Cuando recibió su carta de cesantía del Departamento de Educación, a consecuencia de la nefasta ley 7 del 9 de marzo de 2009, Carlos Cruz Rivera tuvo que sentir, de seguro, rabia, frustración y tristeza. Y pudo haber sido uno más de los 30,000 ciudadanos afectados por el presunto estado de emergencia fiscal en el que nos hemos visto en los últimos tres años, hasta que su caso adquirió tonalidades de canallada superlativa. Justamente en plena campaña eleccionaria, salió a relucir que Cruz Rivera padecía perlesía cerebral.

No lo supimos antes. Nos lo dijeron con el tiempo medido, días antes al debate entre los candidatos a la gobernación de Puerto Rico.

Por ello, me siento absolutamente tentado a admitir que, indistintamente de la injusticia que confiere despedir a un discapacitado, la historia de Carlos Cruz Rivera se ha convertido en la más reciente narrativa sentimental.

Anoche lo vi en entrevista televisiva una vez terminado el mencionado debate, al cual él asistió y dónde fue objetivizado como eje de los cuestionamientos con los que el candidato Alejandro García Padilla  enfrentó al gobernador Luis Fortuño. «Pídele perdón», le increpaba García Padilla a su principal adversario. «Míralo, no seas cobarde».  Cruz Rivera estuvo de pie todo el tiempo. Las cámaras tomaron en close-up al hombre hecho símbolo de todo un país abatido.

En una entrevista para el diario PrimeraHora realizada por Jayson Vázquez Torres, Carlos admite que, cuando comenzó la escuela, fue ingresado a la corriente de desventajados física y académicamente, «pero cuando se percataron de mi intelecto, se hace una recomendación a mi madre para pasarme al salón regular».

La condición de Carlos, entonces, no intercedía con su aprovechamiento escolar. «Su impedimento físico nunca afectó su intelecto», dice el reportero Vázquez Torres.

Los problemas de Cruz Rivera, no obstante, fueron otros: el rechazo, la marginación y el estigmatismo que se añade al ser uno diferente. No empero, terminó la escuela superior e ingresó en la Facultad de Economía de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Cayey, donde obtuvo el grado en 1996. Luego de eso trabajó por diez años con una companía de seguridad, la cual abandonó para solicitar el puesto que perdiera en el 2009.

Y aquí llega la reversión del signo.

Antes de perder el empleo, Carlos Cruz Rivera era –y debe ser– ejemplo de un ciudadano que se levanta ante la adversidad y triunfa. Solamente hay que mirar a los índices de deserción escolar para saber que ha logrado más que cualquier otro individuo con todas sus capacidades físicas y mentales en registro.

Pero no.

Ayer observé no sólo como Cruz Rivera era transformado en la metonomia del país enfermo y sufrido, sino también como se narratizaba un situación personal en el deterioro de todo un país.

Como apunta Juan Gelpí al indagar sobre La charca de Zeno Gandía en su insuperable obra Literatura y paternalismo en laliteratura puertorriqueña, se trata de la figura de la enfermedad como motivo y como metáfora, la presunta enfermedad nacional que «delata la existencia de un discurso, de un espacio ideológico y textual», desde el cual, en el caso del debate de anoche, se articula una narrativa destinada a descorazonar al narratario –que somos a quienes va dirigido el mensaje.

La imagen que se pretende plasmar de Cruz Rivera tiene antecedentes: similares acercamientos acontecen en Antonio S. Pedreira y René Márquez. Inclusive, la hidrocefalia de El Nene, el hijo de la China Hereje y el Senador en la Guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez, por ejemplo, supone un ELA agotado que muere atropellado. Son imágenes, que como señala Gelpí, han pasado a ser metáforas del colonialismo.

Lo peor es que el ejercicio de utilizarlo como metonimia de todo un país, la maquinaria ideológica incurre en lo mismo que Cruz Rivera alega haber padecido: marginación, rechazo y estigmatización.

En otras palabras, lo que hace el despido de Cruz Rivera una tragedia no es que él haya perdido el sustento de su familia, sino que el individuo es considerado inferior al resto de la población.  En un acto de falso filantropismo, la maquinaria ideológica piensa que su discurso es caritativo, misericordioso, humano.

Pathos. Vaya hipocresía. Es un acto enunciado desde el elitismo y la discriminación, porque ejerce un juicio de separación y diferencia sobre el sujeto. La víctima de una injusticia es convertida en literatura. 

Que conste: Carlos Cruz Rivera es un ser humano excepcional. El hecho de que está en trámites para abrir su propio negocio es otro signo de que el hombre no se rinde. 

Por desgracia, ha sido convertido en la más reciente metonimización de la condición puertorriqueña actual. Simplemente se trata de acorralar la parte no racional, que es el sentimentalismo, y comprarnos con tristeza, o peor, con autocompasión. En la medida que se fija a Cruz Rivera como imagen y semejanza de un país desgraciado, no queda otra manera de ver esto. 

Por si preguntan, así es que se construye una narrativa sentimental. 



La localidad de Zaragozana de Borja nunca pensó tanta notoriedad.

