Apostar al arte de escribir un país



¿Escribir? ¿Para qué?

Más de un curso de escritura creativa, estoy seguro, habrá comenzado con esa pregunta, pero pocas veces pensamos en la manera que los pueblos se narran y se poetizan.

La historia de un país no es otra cosa que un extenso poema, una narración interminable, una puesta en escena de nuestros deseos y temores; un pensarse estructurado y ensayado en progresión continua, siempre hacia una formulación de lo que somos y seremos. 

Como creadores, conformamos, en este sentido, una poética del imaginario, de aquello que solo aparenta existir en la imaginación y que luego es representado en signo. Es, en efecto, el lenguaje el vínculo de mediación para comerciar con lo que llamamos realidad.

El lenguaje es el creador de la humanidad, nadie lo duda ya (a menos que lo ignore). Pero más allá de las palabras, queda el silencio inicial, es inamovible primario del cual partimos, y hacia el que irremediablemente nos encaminamos. Decir es existir. Las palabras se precipitan, se pulverizan, mueren en nuestras bocas. Y luego nacen. Es el deseo eterno. El deseo vino primero. Luego, llego el lenguaje, con el que nos proyectamos hacia ese mundo exterior del que participamos en un acto solitario mas comunicativo que es la escritura. Es la libertad de sentir, de padecer, de anhelar, de conceder.

Todo proceso cultural, queda dicho, es un proceso poético.

Así, somos tanto lo que decimos como lo que hacemos. 

Y decir poesía, por supuesto, no apela exclusivamente al poema, pues la poesía es un estado de la existencia.

De pensarse soñadores nadie ha muerto, ni siquiera de hambre. Mas, hoy por hoy, cuesta todavía convencer a muchos de que las economías financieras fracasan, pero que las palabras perseveran, que las palabras salvan, que la imaginación es el principal bien en los renglones olvidados en nuestro quehacer como país, que es la industria cultural.

Debo hacer mención de la historia de otra isla, seguro que más grande que la nuestra, que se zambulló en el fondo de una crisis financiera y social en el 2008, pero que con ayuda de sus industrias creativas, ha logrado superar sus escollos. Hablo de Islandia, un país de 320,000 habitantes, y que por gestión de su ministra de cultura, Katrín Jakobsdóttir, los artistas –de todas las disciplinas– se han convertido en los nuevos protagonistas del despertar socioeconómico de la isla.

Como todos los cambios de paradigma, dicha postura no vino sin cuestionamientos. ¿Para qué darle dineros a los artistas? ¿A los escritores? ¿Para que invertir en ellos? Se trataba de que Jakobsdóttir proponía ver una economía basada en la creatividad, no en el dinero fácil. El escritor islandés Andri Magnason lo recoge de esta manera:

[Bajo el nuevo acercamiento] han crecido los teatros, el mercado literario ha florecido…, la producción cinematográfica ha aumentado, igual que la escena musical. Y todo este apoyo se multiplica en la economía. Las artes no son un proyecto paralelo a la buena economía, es la base de su salud.

El arte ilumina. Apacigua. Y entre los artes, es el de la escritura el que forma.

Se trata mucho más que bruñir un metal opaco; es entender el brillo mismo.

Por eso siempre acudiremos a la actividad estética en nuestras vidas como caminantes ilusionados por una ciudad que se hace en la medida que la recorremos, porque nunca se remonta.

Ni la libertad creadora ni la esperanza deben entenderse como fórmula abstracta. La imaginación permite vislumbrar otros lenguajes, otros atrevimientos, otras experiencias, más allá de un mundo constantemente atormentado, que es violencia, martirio, crimen, resentimiento, dice Diego Romero de Solís. Acudimos a ella diversos y unidos, en apertura. En plenas posibilidades.

La escritura puebla la soledad. Mantiene esa perplejidad frente a lo abierto. 

Y hace grandes países.



Foto: del Tumbler de Frank O'Connor.


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