El deseo es la única potestad que ejercemos sobre el destino, porque lo sugestiona. Lo que se desea se busca, y la búsqueda es el camino. El deseo nunca es el logro, sino la fuerza de lograr. Es la motivación inamovible que suscita el movimiento de todo. Por eso, escribir sobre este es recontar lo que transita, lo inconcluso- apalabrar el trayecto, recalcar en la discontinuidad. De modo que, más que una cosificación, el deseo enlaza el objeto con el sujeto que anhela. En su inevitabilidad, se torna inoculante. Contagioso. La plaga primigenia. Alcanzar el objeto del deseo, es conquistarlo, superarlo. Por tanto, encierra una relación de poder y sumisión. El deseo convida la presencia de una ausencia.

El libro Plagas del deseo, de Moisés Agosto, llama a todas las consideraciones anteriormente expuestas en un exquisito libro de relatos cortos donde el deseo es el protagonista invisible, el hilo que corre tras la fina aguja del escritor -el que hila el textil, el texto- donde las palabras, ante su frustrante incapacidad de abarcar la realidad inmaterial, se rinden en boca y acción de los personajes. Es una de las limitaciones más precisas de la buena escritura: nunca se dice todo. Así de impreciso.

Es, claro, de artistas con profunda conciencia de la palabra saber amasar metáforas que intenten mediar la materialidad del deseo –escribir, en un mundo posthumanista, es inventar-. Por eso, callan más los cuentos de Moisés que lo que dicen. Es la virtud de la brevedad. Y es sabio dictar con el silencio que uno es dueño de lo calla, y esclavo de lo que dice.

Del deseo en los cuentos de Moisés, podemos decir que es como el Avalokiteśvara del budismo tibetano: tiene once cabezas y mil brazos para atender y alcanzar a todos lo que le necesitan. Son once los cuentos en Plagas del deseo: son múltiples sus brazos. Es precepto primordial en el budismo afirmar que la fuente del sufrimiento es el deseo. En la medida que lo superamos, nos liberamos en remansos de satisfacción, que solo atraerá su opuesto.

Las formas que toma el deseo en el libro de Moisés son múltiples. Se desean cuerpos, se desean abrazos, se desea el pasado, se desea una nueva vida, se desea desear.

La espacialidad en los cuentos de Moisés se desplaza: va de Santurce a Holanda, pasa por Nigeria, Camerún, Colombia y Estados Unidos, pero es en la geografía del deseo, vaciada de tiempo, ese otro anhelo que los humanos intentamos conquistar, el plano de existencia común de los personajes. Como una paradoja, el hambre del cuerpo y el tiempo son obligados a coexistir por la represión del estatuto moral, sobrellevado consecuentemente en estos relatos por la presencia de la religión. Así, Tayo, el ministro del cuento “Durmiendo con la mujer del pastor”, decide acallar sus impulsos sexuales por un año y hace voto de abstención sin notificar a su mujer, Jane. La esmerada esposa conflagra de ganas por sentir el cuerpo de su esposo esmerarse en ella.

Quiere sentir y ser sentida. Quiere ser trasgredida, tocada, penetrada.

Jane no asentirá por mucho tiempo al orden adelantado por la razón moral e irá persistiendo en la flaqueza de su hambre. Irónicamente, llega a su casa una tarde Berta, quien ha enviudado recientemente y, según el ritual de luto en su aldea, debía pasar 40 días alejada del resto de la congregación. Berta sería liberada y restituida en sus derechos de acostarse con quien deseara una vez culminara el período establecido, el cual clausuraría con una violación orgiástica por los aldeanos viriles. Berta y Jane, con sus respectivos contextos de vacuidad, alcanzan a entenderse la una en la otra y abrazan una relación de intimidad. Al final, el cuento asume un tema del transhumanismo Burroughsiano en novelas como The Nova Express o The Wild Boys: el de la felicidad posible en relaciones de parejas iguales. De este modo, Tayo, en su creencia de que su voluntad ha triunfado sobre el cuerpo, incita a los otros hombres de su congregación, llamada La Embajada de Cristo, para que abandonen el sexo con sus esposas. Las mujeres, por su parte, crean “La Brigada de María”, una orden donde solo las mujeres compartirían entre sí. Queda sugerido, entonces, que la plenitud de los cuerpos será alcanzada, tras el hipócrita disfraz de la misión religiosa, entre parejas del mismo sexo.

Desear es punible. Reprensible. Reprimible.