El impacto fue inmediato y no tiene uno que ser conocedor del arte para apreciar el estruendoso rococó del eccemono, como se le ha llamado al palimpsesto plástico que Cecilia Jiménez impusiera sobre el eccehomo, un fresco que Elías García Martínez pintara en el siglo XIX en columna de la Iglesia del Santuario de la Misericordia. Jiménez, quien alega que su única intención era restaurar el original, ha levantado, así, sin querer, nuevos cuestionamientos sobre la teoría del arte.

El eccehomo de Cecilia es un hipotexto, del modo en que Homero se debe a Virgilio. Primitivista y audaz, el eccehomo de Cecilia pretende llevar el decorativismo eclesiástico a una dimensión narrativa que por fin haga sentido. Todo ha cambiado: la mirada del Cristo original ya no se tuerce hacia el infinito implorando compasión, sino que ahora mira al espectador, creando un ánimo de intimidad. Sobre todo, la cualidad más atractiva de la pretendida restauración es el hecho que las facciones caucásicas del Cristo han sido transformadas por características un tanto simiescas. Un planteamiento contra la teoría creacionista, han reclamado algunos medios.

La comunidad de Borja ha manifestado indignación por el acto que entienden como un ejercicio de irreverencia. La pintura, que ni siquiera estaba catalogada, se encontraba visiblemente deteriorada, un resultado de la combinación entre olvido e indiferencia y Cecilia simplemente se ofreció a restituir lo que el tiempo le había cobrado a la obra. El resultado final, para la sorpresa del mundo, provoca más efecto de un grafiti de un joven rebelde que las buenas intenciones de una devota pintora de ochenta años de edad.

El saldo de todo este maravilloso entuerto es que Cecilia ha dado al mundo una reinterpretación de la pintura original y con ello ha plantado la huella posmoderna.

Jeff Koons, el maestro del arte banal, no tiene nada que buscar ante Cecilia.

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¿El resto del ensayo? Pues lo acaba de publicar Otro lunes, Revista Hispanoamericana de Cultura, en su número 24, de septiembre 2012, año 6. Lo pueden leer aquí. 
foto: @PulpShakespeare

De pronto, las historias comienzan a parecerse a todo los años 30, cuando el whiskey todavía era ilegal y Hitler era un autor best-seller. 

Luego de la infusión de publicaciones que se da al mundo durante las primeras dos décadas del siglo XX, en las que Puerto Rico incluso promovió siete movimientos de vanguardia, la industria del libro se enfrentó a un reto superlativo cuando gran parte de la población mundial se encontró devastada por el desplome de la economía. En su posicionamiento como producto cultural, el libro era un lujoso objeto de consumo para aquellos privilegiados que gozaban de poder adquisitivo y que se distribuía a través de un circuito de pequeñas librerías. En el concepto de alta cultura mediaba tanto quién escribía como quién consumía el texto. Mas al ser impactadas, muchas de estas librerías se vieron forzadas a cerrar sus puertas mientras las calles se poblaban de pobreza.

Simon and Shuster, en aquellos días de devastación financiera, ideó el mecanismo de la devolución para aliviar el peso de los libreros, quienes entonces ya podían adquirir la mercancía y devolver aquellos ejemplares no vendidos a cambio de un crédito. Este sistema aún impera en el negocio del libro, por lo que podríamos argumentar que el mundo del libro en el siglo XXI aún depende de estrategias económicas del siglo XX.

Pero la necesidad es la madre de la invención, dijo Platón. 
La literatura pulp encontró su momento. 

Había otras historias que contar. Otros espacios que construir.

El pulp, o pulpa, es un tipo de papel poco refinado, hosco, generalmente bajo en costo, que, dadas su características, era idóneo para la impresión de libros y revistas de baja calidad, y por ello admitían un precio accesible. Dados sus bajos costos de producción, un autor que hoy clasificaríamos como de “alto riesgo” podía publicar su obra con poco margen de pérdida. Generalmente, el autor trasgresor, el que pulsaba a destiempo contra el establishment, era el beneficiado.

Probablemente, de modo conceptual, las publicaciones pulp trazan sus orígenes a principios del siglo XIX, pero no es hasta que un ambicioso editor llamado Frank Munsey descubre en 1896 una manera de abaratar costos y masificar la literatura como entretenimiento y edita Argosy, que, hoy día, junto a Adventures, Short Stories y Blue Book, constituye una de las revistas pilares de la plataforma.

Ya en plena recesión mundial, Munsey buscaba una manera de llevar entretenimiento a las golpeadas clases sociales que, dada la debacle laboral, contaban con demasiado tiempo de ocio. Es entonces que la literatura de imaginación, la ciencia especulativa, el cuento detectivesco, el Western y los romances adquieren un público lector masivo. En efecto, el narratario determina el texto, por lo que nuevas políticas editoriales apuntaban a resaltar textos de lectura fácil y ligera: oraciones cortas, párrafos de pocas oraciones con claridad de idea, personajes de interés humano y conflictos descifrables. En fin, todo lo que la crítica rigurosa del momento deploraba.

