Calibán viaja a Europa: leer a Manuel Abreu Adorno





Escrito publicado en número 13 de la Revista Otro Lunes, el 5 de julio de 2010, y que he decidido republicar para la celebración de la Jornada Puertorriqueña del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, dedicada a Manuel. 


De pronto se me ocurre que la mejor exportación de la literatura puertorriqueña permanece desconocida hasta para los mismos puertorriqueños.

Resulta Manuel Abreu Adorno (1955-1984) una suerte de escritor maldito hasta en su propio cuerpo. Poeta, cuentista y novelista, un día sentó a la belleza en su falda. Y la injurió.

Debió ser muy solitaria la vida de Manuel.

Escritor ampliamente intervenido por Joyce, Hemingway, Lezama Lima, Cortázar y, en igual de términos, por The Beatles, The Rolling Stones y toda la cultura pop de los ’60 y ’70, escribió en uno de sus poemas: “Sentirse el único sobreviviente/ del naufragio del barco:/ Década del sesenta// O/ como las arrugas nacientes/ en el rostro de Mick Jagger// O/ como un afiche del Che/abandonado en un closet”. 

Como en un cuento de Hans Christian Andersen, Abreu Adorno supera la imagen del barco a la deriva, que como albatros en el cuello ha colgado de la literatura puertorriqueña desde que Antonio S. Pedreira la reimaginara para nosotros en la tercera década del siglo XX. Para Manuel, como teorema de fin de siglo, el barco ya había encallado.

No habría más que mirar: el ojocentrismo, que ha sido un elemento focalizador dominante en mucha de la literatura caribeña, había sido reemplazado en Puerto Rico por un ombligocentrismo tóxico que ha orquestado en ritardando la incorporación plena de nuestra literatura a las letras mundiales.

Una manera de establecer alteridad espacial a dicha condición de afectación colonial es derribando la prisión espacio-geográfica en donde se ha confinado el caníbal –el Caribe–. La obliteración de muchos aspectos formales en la obra de Abreu Adorno cede ante el predominio del discurso y de la ejecución, donde la palabra misma es el nuevo territorio geográfico: el cuerpo hecho de lenguaje. Dicha emancipación del nivel pragmático del texto es más perceptible en una novela de culto titulada No todas las suecas son rubias (1991) y que bien pudiera verse como resistencia y liberación del mito arielano, perpetuado por José Enrique Rodó, y que entonces el novelista revierte e hibridiza a manera de un nuevo mito calibanesco. Un Calibán posmoderno, si se quiere.

No todas las suecas son rubias es una novela que trasgrede espacios. “Hinchado de geografías adquiridias”, describe el propio protagonista Alberto. “Más ancho mi horizonte y más vasta mi imagen de mundo”. Como totalidad poliforme –la novela es una suma de cambios de narrador, punto de vista y medios de explotación del texto–, Abreu Adorno presenta una nueva visión de la identidad puertorriqueña a manera de Calibán devuelto a la tierra de Próspero, el hechicero de La Tempestad de Shakespeare, y de quien Ariel, el espíritu noble y bueno, es conciencia. Por yuxtaposición, Ariel y Calibán han sido fuente dialógica de debate desde el “Ariel” de José Enrique Rodó, donde el autor uruguayo expresa una visión utópica de la cultura latinoamericana como modelo de nobleza y elevación espiritual en contraposición a la cultura burda de los Estados Unidos, sinónimo de sensualismo y grosería materialista. Para Rodó, Calibán es símbolo del canibalismo estadounidense y Ariel, genio del aire, representa la parte noble e inteligente del espíritu y lo mejor que nos ha legado Próspero, o Europa. Las ideas de Rodó establecen la génesis de las corrientes intelectuales dominantes del siglo XX en Latinoamérica, las cuales en Puerto Rico se textualizan en el “Insularismo” de Antonio S. Pedreira.

Ya en plena mutación del siglo pasado, Roberto Fernández Retamar entonces reclama que “más importante que [Ariel] es saber que Calibán es nuestro caribe”. En efecto, para el pensador cubano, “nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán… Próspero invadió islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para entenderse con él: ¿Qué cosa puede hacer Calibán sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga sobre él la ‘roja plaga’?”

