El amor no se acaba (Blues a la orilla de la playa)




El amor no se acaba.

Esa es la conclusión a la que llegamos unas amistades mías y yo mientras nos damos unos tragos en un suave atardecer naranja de finales de verano. Mis amigos, seres humanos de carne y hueso, se enamoraron, se casaron y se divorciaron temprano en sus vidas, y ambos se preguntan si es justo tener que escoger entre morir en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los calderos del infierno.

La ley de la vida es que las cosas nacen, crecen y mueren, y las relaciones matrimoniales por ninguna razón, física o metafísica, están exentas. Después de todo, los protagonistas seguimos siendo hombres y mujeres dotados de inigualable imperfección y que tomamos decisiones, acertamos y cometemos errores, todo en nuestro perfecto derecho. Errar es de humanos y perdonar es divino, escribió el poeta inglés Alexander Pope, le digo a mis amigos en ánimo de consolarlos. Por supuesto, me responde Lisandra. Y es por eso los lápices traen su goma de borrar.

Callamos un rato y parecemos un anuncio de Medalla melancólico, incoloro y en cámara lenta, en el cual, en lugar de pintar el Patria’s Place, buscamos reconstruir el Hotel Corazón. Y es que divorciarse es una cosa tan común en estos tiempos, que hasta me pregunto si no sería más conveniente hacer que casarse sea más difícil. Quizás uno sabe que si se separa formalmente de su pareja, está expuesto a división de bienes gananciales (prueba de que el matrimonio sí es un negocio), a pensiones alimentarias e inclusive, a que se les vede la entrada al reino de los cielos. Mas, yo me pregunto, ¿qué cosa espera la sociedad de dos personas cuyo compromiso nupcial se ha tornado en tedio inertemente lineal y la relación se marchita y se pulveriza, como sacudida por una ráfaga sulfúrica?

Quique me mira y cree tener la respuesta, porque, luego de meses de estar eludiendo la realidad de que sus relaciones con su compañera no funcionaban, comenzó a buscar el calor de hogar en otra casa. Es lo más racional, dice con pasión herida. Lo irracional fue cuando su mujer se enteró y ésta procedió a dejar a Quique muy maltrecho y excoriado, al lacerarlo con sus filosas uñas, un fetiche letal y traicionero. Desde entonces Quique, quien intenta rehacer su vida amorosa, y quien dormía del lado derecho de la cama, se acuesta del lado izquierdo en el lecho que ahora comparte con su nuevo amor.

En el caso de Lisandra, su marido mantuvo una dictadura psicológica que la hacía creer a ella que era una inútil que jamás trascendería sus propios sueños. En Arabia Saudita basta con que un hombre se niegue a llevarle café a su esposa para garantizarle a ésta el derecho al divorcio, argumenta Lisandra. En nuestros tiempos, la mujer a veces tiene que ser víctima de una o varias golpizas para que alguien atienda su caso y le haga justicia. Mi abuela decía que lo que descarrilaba para mal, terminaba, irremediablemente, mal.

Retomamos el silencio, pero Quique irrumpe en la solemnidad del momento para contarnos acerca de Robert, nuestro otro amigo divorciado, quien fue sorprendido picando fuera del hoyo y su mujer, a manera de venganza, le preparó una noche un rico chocolate caliente como el que a él le gustaba. Sólo que la bebida fue preparada con un ingrediente especial: Ex-Lax. Roberto se pasó una semana en el hospital y por poco se vacía. 

La risa fue inevitable. 

Luego comentamos casos de gente conocida y no tan conocida, como el de Kira, a quien su marido la olía sus partes íntimas todas las noches para verificar si ella se había acostado con alguien. O el de Jaime, a quien su mujer seguía a todas partes: al billar, al pub y hasta la cena de negocios, y donde lo encontraba le montaba un ridículo espectáculo digno de la WWF, con amenazas de sillazos y todo ese jazz. También hablamos de los muchos otros casos donde la infidelidad es la sombra tras la cual muchos esconden su gran infelicidad.