Nada más veloz que la velocidad del deseo, sin duda. Es una traslación violenta. En el relato “Las Torres del Parque”, vemos como el hambre particular subraya las condiciones egocéntricas del deseo que su consume como un fin en sí mismo. En la “Colina de la Deshonra”, Esteban acude una noche en búsqueda de sexo anónimo. Borracho y excitado, el hombre se une al acto que sostiene Angelito, un joven de finos trato con la boca y las manos, con un policía que frecuenta el lugar. El joven pronto deriva preferencia por Esteban, lo que provoca la incomodidad del policía, quien entonces ataca a Angelito. Esteban lo rescata, lo lleva a su casa y establece una vida con él. Pero al tiempo, Esteban, que es banquero, se siente presionado por los saberes de su trabajo así como por el hecho de que sus compañeros desconocen que él es gay. Desesperado, acude a la Colina nuevamente, donde se encuentra, nuevamente, intercediendo en como tercero en un acto sexual. Sin saberlo, o reconocerlo, resulta que uno de los implicados es el policía agresor, que garantiza el libre flujo por el lugar mientras él reciba su favor a cambio. Entonces, procede a golpear a Esteban. Culmina el relato cuando el policía llama a Angelito para cumplir con una cita previamente acordada. Angelito nunca se dio entero a Esteban, y lo contrario tampoco ocurrió.

Queda así atado el tema de la autoridad de doble moral que inventa un orden y vive otro. Es la antitética relación de lo público y lo privado, en la cual media el deseo de poder como distancia entre el uno y el otro. De manera similar, podemos ver que en el relato final, “Soltando nudos”, prevalece nuevamente un guardia de seguridad –representante del orden, de los intereses del estado ordenador, los ojos del panóptico- que violenta y hostiga a los jóvenes homosexuales, como un placebo para su propia homosexualidad negada como imagen pública, pero acogida en sus debilidades íntimas. La violencia del guardia obedece a su deseo de destruir aquello que le recuerda su verdadero ser y sentir.

Igualmente, el tema de la religión que observa benévola pero servida a sus propios intereses se repite en “Entreé 8 Eme”, relato en el cual, al igual que el de “La esposa del pastor”, la iglesia es un vórtice de confluencias, un punto común, una designación espacial para los encuentros. Pero también apela al recinto de paz espiritual. Y en cierto modo, si en “La esposa del pastor” la paz espiritual llega en conformidad con el aplacamiento del deseo carnal, en “Entreé 8 Eme” llega a modo de conciencia tranquila. En esta narración, Isabelle delega la custodia de su hija al Padre Bernard. “No sé adónde llevarme mi historia y las palabras no me sirven de mucho ante el dolor que me confunde”, le confiesa Isabelle al pastor. En sentido de culpabilidad, ese residuo del deseo mal infundado, la ataca: “Se sintió desnuda, como si todas las miradas le señalaran el mal que, aunque todavía un secreto, le traía a aquel lugar: la vida dura de Yaundé”, nos dice con anterioridad el narrador. Isabelle, cuya congoja primordial parte de haber perdido a su marido, no hace otra cosa que repetir su propia historia, pues ella había sido delgada a las manos del pastor unos cuantos años atrás. Es la falta de esa otredad complementaria, ese vacío al cual van a parar los deseos que ya no tienen objeto, lo que la angustia.

Otros relatos como “Willo”, “Mafia especializada”, “Los espíritus del Hotel Floyd” y “Cegados por las luces” abren un abanico espectral de posibilidades temáticas que no necesariamente enfocan en la preferencia sexual de sus actantes y esto sirve como prueba de que a Moisés Agosto le interesa la vida como acto, no como región o segmento aislado. Como me apuntara una vez el poeta Miguel Náter, “ser gay no implica que uno tiene que reducirse temáticamente”. Así, el relato “Willo” enfoca más hacia las discusiones redefinitorias de la transnacionalidad y la identidad que al hecho de que tanto el personaje principal del relato, Carlitos, como el que da título al relato, descargan su subsistencia en la prostitución masculina. El deseo cumplido tiene un precio. “Eres un jabao, Willo” le revela Carlitos a su amigo mientras lo seduce. “I’m a Puerto Rican, and you are a gringo, but look, we are the same”. Willo sonríe en ese momento donde se descubre a sí mismo entre zonas grises y claroscuros: queer e híbrido.

Sin embargo, como domina en el relato “Mafia especializada”, una especie de fármaco-relato, la mayoría de estos cuentos transparentan un neorealismo formidable y sutil que orienta hacia los espacios de supervivencia, no importa si hablamos de países de primer orden, tercermundistas o cuartomundistas. Queda al relieve, entonces, el magistral manejo de los nudos argumentales que atan los conflictos de carácter ético de los personajes, lo que hace de Plagas del deseo una lectura alcanzable en diversos niveles, una lectura de capas por una escritura capaz. Sobre todo, Moisés Agosto empodera a personajes abatidos –aún aquellos que viven con acceso a las esferas de poder residen de manera oculta y marginal- y les da voz, que es como decir Moisés les permite articular y recorrer esa anatomía del deseo.

