La realidad tarantinesca




Probablemente, uno de los comentarios más frecuentes sobre mi novela Corre tras el viento es que sus personajes son “Tarantinescos”. Eso, en mi sistema de valoraciones, no es para nada malo. Por mucho tiempo, el matrimonio entre el cine y la novela ha venido a evocar aquel que una vez hubo entre el teatro y la poesía (aunque, donde hubo fuego, cenizas quedan). Tal pueda ser el caso de mucha de mi literatura, admitida como una película en mi mente antes de escribirla. Así lo ha consignado Nelson Vera Santiago, quien al final de su comentario sobre la obra, dice: “Se la recomiendo a los lectores experimentados, los amantes de la narrativa detectivesca y el cine” (énfasis mío).

El aspecto de los personajes tarantinescos ha sido notado, en una medida u otra, por otros críticos y reseñistas, como Mario Cancel, Alejandro Carpio y José Santos, entre otros. Daniel Nevarez dice que "The book reads like a work straddling various realms; from the crime fiction of a Chandler, to a narrative style of a Tarantino film put in print".  Vera Santiago va más allá: "Es el preludio de una ciudad al estilo del Sin City de Frank Miller”. Más recientemente, Luis Felipe Díaz ha subrayado también que Correr tras el viento "pretende casi con malicia oportunista seguir el compás narrativo de una más, de tantas películas de nuestras pantallas actuales". 

Nada me puede complacer más.


Lo cinematográfico que pueda parecer mi escritura no es cuestionable. Es mi arte favorito, luego de la música. Pero lo cierto es que he comenzado a cuestionarme si la realidad de la violencia en Puerto Rico no nos hará pensar que todos vivimos un film de Tarantino, que nos hemos mediatizado tanto que no vemos que la violencia en nuestro entorno es casi visigoda, que Tarantino no inventa tanto como que retrata nuestras afectaciones torcidas; que quisiéramos que fuera una película, puro entretenimiento, 

De eso se trata mi escritura de la violencia: de un "San Juan Sin City".  Un San Juan sin ciudad.

Descabezamientos en Carolina, desmembramientos de cuerpos en Juncos, tiroteos a plena luz del día en centros comerciales, vías de tránsito y otros lugares de frecuentado tráfico publico brotan como salpullidos irredentos. Luchas por puntos de droga, tráfico de armas y tráfico humano abonan a las historias de horror que nos apabullan diariamente. Inclusive, la cantidad de individuos que las autoridades sorprenden transportando obscenas cantidades de dinero en efectivo nos da a pensar que la ilegalidad en Puerto Rico genera una fortuna. Y esto es solo un juicio sobre aquellos casos que salen a la luz pública.

Justamente ayer, un oftalmólogo fuesorprendido en su hogar por tres individuos que amenazaron con quitarle la vida al hijo del médico si no accedía a las exigencias de los asaltantes. Amenazaron, también, con arrancarle las uñas al niño con un alicate.

«No salgas, no llames a la Policía», sentenció uno de los asaltantes mientras encerraba al médico en el baño. «Usted se crió distinto que yo. Así es que yo les doy de comer a mis hijos. Usted va a tener una vida larga, a mí me van a matar en la calle o en la cárcel».

De pronto, de lo taraninesco nos vamos al neorrealismo.

La evidente conciencia social del agresor difumina cualquier margen argumentativo para sostener que estos son seres sin conciencia ni moral. La planificación del asalto, las amenazas (se desprende de la noticia que “en varias ocasiones los sujetos amenazaron con asesinar al galeno y a su hijo”) y las constantes agresiones (le apuntaron con un arma” al médico y “acto seguido comenzaron a agredirlo al igual que a su hijo”) me lleva a pesar la semiótica del asunto. Estos individuos, sin duda, enviaban un claro mensaje a sus víctimas: si no nos obedecen, los vamos a matar. En otras palabras, sabían en todo momento a qué venían y qué querían.  Había una inteligencia operando.

Otro caso reportado nos habla de un estilista que fuera torturado, mutilado y asesinado, al punto que los investigadores declaren que “el cuerpo está prácticamente irreconocible”. Además de evidenciar varios golpes de defensa en los brazos y la cabeza, la víctima mostraba “varios dedos cortados, múltiples heridas de arma blanca y estaba parcialmente quemado”.

Creo que recientemente vi algo parecido, tan solo parecido, en el film SevenPsychopaths, que dirige Martin McDonagh.

La realidad abruma por mucho la ficción, sin duda.

Hace poco también, una secta autodenominada “Defensores de Cristo” reclutaba mujeres para ofrecerlas en prostitución a su líder espiritual, que se declaraba como “Maestro Fénix”, descendiente de Cristo. A través de la red, dice la noticia, el maestro “ofrecía aliviar problemas emocionales o físicos, curar enfermedades mediante técnicas milagrosas y, aún más, la salvación eterna”. Todo a cambio de sexo, que lo vigorizaba.

De apoco que parece un rip-off de la novela Poeta ciego, de Mario Bellatín.

Y podría continuar, pero se me agotaría pronto el autoimpuesto límite de 800 palabras.

Lo que me parece que persevera es la noción de que, no, no vivimos una película de Tarantino; no, esto no es Hollywood y mucho menos es Kansas, Toto; se trata de que hemos accedido un nuevo plateau de posthumanismo, una vuelta al animal interior, que,  a fin de cuentas, todos traemos como lo verdaderamente natural en nosotros. 


Foto de Tarantino: www.guardian.co.uk


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