Ese era otro de nuestros miedos: que la Vida no fuera como es en la literatura.

Así confiesa Tony Webster, el narrador y protagonista sesentón de la novela The Sense of an Ending, merecedora del Premio Booker 2011.

Pero la vida es como la trama, el elemento invisible de la ficción, y que sólo es perceptible desde la distancia de la lectura culminada. Es la suma de memorias lo que al final nos hace novela. Y hemos de saber que, en ese hacernos, frecuentemente nos mitificamos, nos hacemos épicos y performativos. Frecuentemente, la manera en que recordamos las cosas no es exactamente de la manera que sucedió. Y eso es The Sense of an Ending: una novela del tiempo y la memoria.

Al inicio de la primera parte de la obra, que transcurre durante a adolescencia de Tony y su mejor amigo, Adrián, una maestra les pregunta: “¿Qué es la historia?”. Tony responde que es “las mentiras de los que triunfan”; Adrián -filosófico, brillante y elocuente lector de Wittgenstein- contesta que la historia es “esa certidumbre producida en un punto donde las imperfecciones de la memoria se unen a las deficiencias de la documentación”.

Memoria y escritura, como mundos paralelos que difícilmente aspiran a bisecarse el uno al otro.

La primera parte de la novela transcurre como esa visita al pasado, a Adrián y a la primera relación amorosa de Tony, Verónica, con quien termina luego de la primera aventura sexual. Al graduarse de secundaria, los tres toman rumbos distintos, terminando entonces Adrián como pareja de Verónica. Entonces, un día Adrián comete suicidio. Tony recibe una carta de manos de la mamá de Verónica, con 500 libras esterlinas en su interior, mientras que la chica se apropia del diario de Adrián y rehúsa dejarlo leer a Tony.

Y así quedan las cosas hasta cuarenta años después, cuando se revela el gran misterio que domina la segunda parte de la novela: Verónica lleva a Tony a visitar a un hombre con limitaciones emocionales y físicas. Es el hijo de Adrián, pero la madre no es Verónica, sino la madre de Verónica, producto de una aventura con el novio de su hija. Al final, Tony queda compuesto como una ironía circunstancial: termina dolido por su propia incapacidad de ver y sentir el dolor de otros.

A veces vivimos muy ocupados con nosotros mismos como para vivir el mundo en la amplitud de sus posibilidades. Somos incapaces de ver cualquier otra realidad externa a nosotros. Al grabar la experiencia en memoria, tendremos tan sólo una vista parcial de lo vivido, una subjetividad trunca que carece de equilibrio. Entonces, como una revelación, el tiempo y la edad y la distancia nos ilumina el pasado. Y no es lo que pensábamos que era.

Con un estilo más cercano a la ensayística, y de estructura esquemática, The Sense of an Ending cancela toda posibilidad de improvisación o de cultivo orgánico de la narrativa. Se trata de dilucidar el problema de encontrar sentido en la manera que hacemos sentido del mundo. En esa relación, el pasado es una ficción autobiográfica con ínfulas de informe parlamentario, como el mismo Barnes ha escrito antes.

¿Es interesante para el ojo, excita la mente o involucra el corazón? Cualquier sí, interesa. Es memoria en potencia.

Al final, Tony concluye que la historia no se comprende en las mentiras de los victoriosos, sino en la memoria de los que sobreviven, muchos de los que ni ganan ni pierde, sólo observan. 


El filme danza en un compás de imágenes exuberantes, un lenguaje casi estático que habla de la tristeza en su relatividad espesa, de la frustración reposada en la inevitabilidad, de un final que se acerca con toda la belleza de su horror. La música es más que apropiada: el “Trista und Isolde” de Richard Wagner, que compuso su drama musical impulsado por un desencanto personal y la filosofía de Schopenhauer, para quien la vida –como la concibe el budismo- era sufrimiento. El destino es amargo, intuimos según progresan las imágenes. La vida es dolor. Las protagonistas –Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg) se representan como víctimas de su voluntad.

