Poemas dormidos podría ser un título preliminar para las tres colecciones de poemas que guardo sin que nadie lea. Una de ellas viene corriendo como desde el 2004; las otras dos son posteriores a Ensayo del vuelo (escrito en 2008 y publicado en 2012). A fin de hacer algo con ellos, la revista digital La Tertulia de los Cuervos ha publicado "des(h)echo de poemas".

"Los Cuervos expresan las ideas que rondan por su cabeza en busca de palabras que armonicen en una tarde nublada, una fría madrugada, en un día soleado o en medio de una tormenta…"

No queda mayor satisfacción que ver la poesía ensayar su vuelo hacia otras sensibilidades.

La Tertulia de los Cuervos transita por San Miguel de Allende, Ciudad de México, Querétaro, Guadalajara y corre por "todo lugar a donde el viento lleve las palabras de poetas que son y han sido inspiración de este movimiento".

El colectivo goza de un podcast que se transmite los lunes a las 7pm (las 5 en Puerto Rico) y titulado aptamente "Tertulia Los Cuervos Radio".


Los Cuervos son, según ellos mismos admiten, un movimiento cultural que se adentra en la transmodernidad: por un lado, honra la producción literaria de poetas que les anteceden; por otro, manifiestan un proyecto de difusión cultural transnacional para la difusión de la poesía contemporánea y de autores noveles. En fin, aspiran a aunar “las palabras sueltas de cada Cuervo que se encuentran bajo tierra y se unen para devorar Cadáveres Exquisitos, al final, se graznan historias que volaron perdidas para encontrarse en la incongruencia.”

De los demás poemas que acompañan a "des(h)echo de poemas", ya veré qué hago con ellos.

La Tertulia de los Cuervos la acceden aquí.


En los tiempos de la cibernética, mucho se ha hablado sobre el malestar de la piratería, e incluso varios autores que conozco me han manifestado que su principal temor hacia la oleada de plataformas electrónicas es ver su obra reducida a copias de copias de copias. En la industria de la música, muchos artistas parecen haber hecho las paces con el hecho de que no vivirán de la venta de discos compactos, sino de las presentaciones públicas que hagan para tocar su arte. Por ello, el mayor enemigo de los artistas no es la piratería: es la oscuridad.

Cuando transponemos el tema a los libros, el asunto no parece tan sencillo. El único género intocable por el capitalismo y que se pudiese prestar a giras o presentaciones es la poesía, y aparte de conseguir vender unos cuantos libros, el poeta nunca espera un cheque al final de la lectura.

De ahí que al escritor necesariamente tenga que convivir con una realidad dual: la del libro en soporte electrónico y en papel, sin que una suponga la desaparición de la otra.

Pero, ojo: oído en tierra todo el tiempo.

A fin de cuentas, la crisis ha golpeado duro a la gestión editorial alrededor del mundo, y se prevé un alza mayor en las ventas de libros electrónicos, como se ha registrado tanto en España como Estados Unidos, las dos mecas productoras de libros en español y en inglés, respectivamente.

Cualquier gestión para divulgar la cultura es loable. Y cuando se trata de librerías, ya no basta la formula tradicional de vender libros exclusivamente, sino que se advierte el llamado a la imaginación para que pierdan su hálito de mezquita. Ya no bastan las presentaciones ni las lecturas. La librería contemporánea es un café, un espacio cultural para la socialización, un teatro, un bistro y hasta un bar.

Michelle Chevalier, coordinadora de proyectos de la Confederación Española de Libreros, dice que las librerías deben apostar incluso a lo más extravagante. En el artículo "Las librerías se reinventan a golpe de ingenio", publicado en 20minutos.es desde la laptop de Adolfina García, Chevallier recomienda "acuerdos con bodegas para que hagan un vino relacionado con los libros y ambos negocios se publiciten el uno al otro; o escaparates específicos para promocionar un libro en colaboración con el restaurante de enfrente, que elabora un menú sobre esa novela".

Incluso, las librerías han comenzado a agotar su catálogo con ventas de libros por kilos, pero a pesar de otros esfuerzos, como mantener un fondo editorial sólido, la atención personalizada, los escaparates ingeniosos y provocadores, ninguna librería sobrevive sin presencia en la Internet. 


El más reciente esfuerzo proviene de manos de los editores de Eterna Cadencia, editorial argentina que junto a una agencia de publicidad han desarrollado El libro que no puede esperar, publicación en soporte de papel impresa con una tinta especial que, al contacto con el oxígeno, comienza a desaparecer. 

Su tiempo de duración es de dos meses y la postura que articula el proyecto es el de comprometer al comprador con la lectura del texto antes de que se disuelva en el aire. Pese a que personalmente no le concedo otra virtud que la de comprar el libro y nunca abrirlo, para así conservarlo como pieza de colección (lo que contraviene al mismo principio de hacer que se lean los nuevos autores), el mero hecho de que el atractivo publicitario se convierta en metonimia de la pérdida de la cultura de los libros me parece genial. 

