GGM @ 86



Hoy, que se celebra el onomástico de Gabriel García Márquez, no puedo pensar en otro escritor qua haya influenciado tanto la literatura hispanoamericana desde, digamos, Cervantes. Si uno fuera a leer dos libros nada más en su vida, que sean Cien años de soledad y El Quijote. Y esto lo digo no porque yo pretenda alzarme en apologías de la tradición ni tampoco porque gran parte del canón académico lo avale, sino porque, después de tantos años de lecturas, el Gabo sique siendo un poderoso referente literario, aunque uno no quiera.

Hubo un momento en que admitirse impactado por la obra de García Márquez equivalía a un insulto. Incluso, jamás olvido aquel crítico literario que, así, con potestad divina, declaró que el realismo mágico cerraba con Sol de medianoche de Edgardo Rodríguez Juliá, como si su palabra ordenara el cese y desista de todo intento creativo en esa dirección. Luego de eso llegaron las negaciones de, por supuesto, las promociones más nuevas que, con fervor edipal, pretendía cargarse a todo lo que fuera garciamarquesiano y/o mágicorealista. Tómese a la generación McOndo, por ejemplo, cuyo portavoz principal, Alberto Fuguet, ha dispuesto una serie de reservas hacia el realismo mágico, luego se ha lavado las manos ensangrentadas negando que su intención fuera acabarlo, para terminar, como todos los mortales, utilizando algún prop de la maleta de recursos garciamarquesianos (más recientemente, en Missing).

Nada que reprochar, que conste.

Aún a Manuel Abreu Adorno, un precursor del macondismo que nunca se supo así mismo como tal, se le ha escapado el trazo en el relato “Llegaron los hippies”, donde un cojo vuelve a caminar milagrosamente en medio de la llegada de la cultura del peace and love and drugs a Vega Baja. Jorge Volpí, uno de los arquitectos tras la llamada Generación del Crack (que surgió como epígono del Gabo), ha terminado por admitir la grandeza de la obra del autor de El amor en los tiempos del cólera.

No gustar de García Márquez es difícil. No digo por esto que sea imposible o improbable.

Carl Jung definía dos maneras alternas de escribir literatura: la psicológica y la visionaria. En la primera, el escritor trabaja con una serie de materiales conscientes que va ordenando más o menos adecuadamente para reproducir un efecto dentro de demarcaciones inteligibles. En la segunda, todo se tergiversa: se desfamiliariza el material artístico, se remite a lo primitivo o ancestral, se destila de la contraposición de contrarios, se desprende de lo “inefablemente sublime” hacia lo “perversamente grotesco”.

Estos atributos son los que muy bien podrían describir el cuento “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, que es mi relato predilecto de Gabriel García Márquez.

La indefectible instauración de una región mágica y de los acontecimientos insólitos que le suceden a los actantes en este cuento obedece a la creación de una malla semántica, a manera de red de pescador, en el nivel lingüístico, donde asalta al ojo el uso preciso y alterno de formas de adjetivación: participios, sintagmas preposicionales con función adjetiva y sintagmas adjetivos, construcciones que por supuesto repercuten en los sintagmas nominales y sus diversas funciones sintácticas. Como efecto ulterior, dicho recurso estilístico resalta lo grotesco y lo yuxtapone contra lo sublime como elemento de rechazo al ejercicio más aplastante de la conquista de América: la evangelización como narrativa hegemónica en los discursos de poder.

Desde la oración inicial que origina la historia, advertimos la proliferación de sustantivos, sus modificantes adjetivos y sintagmas verbales que definen una atmósfera de insipiente esterilidad. Es durante el “tercer” día de lluvia que Pelayo, uno de los actantes principales, ha “matado” tantos cangrejos que “atraviesa” el patio “anegado” para “tirarlos” al mar. La alusión religiosa resalta de los participios a los adjetivos y viceversa. Al tercer día, Cristo resucitó; aquí, los cangrejos, símbolo arquetípico de lo primigenio, mueren. Pelayo “atraviesa” el patio, como los clavos atraviesan las manos de Cristo en la alegoría de la crucifixión bíblica. El patio inundado, incluso, nos remonta a la destrucción del diluvio universal. Los cangrejos, así, vuelven a la mar, donde ha sido probado científicamente que comenzó la vida de la tierra, en contraposición con la teoría creacionista y el mito de Adán y Eva. Pelayo trata de devolver al mar lo que es del mar.

El personaje entonces se enfrenta a un mundo “triste”, mientras su hijo padece “calenturas” de “noche”, que se creía que eran a causa de la “pestilencia” de los cangrejos muertos. El mar y el cielo se consumen en “cenizas” y las arenas de la playa, que una vez fulguraban como lumbre, se tornan en “caldo de lodo” y “mariscos podridos”. La asociación de la ausencia de luz y el fuego es una ironía que nos remite a un estado infernal de la existencia de los personajes. En efecto, cuando Pelayo termina de devolver los crustáceos a su lugar de procedencia, la “luz” era “mansa” al mediodía, hora en que, irónicamente, el sol se encuentra en su punto de mayor calentamiento. El énfasis se establece en lo venido a menos, lo consumido por el fuego, lo corrompido y cercano a la muerte. Entonces, Pelayo se encuentra con la inaudita aparición de un viejo con unas alas enormes.

La falta de buena luz será un elemento en la exposición del cuento que tendrá repercusiones en la significación final. Ante la ausencia de luz, nos queda la ceguera. El “no ver” o distinguir la realidad claramente es pieza de engranaje en la construcción de los personajes. Es Pelayo a quien inicialmente “cuesta” trabajo “ver” y tuvo que “acercarse mucho para descubrir” al hombre viejo, que yace “tumbado”, boca abajo en el “lodazal”, y que no puede “levantarse” debido a que le pesaban sus alas. Las formas verbales denotan movilidad con esfuerzo, dificultad, lucha y derrota

¿Ven? Nada de esto es casualidad mágica. La escritura de este tipo, si bien representa una suerte de ADN, también es consciente. 

El viejo es un ángel caído. Como los ángeles de Dante, sus alas están llenas de gusanos. Nuevamente, el énfasis del narrador se concentra en la degeneración y en lo escatológico, lo que nos hacen pensar si en realidad en Hispanoamérica somos, como dice Fanon, “los condenados de la tierra”, algo que me luce más realista, mucho más trágico que mágico.

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Foto: http://riversihaveknown.com/sixteen-favorite-quotes-by-gabriel-garci%C2%ADa-marquez/


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