en mí,
y me encuentro tan distante
del beso que nunca me diste,
mientras te echas candorosa,
rosa en tinieblas
sobre un reloj de arena mojada,
observando el fluir del azar
que tejió entre tus hojas la trampa limítrofe,
el designio que te ata y funge
como orden en tu sometido destino,
porque yo mismo he vivido el estropicio mortal del colapso
de mi propia inocencia contraído en redes de desilusión,
y hoy me embebo en las más amargas e insasiantes
aguas de fuego—
fuga exangüe hacia esta execración de tierra mentida—
para levar este ancla de sangre
que se clava en mis venas—
mas todo es un intento vano
por desposeerme de mi propia sombra.

Y es que nos parecemos tanto.

Mi ser es tan susceptible como el tuyo—
y eso ha sido tan infausto para nuestras almas de vidrio—
sólo hay una primera vez en esta vida para cada cosa,
laxo principio uniforme a todo en la vida—
y nosotros nunca hemos podido superar eso,
y, por tanto, todas las segundas veces
que nos han llegado,
no han podido calar en nuestras odres—
y vivimos una sed de hierro y sal
que nunca nadie calma—
y eso es malo, porque nunca logramos reponernos
del gran error de dar todo y quedarnos con nada;
pero al menos yo he trabajado mi problema;
tú no; tú te echas candorosa
sobre un reloj de arena mojada.
Cómo sufrimos, milagrosa flor de páramo...
cómo sufrimos...
La oscuridad nos ciega— la oscuridad nos abraza en el olvido,
y borra toda gana, toda esperanza.

Yo me fosilizo en soledad, pero a ti te queda tu Dios—
¿Por qué te ha dejado sufrir?—
y aunque se debilita el diamante en tu pecho,
ahora, tal vez, es que tengo una mejor perspectiva
de todo lo que soy y por qué lo soy,
pues tus reprimendas me molestaban de niño,
y hoy se restriegan arrogantemente sabias en mi cara—
claro, si aún guardo tu lugar dentro de mí,
a pesar de que sigue vacío y raso de afecto.
Yo entiendo lo que sufres—
y me quema como azufre en los labios,
estos labios sin cielo ni tierra ni redentor:
eterno mendigo de amor.
No te queda más que reposar tus porosas mejillas
sobre mis resecadas palmas—
aunque continuaras con tu cruz,
y la seguirás cargando
hacia el lugar donde te diriges—
he estado allí antes, ¿recuerdas?—
No te queda más que tomar tu café;
y disfrutar tu pan a las tres en punto;
se queda el veneno en tus lágrimas
se queda el abismo que se abre en medio de tu cama,
quedamos tus hijos, quienes, 
rehusando futilmente
a ser como tú,
terminamos pareciéndonos más a ti.
Me quedaré esperando a que seas
rosa de vida, rosa de sueños—
rosa de luz—
a que revivas el sol de mis manos—
a que liberes tu carga con un beso sobre mi frente—
pero el viaje es largo,
y para cuando la luz te reclame a sus dominios,
el Tiempo, tú y yo seremos, por fin,
uno hechos viento.


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