El evangelio según Jenna Jameson (Remix 2013)




Let me take you home,
‘cause I’m going to Strawberry Fields,
Where nothing is real”
-The Beatles


Porn star, decía la camiseta, en letras perladas y rosa sobre un fondo blanco marfil.

La chica entró al café cortando el aromatizado aire de Mocha y Latte, latiendo al ritmo de su propio aliento, deslizada en sus mahones skinnywash-out, boot cut, low rise y exhibiendo el ombligo atravesado por un diminuto aro. Ella se acercó a una señora, de esas que lucen Botoxed-up, tangerine-tanned y air-brushed, y le dijo: “Estoy aquí, mamá”, cosa que era algo así como un pleonasmo, porque todos ya habíamos notado su presencia.

Porn star, se imponía orgullosa, con una aire de seguridad en sí misma. Porn star, con suma candidez.

Y me confirmó la tesis inscrita en el evangelio de Jenna Jameson: el sexo es poder.

Para la Jameson, oriunda de Las Vegas, Nevada, Eva no pervirtió a Adán, sino que fue más lista que él.

Yo no soy un connoisseur, que conste, pero todos hemos visto el rostro de Jenna en algún momento.

Claro que sí. Por supuesto que sí. No lo niegue. Estamos en intimidad, ¿eh?

Además de aparecer en la Internet, la Jameson ha cobrado protagonismo en VH1 y en E!, los premios Grammy, varios videos musicales, revistas como Harper, Cosmopolitan y Glamour, y hasta hizo una incursión literaria con su obra Como hacer el amor como una estrella del porn: una historia aleccionadora (Harper Collins, 2004). Todo esto conjuga a Jenna en celebridad.

La actriz (con énfasis en lo mímico) es catalogada como la más grande estrella de todos los tiempos en el cine para adultos. Pero si le parece vacuo y voluble, sepa que recientemente Jenna fue oradora invitada en la Universidad de Oxford en Inglaterra. Como dijera la revista Rolling Stone: Jenna puso la estrella en la frase "estrella del porno".

Su fama se erige sobre un nuevo paradigma: lo femenino liberado y puesto al servicio de un nuevo Eros colectivo, como diría Baudrillard.

Jameson de pronto ha puesto en boga una industria que, aunque en es condenada por el mundo occidental, conforma una parte de la idiosincrasia cultural en muchos países europeos. “Escogí la profesión ideal”, dijo Jameson recientemente a un reportero de CNN. “Esto es un negocio”.

Un negocio sí que es.

No hay duda que la cultura popular ha sido invadida por la subcultura del porno. Nótese que, en estos días, el ideal de belleza femenina que se representa en el mercado de consumo deriva directamente del negocio del entretenimiento adulto. Un paseo por cualquier galería de compras le revelerá escaparates que exhiben piezas de cuero y vinilo que van ceñidas por hebillas, broches y/o lazos anudados e intrincados como arte celta, cadenas zapatos de tacón vertiginoso y con amarras, y hasta mini faldas a cuadros que evocan la fantasía de la niña colegial, cortesía de Britney Spears, circa 1996.

O sea, elusiones de sumisión y agresión sexual. Relaciones de poder. Master and the Slave. La perversión como construcción de fuerza.

La lencería, por su parte, dejó de ser pieza de apreciación privada desde que Madonna comenzó a andar por el mundo vestida en sostenes de encajes y mahones hace 30 años. Sólo tiene que manosear algunos de los catálogos de tiendas por departamento, los cuales aparecen en los rotativos del país, para darse cuenta de que hemos corrido la cortina, aunque sea un tantito así nomás. El famoso thong o “gistro” ya ha sido objeto de culto en cuentos y canciones y hoy día es una prenda políticamente correcta. Y notemos la proliferación de las tiendas que mercadean artefactos para la diversión entre adultos, cuyo objetivo ha trasmigrado de la privacidad clandestina a la domesticidad cotidiana. Como que hay políticos que abonan visitas a clubes de strippers en sus cargadas agendas de oficio público. Dije público.

Es la cultura del strip show. El sexo vende y nosotros consumimos.

Digo, una despedida de soltero/a sin stripper, sea hombre, mujer o ambos, es como celebrar un cumpleaños sin bizcocho. Incluso, aquel notorio programa “No te duermas” (Canal 2) contaba con su propia sección del “lap dance”, donde una modelo voluminosa danza un ritual de seducción a algún invitado al programa. La popularidad de películas como “Striptease”, “Showgirls” y “The Full Monty” no sólo han humanizado el acto del desnudo profesional, sino que lo han construido como aceptable.

Todo el mundo se ubica en la misma página y entiende el referente.

El porno ha pasado al mainstream cultural en medio de nuestra cultura de la eyaculación precoz, por citar de nuevo a Baudrillard. La seducción, que toma el sentido lúdico del ritual, hechizo o conjuro, cede ante la imagen a priori que los medios nos presentan a diario.

Ya no hay secreto. Ya no hay clandestinidad. Ya no hay bueno ni malo. El orden se revierte y las divisiones son suplantadas por un sentido orondo de la ironía. Bailamos con la sombra. Por un lado, los discursos de moral modernista nos reprimen y por otro lado nos dicen que el mundo es una orgía.

Lo peor de todo es que el porno no existe en realidad. Es, en efecto, una hiperrealidad, suma de las infusiones de información a la que el consciente es sujeto. Simplemente acudimos a lo ficticio en busca de un estímulo perdido en el mundo real. Como los juegos de video, el aspartame, Disney World y los sabores de los jugos que nuestros niños toman (“tropical blast”, etc.), el porno es una simulación de algo que queremos y no tenemos, y poco a poco vivimos la sobreproducción de ilusiones que se acumulan hasta el punto que, entonces, nada de lo que experimentamos existe en realidad.

Campos de fresas. Nada es real. Excepto que el sexo, desde Eva hasta Jenna, es mecanismo predilecto para acceder, obtener y ejercer poder.

Vivimos, como diría Umberto Eco, una autentica charada.

Quien crea la ilusión, la controla. Y nos controla.

Lo demás es pura novela.


Nota: Este artículo fue publicado en su versión original en la sección "Mirador" de la Revista Domingo en El Nuevo Día. Los mismos pasarán a formar parte de un colección breve de comentarios culturales a ser publicada.


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