En los cuentos de Moisés Agosto, como para Blanchot, el deseo querrá realizarse mediante la falta de lo que desea. El lenguaje llena ese espacio imaginario y, al enunciarse, quiebra el pacto entre el sujeto y su objeto y se hace intransitivo. Entonces, emerge la necesidad del que enuncia, del que pide, del que narra. 

En el universo, el deseo no es de nadie, sino del que lo necesita.

Dos días y dos encuentros en el tiempo conmigo mismo.

Anoche anduve de librerías con mis estudiantes poetas. Muchos se sorprendieron de descubrir que, en efecto, su profesor de redacción poética era poeta. No hard feelings. Quedé delatado cuando al entrar a una librería del distrito libresco de Río Piedras y encontrar una copia perdida de mi primer poemario, Embudo: poemas de fin de siglo.

Hablo de aquel tomito 5x8 que solamente tiene un collage de cortes de periódico por portada y el nombre del autor. Y el título del libro, claro. Todo lo demás queda en ausencia: información del autor, ISBN, información en el lomo.

Mi primer libro. Para los gustos, los colores; para que le guste a alguien, los grupos literarios; pero para primer libro, solo uno.

La realización de aquel libro pasó por mi mente como si hubiese sido ayer. La lectura que le hizo José Luis Vega. El préstamo que hice para lanzarlo. El lanzamiento. Y sobre todo, cobrarlo.
Con lo que gané de la venta de aquel artefacto insípido me di un viaje a Miami con Ana Ivelisse.

Y entonces, llega la mañana, abro el correo electrónico y recibo la recomendación del día de Amazon. com. "You might be interested in these items:...", decía. El primero de la lista era Correr tras el viento.

Es una alegría sobria, tranquila, personal, que ahora se hace pública.

Se logran cosas. Sí.

Nada. Que lo que se dice -o se escribe- siempre, tarde o temprano, alcanza a uno.




Sobre la poesía, habría que decir un par de cosas, dice Juan Gelman. Como, por ejemplo, que nadie la lee mucho. Pero Gelman también dice que esos nadie son pocos. Lo cierto es que es una particularidad conocida por todos el hecho que el género de la modernidad sea, por supuesto, la novela, y más en estos días cuando todo el mundo parece escribir una. Y ciertamente, desde las operaciones láser en los ojos de los editores, es el que mejor retribuciones pega. O paga. Así las cosas, justamente en un momento de esos que uno duda la poesía en uno –si alguna vez estuvo-, me llegó como un obsequio el poemario Testamento involuntario de Héctor Abad Faciolince.

Su forma de producto cultural rememora particularmente un cuaderno de notas Moleskin. Su tamaño se asienta fácil en mis manos como las alas de un sándwich. Pude haber dicho ave, pero me apetece más la palabra sándwich porque, si la poesía es aquello en lo que mora el ser sobre la tierra (Heidegger, ¿alguien?), sin comida no hay energías para ser. Además, suena mejor decir la poesía es un sándwich que la poesía es una pipa, como pretendiera Bretón.

En fin, que la poesía de Abad Faciolince me ha abierto una puerta que da un diván al que no quería entrar pero que, ni modo, aquí estoy, en medio del polvo, el olvido y las consecuentes alergias nasales. Ya Huidobro me lo había advertido: «el verso es como una llave que abre mil puertas». Pero con una a veces basta.

Así, Testamento involuntario llegó, pues, sin querer, y pasó a ser devorado.

La colección recoge siete secciones: Poemas ensimismados, Casi poemas de amor, Poemas de viaje, Poemas de la tierra,Poemas desesperados, Poemas políticos y Poemas familiares. En suma, son como los siete pecados capitales de los poetas: ensimismarse, enamorarse, viajar, desterrarse, desesperarse, politizarse y, sobre todo, hacer familia (que sería algo así como, ¿familiarizarse?). En todo caso, los poetas mejores poetas son unos creídos, enamorados, terreros desesperados, agentes políticos que, por alguna extraña razón, les gusta creerse que pertenece a algún lugar o que les espera algún núcleo o centro.

Abad Faciolince pretende hacerse de la vista larga. “De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía”, dice sin recato en el prólogo del libro. Y es que, como dice el poeta, hacer poesía es filtrar por la mente todas las cosas del mundo. Tamaña tarea para un oficiante cuya única herramienta es la palabra, esa tecnología humana que solo puede mediar la realidad, nunca asirla por completo. Eso sí: “la poesía es el alcaloide del arte literario, la parte más difícil y decantada de ese maravilloso don humano: la palabra”.

Para leer el resto del escrito, pueden acceder la más reciente entrega de la revista Otro Lunes aquí.

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