Yo pregunto si hay que llegar a los extremos para darse cuenta que ya una relación palidece como un suela de zapato viejo, y mis amigos me contestan, nuevamente, con el silencio. 

Luego nos damos cuenta que, en cualquiera de los casos citados, existen varias causales de divorcio válidas y totalmente comprensibles, pero sólo una razón impera con suficiente poder como para que tal cosa ocurra: se acabó el amor, y somos una canción de La Secta.

El amor se acaba, dice Lisandra con nostalgia de niña que descubre que Santa Claus es un falso viejo gordo. No. El amor no se acaba, le digo. 

Uno puede reclamar incompatiblidad de caracteres, problemas financieros, adulterio o maltrato, pero eso sólo puede ocurrir cuando el amor se seca, o cuando uno se da cuenta que éste nunca quemó lo suficiente como para encender eternamente. Pero, no. No se acaba. 

 La energía no se crea ni se destruye. Sólo se transforma. Y el amor, por más corny que suene, es energía. Así lo declaro, sin aprehensión nihilista. Así es.

Quique y Lisandra de pronto se tornan muy tristes. Sólo se escucha la risa de unos niños jugando en la arena.

Ah, los niños. Quique y Lisandra tienen hijos de sus respectivos matrimonios, y sólo hay que ver la manera en que sus caras se deforman y se desencajan cuando comentan qué se harán sin ellos. Yo pienso en el calor de la familia, la compañía, el comfort de un beso, y luego antepongo el hogar resquebrajado, la soledad y la falta de una caricia, y entonces me pongo triste. 

Tener todo y tener nada. 

 Ver como un gran amor se va marchitando como un árbol envenenado hasta quedar trunco y seco como el recuerdo de una sabiduría lejana y perdida. Y sobre todo, ver que uno ama a esos dos seres que tanto daño se hacen a ellos mismos por no hacérselo a uno, y tanto daño que le hacen a uno, por no hacérselo a ellos mismos, todo con la incógnita de si morirse en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los peroles del infierno.

Lisandra y Quique me hablan con sus miradas de agua, de una soledad espantosa. Y casi puedo tocar la melancolía azul que mis amigos sienten por aquellos momentos cuando el mundo parecía pequeño, porque ellos tenían los pasos grandes— momentos que fueron sediendo a la erosión de la falta de un “te quiero”— o tal vez, a la falta de un abrazo— una sonrisa. Quién sabe si hasta se les desgarra la falta de un gesto de agradecimiento— un compartir sin tiempo— aunar versos en el espacio— la magia de un dar sin sentarse a recibir. En algún momento, probablemente, se decidieron a ser media naranja, pero ya para entonces la otra mitad ya no tenía zumo, y es entonces cuando muchas nuevas verdades comienzan a diluviar como cuchillos de hielo, y finalmente uno llega a la circularidad de imperfección.

Como que nosotros no traemos goma de borrar.

Quique de pronto dice que es verdad, que tengo razón y que el amor no se acaba. El es conciente de que la vida ya no serán la misma, pues un algo de decepción usurpó la ilusión que una vez lo llevó a unir su vida con otra persona hasta que la muerte los separara, pero no se considera un perdedor en el amor. Lisandra concuerda con él y dice que ella tampoco se arrepiente de las decisiones que ha tomado. El divorcio, tanto para Quique como para Lisandra, no ha sido metáfora del fracaso, sino metonimia de un nuevo amanecer— crecer nuevamente.

Sí, les digo y sonrío, mientras el suave atardecer naranja de finales de verano palidece. Después de todo, el amor no se acaba. 

Simplemente, se muda a otro lugar.


Nota: Este artículo fue publicado en su versión original en la sección "Mirador" de la Revista Domingo en El Nuevo Día. Los mismos pasarán a formar parte de un colección breve de comentarios culturales a ser publicada.
 
Foto: «Breaking Up», de Laurie Lipton.


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