El asunto es salir de la oscuridad, aunque sea para llegar a la liminalidad de la memoria.

Incluso, uno de los desencantos que llevó a mi retiro como editor de libros fue el asunto de la limitación de puntos de ventas, esa inefable realidad que lleva a las editoriales a hacer tiradas de 50 en 50, algo para lo cual, francamente, no me entrené profesionalmente.

Así, en Puerto Rico, el anuncio de la llegada de Librería Libros AC a la zona de San Juan es una noticia que acontece con los brazos abiertos. El amigo Samuel Medina, gestor de Agentes Catalíticos, revista y proyecto editorial, es el principal cerebro en esta nueva empresa que promete alimentar el hambre de libros de aquellos lectores que necesariamente no son el público del circuito de las librerías académicas. 

Libros AC no sólo será librería; será barra y bistro. Un gran acierto, sin duda.

Como dice su publicidad: se trata de leer, comer y beber. Enhorabuena, que el resto llega.



Alberto Santos Dumont



mi reino
no es
de la
tierra
tampoco

aquí,
en lo alto,
por primera
vez,
aspiro a la
la ingeniería
de las aves

deleite
maravilla
intoxicación

movimiento
diagonal
libre

el sol
agrieta
las nubes
y la luz
se dispersa
en una refracción
de colores

arreo
las
curvas
y espirales
del viento,
y danzo
con la
eternidad

aquí, en lo alto,
cierro los ojos
y las palabras
se aquietan
en mi boca

Foto de Santos Dumont: US Centennial of Flight Comission


El profesor de la Universidad de Massachusetts en Amherst, Daniel Nevarez Araujo, escribió un ensayo sobre Correr tras el viento para la revista Sargasso, cuyo editor es Don Walicek, y cuyo próximo volumen saldrá seguramente a inicios del año entrante. El doctor Nevarez ha tenido la gentileza de hacerme llegar, coda a su escrito, una reseña de mi novela. Para enterarnos de lo que dice Nevarez en su ensayo, tendremos que esperar; la reseña, sin embargo, se consigna aquí:


»In Elidio La Torre Lagares’ latest novel Correr tras el viento, an ex-convict by the name of Brad Molloy opens a shop which serves as the ideal front to what is actually the business’ true purpose: the sale of aphrodisiac-spiked chocolate truffles known as San Juan Sour. One day, while longing for his lost love, the elusive Aura Lee, Molloy’s newfound stability is shaken when an unknown man who walks into the shop dies of a overdose from one of Molloy’s chocolates. Soon we learn that the case the man died clutching carries a valuable Stradivarius many are after. Amidst all the threats, proposals, and acts of violence that follow, Molloy finds out that one of the players after the violin is Paco Juarez, a illicit arts dealer who happens to be Aura Lee’s current husband. Finding himself with renewed access to Aura Lee, Molloy pulls all the strings necessary to reclaim Aura Lee and get out of his illicit ways for good.

His first novel since 2004’s Gracia, Correr tras el viento exhibits a more straightforward mode of telling. While both stories could seemingly inhabit the same Puerto Rican milieu at a same moment in time, their concerns are markedly different. Gracia was all about the battle of and for faith; now in Correr tras el viento, the story has moved into an existential plain beyond the possibility of a god, forcing Molloy to accept his fate in a godless world where even art, as signified by the violin, is empty and commodified. The tone La Torre utilizes in his depiction strikes a balance between the humor found in a Don DeLillo novel and the disillusionment one would find in a Cormac McCarthy work.

The book reads like a work straddling various realms; from the crime fiction of a Chandler, to a narrative style of a Tarantino film put in print, ending at a nexus between the Magical Realism and lo real maravilloso. One can even find a nod to Cervantes in the narrative’s quest-like mode and in Dolo’s Sancho-like interventions. It is these margins and their interconnectedness that give the novel its charm.

La Torre exploits the Puerto Rican political and cultural characteristics at times with great virtuosity, having his characters voice a myriad of preoccupations, one even going as far as calling the island “la isla de desencantos.” La Torre has always found a way to imbue his characters with the capacity to voice the general malaise of the Island’s inhabitants, often times providing the occasional jab at the Island’s colonial status and the identity problems this might carry.

However, that which is the strength of the novel, also becomes its weakness. The straddling of margins, while most of the time effective, often times becomes distracting, as in moments where the narrative voice seems inconsistent. The colloquial speech found in some of the exchanges between the characters sometimes feels out of place, especially when considering that the author has established a particular voice, with characters often quoting Nietszche, Camus, or breaking into French. This shifting speech can have the effect of alienating the reader, causing one not to feel anything for its characters.

Still, Correr tras el viento succeeds in its portrayal of “a myriad of texts converging one with the other, as the juxtaposition of histories that have nothing to do with the other…” (218), but which are playful enough to engage its readers. The ending will surprise those unacquainted with La Torre Lagares, but will elicit a knowing nod from those who know of the writer’s magical tendencies.

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