Un planeta se dirige hacia la tierra. La muerte.
Lo que vemos es un preludio. Lo que vemos es el fin.

Melancholia, visión y dirección de Lars von Trier, es un poema cinematográfico, una pieza para ser apreciada en sí misma, indistintamente si aceptamos el hecho especulativo de un planeta errabundo que se acerca para destruir el nuestro o si lo tomamos como tonalidad metafórica.

Luego del preludio, el filme se divide en dos partes: “Justine” y “Claire”. Las ironías y las contraposiciones no son gratuitas: la primera parte comienza con la boda de Justine –celebración de la vida- y culmina en desastre; la segunda parte comienza con la esperanza que provee la negación de John (Kieffer Sutherland), quien ante la incertidumbre que agobia a su esposa, Claire, propone la certeza científica, y colapsa contra la gran verdad existencial: nunca lograremos conocer por completo la manera en que operan las fuerzas del universo.

Así, de primer ángulo, Melancholia es un filme del fin del mundo, del desastre, y de esos conocemos con el habitual desenlace heroico que reafirmará nuestra fe en la potencialidad de los humanos para superar su destino. Del variado catálogo, podemos mencionar Deep Impact, Armageddon y Meteor, que son, al final, narrativas confeccionadas para armonizar políticas exteriores desde el centro de mando que es Hollywood. Melancholia no nos engaña. No hay súper héroe ni mesías que nos rescate. Carece del final feliz.

Egoísmo, odio, traición, desencanto y depresión recorren por los personajes que se muestran enajenados de su desenlace.

Ante este destino trágico, ¿qué fundamenta la vida humana? La única contestación posible carece de explicación científica, y es que los seres humanos tenemos que vivir en relación con nuestro ambiente, que la vida es limitada y que la muerte es la única certeza. El ser humano se representa frágil. Confuso. Complicado. Como en la filosofía de Søren Kierkegaard, la subjetividad sostiene mayor preponderancia sobre la ciencia, en tanto la mente humana jamás podrá ser alcanzada por la ciencia objetiva. En ese sentido, la melancolía supone un reflejo del misterio de la interioridad del sujeto.    

En Anatomía de la melancolía (1517), Robert Burton ensaya el primer diagnóstico de lo que reconocemos hoy día como depresión severa. “La melancolía es el carácter de la mortalidad”, dice el autor. Para Sigmund Freud, que disertó sobre el tema, es un efecto de la pérdida. Por tanto, a medida que avanzamos más en el tiempo, mayor es la suma de nuestras pérdidas.

Stürm und drüng. Pietismo. Romanticismo alemán.

Para reponer las pérdidas, los humanos inventamos la poesía y las metáforas, dice Lezama Lima.

Melancholia es un poema.

En la escena final, ante el temor manifiesto por el hijo de Claire, Justine simula un juego con su sobrino y le promete construir una caverna, la cual erige, a manera de fuerte, con troncos de árboles. Cierra los ojos, le dice Justine, cuya depresión personal la inhibe de perder control. Claire llora. Melancholia, el planeta, llega y destruye la tierra.

Al final, perder la inocencia es comenzar a morir. 


La escena se asemeja a un vídeo musical de reggaetón. La cámara –en manos de un focalizador a quien nunca vemos- recoge las manifestaciones de los autodenominados «Capos» de Covadonga en respuesta a los comentarios de Sariely Rivera Santiago en el ya notorio vídeo donde la joven, junto a un grupo de amigos, quedan presos de las ráfagas de disparos de balas durante la celebración de despedida de año. Los rostros van de los capos no se ven: vienen encapuchados, mientras la filmación transcurre. El portavoz se dirige al país como un líder de estado. Agita las manos y habla en tono agresivo. A sus espaldas, otros encapuchados sostienen un cartel que lee “No más tiros al aire en Puerto Rico”. Lo intrigante del video es que el signo semiótico de mayor impacto es el lugar donde se filma: en exteriores, particularmente en las gradas de una cancha de baloncesto.

