El peso del humo: en la revista Otro Lunes



Esta es mi primera anotación del año 2013. Desde la muerte de mi madre, las palabras se me escaparon. Pero ya comienzan a volver. Desde, digamos, el jueves pasado. De todos modos, consigno hoy la retoma de mi blog con un escrito que se publica en Otro lunes.


Dejar de fumar provoca una terrible soledad. Es una cosa espantosa, tan solo comparable al momento que sentí morir a mi madre y un terrible sentido de orfandad se sublevó en mis adentros. Es una carga superlativa la de andar por el mundo y saberse trunco en el origen de uno. Igual me pasa con el hecho de saberme no fumador. Me siento huérfano, desterrado de mi árbol genealógico literario, donde aparentemente todo el mundo fuma. 
Nadie nace fumando, pero tampoco nadie nace hablando, y creo que en el mundo han muerto más personas por lo que han dicho que por lo que se han inhalado. Está bien, tal vez es una inofensiva exageración, una futil apología del humo seguramente propiciada por el hecho de que crecí con mi abuela, que fumaba en el balcón en su ritual de todas las tardes, cuando se sentaba a ver cómo el sol de litio se iba escondiendo tras las montañas. Luego dejó de fumar. A los setenta años. El día que cumplió noventa se jactaba de que llevaba veinte años sin fumar y que no le hacía falta. Los últimos seis años de su vida ni recordaba quién era. Perdió toda existencia del lenguaje en su cerebro.
Pero mi compulsión por el tabaco puede que no haya sido conducta aprendida y sí un estadio freudiano, repetido en mí como se repiten las cosechas de café en mi pueblo. Cualquier sujeto que se haya comido un banano maduro a las tres horas de haber nacido debe poseer un apetito grande por el mundo, la boca grande o un karma hambriento. O todas las anteriores. Entonces, fuma. Quizás suena como un divertido mito, pero lo del banano me lo contaba mi madre. Mi padre nunca lo ha negado, aunque cuando le pregunto si yo fui enviado de otro planeta, su silencio es igual de elocuente. Papá también fue fumador por un tiempo. Hasta que nací, precisamente.
Fumar no es una cosa que se planifica. Creo yo. A mis doce años, recuerdo que mi hermana mayor le saqueaba uno que otro cigarro a mi abuela y me invitaba a fumar con ella. Entiendo que era más una actividad trasgresora o curiosidad que necesidad; digamos, algo para atormentar la monotonía. Mi hermana, de hecho, no heredó el gen fumador. En cambio, yo sí [...]

El resto del escrito lo pueden acceder aquí.


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