El pulp se convirtió en el principal medio de entretenimiento para las masas aburridas y desempleadas. Ray Bradbury, Isaac Asimov, William Burroughs, HP Lovecraft, Philip Dick y Agatha Christie son tan solo algunos de los nombres que dieron a conocer su firma en las publicaciones pulp. Dos acontecimientos particulares, no obstante, interrumpirían el ascenso de la línea editorial: primero, la Segunda Guerra Mundial, que encareció el proceso de publicación; y, segundo, la llegada de la televisión, en la cual muchos de los autores pulp modularon hacia programas como Amazing Stories y Twilight Zone.

Y todo parece 2012. 

Si bien la literatura pulp se desarrolló predominantemente durante una época donde la palabra escrita era el indisputable alto decir del lenguaje, la modalidad migró a la radio, la televisión y el cine, propulsada por las condiciones sociales y económicas de la época.


si bien le debemos mucho al Pulp Fiction de Tarantino, también podríamos argumentar que condiciones similares a las señaladas han sugerido el auge del pulp literario como libro electrónico durante la segunda década del siglo XXI. El colapso económico, la falta de empleo, y la democratización de la tecnología ciertamente han hecho que gran parte de nuestra experiencia de vida concurra en la Internet. A todo esto, a crisis financiera post 9-11 ha sumido a las empresas culturales de la palabra impresa en precarios planes editoriales en los que se ha recurrido a todo, desde tirajes más cortos hasta limitar las adquisiciones anuales de originales, puesto que las plataformas electrónicas han avanzado a una velocidad mayor que la tradición. Las redes sociales, los blogs y las plataformas electrónicas han sacado al pulp de su altar de polvo en el diván, y hoy día una nueva camada de escritores apuesta a ganar lectores de historias de vampiros, zombies, fantasía, ciencia especulativa y hasta soft-porn.

Dicho de otro modo, el cambio de contenedor del texto no tan solo ha logrado abaratar el precio de acceso al libro, sino que ha permitido que la toma de riesgos sea mayor y consecuente con un amplio espectro de posibilidades. Tal es el caso del fenómeno editorial de Fifty Shades of Grey, de la escritora E.L. James, el cual, indistintamente de cuáles sean sus atributos literarios, o en su defecto, la falta de ellos, nunca hubiese sido publicada tan solo diez o quince años atrás.

Pero lo que me interesa de James es la locura del método: la novela fue destilada a través de su laboratorio de fanfiction dedicado a Twilight, otra obra literaria de dudosas cualidades pero que todos conocemos como un éxito de ventas. (El fanfiction es casi un género en sí mismo ya, puesto que se trata de un hipotexto basado en personajes, libros, ambientes, temas -entre otros elementos-, que desprende de otra obra anteriormente conocida). Sus primeras apariciones fueron en tinta digital a través del blog de la autora, como autogestión editorial. Y así, la literatura erótica se convierte en género de amplio consumo, aunque la historia no deje de ser una reinvención de otra obra más polémica en su momento: The Story of O (1954), de Pauline Reage (alter ego literario de Anne Desclos).

La formula de obras como la de James no es nueva: lectura fácil y ligera: oraciones cortas, párrafos de pocas oraciones con claridad de idea, personajes de interés humano y conflictos descifrables.

En la Argentina acaba de nacer Saqueos en Greiscol, una colección del sello Clase Turista, que da a prensas cuatro títulos de literatura pulp con el fin de reivindicar los injustamente llamados “subgéneros” literarios. Breves y de acción efectiva, estre los títulos se menciona "El tucumanazo" de Esteban Castromán, "Tony" de Jorge Chiesa, "Las mellizas del bardo", de Hernán Vanoli y "El cañón de Vladivostok" de Gerardo Salinas, en el que “la sintonía narrativa va de la mano del "elsewhere" o, simplemente, qué sucedería si se extrapolara un mundo en otro”, según señala el parte editorial.

Este esfuerzo se suma a las historias de zombies. Vicente García, editor de Dolmen, casa editorial española, afirma que, en lengua hispana, todo comenzó con Apocalipsis Z, de Manuel Loureiro, con la trilogía de Los Caminantes de Carlos Sisí, y la tetralogía de Apocalipsis Island del propio García, quien afirma: “Eso significó el despertar de un público latente que estaba ahí desde hace tiempo esperando encontrarse con libros de zombis”. Lázaro González-Pérez De Tormes tiene a “Lazarillo Z. Matar zombis nunca fue pan comido”; Juan Ramón Biedma, “Antirresurrección”, y J. L. T. L. (seudónimo de José Luis Trueba) pronto dará a prensas Una novela de amor, zombis y desgracias cotidianas.

Hace unos años, ya la revista cibernética Derivas recopiló una serie de escritos bajo el nombre de Derivas Pulp, antes incluso que la novela negra en Puerto Rico se convirtiera en trend local.

En la mayoría de los casos, estos libros, como el caso de Fifty Shades of Grey, son adquiridos desde la intimidad de la tableta, donde ningún snob que merodea las librerías con sentido de superioridad, pueda mirarle por encima del hombro. 


Y a mejor precio. Como todo un e-pulp.

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