Somos espectadores, dice la composición gráfica.  Los disparos no los hicimos nosotros, dice el porta voz. Es puro PR, y no me refiero a Puerto Rico, sino a public relations.

Mientras el vídeo de la joven Rivera Santiago captura imágenes atrapadas en un espacio de encerramiento, los autodenominados «capos» respiran en los espacios abiertos. Aquí está expreso el orden alternativo que yo comentaba en mi anotación anterior. 

Los que hablan son los «capos», expresión popularizada por las mafias italianas y que significa «la cabeza», entiéndase «los líderes». Son cabezas sin rostro. Estos no son las caras lindas de mi gente, porque la ocultan. ¿Cómo tienen voz? ¿Quién los eligió jefes? ¿O es que se creen dueños de algo? Es un «trolleo» a la calma social, con la diferencia que la fanfarronería no es virtual y no se resuelve con un mero "block". 

«Este es mensaje es para ti, la que hizo el video», dice el portavoz: «nosotros no tiramos. Dime dónde hay alguien muerto en Trujillo (Alto), dime dónde hay un herido de Trujillo». 

Aparte de lo que se entiende como una amenaza personal, es una lógica forzada. Es un silogismo de lógica oportunista: hubo disparos, no hubo muertos: no fuimos nosotros, establecen los capos. O sea, ¿de haber muertos o heridos hubiesen sido ellos? En mi pueblo le llaman a este tipo de trampa retórica “pegarse el tiro en el pie”.

La bala es más rápida que el sonido.

Por supuesto, el hecho de los capos reclamen que no hubo heridos o muertos denota la magnitud de la estupidez. Dependiendo del calibre y del tipo de arma –y a menos que uno sea inexperimentado o idiota, nunca se dispara directamente en posición vertical-, una bala disparada al aire viaja entre 1 y 5 millas de distancia. O sea, la víctima de la bala puede que se encuentre alejada de las inmediaciones de la detonación y sin ni siquiera haberse enterado de que alguien disparó.

Y luego, las palabras que probablemente nadie ha pesado porque se repiten tanto a diario que van anidándose con comodidad en nuestra vida ciudadana: «Las reglas de la calle son de la calle… el que rompa esas reglas, pagará las consecuencias».

Es otro mundo. Son otras reglas. Es otro orden. Por tanto, es tanto negación y rechazo del presente estado social de las cosas. Y no se trata de convivir con las maneras estipuladas y aceptadas en nuestro contrato social. Al parecer, ellos tienen otra propuesta. Y el que no esté de acuerdo, «pagará las consecuencias».

Y ahí los tenemos.

¿Qué es lo próximo? ¿Cargarse a todo el que disienta? ¿A todo aquel que no esté de acuerdo? ¿A todo aquel que no les dé la razón?

Los capos de Covadonga cibernéticos; los capos mediáticos; los capos del terror, son parte de lo que hemos construido.

A ver cómo bregamos con ésta. 


Nota: El video que daba pie a esta anotación fue removido por sus creadores, lo que comprueba, nuevamente, los planteamientos vertidos en mi escrito.

El video se asemeja a una escena de The Blair Witch Project. La cámara –en manos de Sariely Rivera Santiago, la narradora focalizadora- recoge las escenas de una modesta despedida de año entre amigos que de pronto se encuentran rehenes de una balacera. Los rostros van desde el miedo hasta el estoicismo, mientras la filmación transcurre mientras apenas faltaban cinco minutos para recibir el nuevo año 2012. Lo intrigante del video es que el signo semiótico de mayor impacto no se registra en el campo visual, sino que recurre en el sonido del vídeo: las ráfagas invisibles, pero presentes, que se disparaban en las inmediaciones de la residencia donde transcurre la escena.


Lo que vemos cobra tenebrosidad en tanto lo escuchado.

Afuera, en el espacio público, unos gatilleros anónimos (se reconoce, por el overlapping de las ristras, que es más de uno), dispara sin condición de respeto por la ciudadanía; adentro, en el espacio privado, ni el encierro ampara la sensación de seguridad.