Calibán, sin embargo, es un signo que, al igual que Ariel, es importado del Viejo Mundo y su significante mismo es reinstalado y apropiado el topos del colonizado. Calibán es, incluso, más un arquetipo que la esencia misma del personaje shakesperiano. El caníbal “no es enteramente nuestro”, dice Fernández Retamar, “también es una elaboración extraña, aunque esta vez lo sea a partir de nuestras concretas realidades”.

Así, en la novela de Abreu Adorno, Alberto, nuestro Calibán boricua, decide irse a Paris, la ciudad de las luces, en donde conoce a Christina, la sueca rubia que narra algunos capítulos de la primera parte. Es ella su Miranda, hija de Próspero y a quien Calibán intenta violar en la comedia de Shakespeare. En la novela de Abreu Adorno, es el objeto del deseo. Si, en La Tempestad, Calibán es rechazado por ser considerado un humano de plano inferior, en No todas las suecas vemos al protagonista puertorriqueño en pleno coito amatorio conquistando el ideal de belleza europeo, una escena que el poeta José Luis Vega ha visto como un gesto elocuente de reciprocidad y entendimiento cultural entre las culturas nórdicas y antillanas. Yo lo veo como la venganza de Calibán. Las nobles ambiciones, cantaría Rimbaud.

Sin duda: es el protagonista de la novela de Abreu Adorno, según se describe a sí mismo, “irremediablemente puertorriqueño”: de padre catalán, corso por el lado de su madre, norteamericanizado como consecuencia de su educación privada y por la situación colonial de la isla, latinoamericanizado por simpatía e identificación, occidental y universal por patrimonio adoptado. Su contexto es políglota en la medida que la novela viene poblada por europeos, sudamericanos y caribeños, todos perdidos en una vorágine particular, como en una curva del tiempo. En fin, un puertorriqueño en medio del continente europeo como (tomo la frase prestada de Ray Loriga) un pez en un gimnasio.

Pero Alberto en su interior es culto, inteligente, políglota y, como también señala Vega, se distancia del estereotipo del latin lover; en su exterior, es calvo, rechoncho, poco atractivo, amante mediocre y fracasado en sus relaciones sociales, particularmente las matrimoniales. Dicha representación casi grotesca del héroe es tanto una reencarnación del propio Calibán como un autorretrato del propio Abreu Adorno. Como dualidad, a veces es la misma historia de la literatura boricua: desestimada por su apariencia, y ávida de ser leía por dentro.

Calibán escritor goza de su momento de igualdad y plenitud junto a Miranda. La sueca es, en palabras del protagonista, “la posibilidad del Amor, el potencial de mi autorrealización más completa. El conocerla me incitaba a la reflexión sobre mi vida toda, mi familia, mi educación, mi país”. Christina es un “gran aliciente” que necesitaba “en dosis diaria”. Pero al final, los nudos argumentales desenlazan en la ruptura de la relación. “Entonces, supe que había abortado, sin ni siquiera decirme que estaba embarazada, como si nuestro embrión asesinado sólo le perteneciera”, comenta Alberto en el penúltimo capítulo. El nirvana no existe. Alberto termina en el mismo café parisino de siempre, muerto de amor. Christina, su Miranda, no será para él. No puede haber preservación de la existencia juntos.

De la grandeza de Abreu Adorno es testigo Roberto Ampuero, quien, en un artículo publicado en La Tercera de Chile, comenta que “quien guste de la denominada Generación McOndo, por oposición al Macondo del realismo mágico y Gabriel García Márquez, le sugiero que corra a conocer a quien es, a mi juicio, el precursor latinoamericano secreto del McOndismo: Manuel Abreu Adorno”. Igual reconocimiento le mereció en vida de Julio Cortázar, quien elogiaba frecuentemente, según nos dice Saúl Yurkievich, la única colección de cuentos de Abreu Adorno, titulada Llegaron los hippies (1978). En el prólogo a No todas las suecas son rubias, Yurkievich, amigo personal tanto de Cortázar como de nuestro novelista, elogia a otra novela inédita y, hasta ahora, perdida de Abreu Adorno: Elegía para Eleanor Rigby.

Y eso es la novela de Abreu Adorno: Calibán, evolucionado, va tras su Miranda y de pronto es una historia de amor.

Bienvenidos a una temporada extendida en el infierno.








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