Es la mejor representación del presente estado de desarticulación social que vive Puerto Rico, porque es una apuesta al desorden. En efecto, si bien el orden es jerarquía y distribución, el desorden es alterar lo prevaleciente.

Este es el país que todos hemos construido.

Y hasta aquí llegamos tras varias campañas de concienciación y servicio público que comenzaron hacia fines del año, articulando slogans, atropellando sintaxis y recurriendo a los principales medios de comunicación del país para hacer llegar un mensaje común: el cese de los disparos de bala al aire raso.

Y como la amnesia de Hermes (el dios mensajero), las palabras se desvanecieron en el aire.

En una entrada anterior, Violencia, miedo y arte, ya yo había expuesto que las palabras habían perdido su sentido efectivo. Y una vez más, el vídeo evidencia quién posee el verdadero control de nuestra vida pública e íntima.

La razón es menos obvia de lo que parecería, porque conlleva atravesar la cultura, no arroparse con ella, para entender que se trata de un disloque absoluto de los conceptos de moral y ética ciudadana. Se trata de que experimentamos una colisión de fuerzas en un país donde los proyectos de formación y educación ciudadana yacen estériles ante sectores dominados por la satisfacción inmediata y su facilitador principal, que es el narcotráfico, abriendo así una ventana de igualdad social para aquellos que aspiran al ideal de felicidad que la Constitución de los Estados Unidos, en su poder colonizador, les prometió pero no cumplió, como “derecho inalienable”.

No, no todos los hombres son iguales.

Y hay mucha rabia.

En primera instancia, todos aquellos que nos hemos indignado ante la situación de anarquía en el país, tranzamos el juicio en base a los conceptos de moral y ética que hemos entendido como buenos y aceptables para el bien general. Mas, ¿acaso carecerán de moral estos gatilleros, estos instigadores del caos y el temor? Y en todo caso, ¿acaso nuestro bien no cuesta la infelicidad de otros?

Se trata, absolutamente, de una nueva reversión de valores en la que el mundo de los narco-gatilleros ha pasado a representarse como valoración de un micro-mundo: son otros principios, otras reglas, otros fines los que prevalecen con arraigo tan probadamente sólido como lo es la ley del silencio: nadie nunca sabe o ve nada.
Delatar es traicionar. La traición, entonces, se recalibra en una nueva escala, pero persiste como un valor incorruptible. Y esto es sólo un nimio ejemplo.

No queda duda que no hay tal cosa como valores naturales, porque nada precede a la corruptibilidad del lenguaje, que es el medio de mediar con la realidad; mas nunca es la realidad misma. Todo es metáfora. Por tanto, por moral, que es la conciencia que tiene una persona en torno al alcance de sus actos, es cambiante y arbitraria.
La perspectiva de lo que es maldad queda de parte del que objetiva u observa.

Para los ciudadanos de este sub-mundo, lo que constituye el bien de ellos representa nuestro padecimiento y sufrimiento, un principio explorado por William Blake en El matrimonio entre el cielo y la tierra: la lucha entre la Razón y el Deseo.

El necio no ve el mismo árbol que el sabio, dijo Blake, si tan solo para hacernos preguntar: ¿Quién es el necio? ¿Quién el sabio? ¿Quién enuncia y desde que postura?

Habrá tantas morales como ciudadanos y comunidades, pero sólo una puede imponerse. Esta situación es una irónicamente equívoca relación con la cultura que los crea, los condiciona y los forma. Y el peligro vivo en esta situación es que, siendo la cultura un ente activo, se encuentra en proceso de adhesión de otros valores que no necesariamente aceptamos como válidos, pero no por eso se precisa su inexistencia. Lo contrario a esto es establecer que la cultura del narco y sus comunidades (imaginadas o no) no son parte de nuestra cultura, y volvemos al inicio de la rueda: la propuesta de exclusión y selección donde unos serán mejores que otros. Y al final, Puerto Rico no es, no fue, no será una sola cosa.

Ya lo dijo Frost: dos caminos divergen en el bosque…

La alegría fecunda, pero el dolor da a luz.

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