«Cuando me convertí en mi padre», en Otro Lunes




Llega mayo con la salida del número 27 de OtroLunes - Revista Hispanoamercana de Cultura, anuncia Amir Valle, su editor. En el mismo, como de costumbre, se encuentra un escrito mío  titulado "Cuando me convertí en mi padre". El mismo comienza así:

»Hoy estoy en la escuela de mi hija como personaje mítico. El héroe cotidiano de su vida, dice el cartel con mi foto, una biografía que ella se conoce de memoria y varios ornamentos dibujados a tinta por la mano artística de mi niña. Ella me presenta antes sus compañeros de clase. «Este es mi padre, mi héroe de todos los días». Me siento Atlas. El peso sobre mis hombros me oprime como una asfixia.

Recuerdo el día, hace mucho tiempo, en que tuve la oportunidad de pronunciar un orgullo similar durante una actividad muy parecida. Mas, en aquel entonces, la silla donde se suponía que se sentara mi padre era una añoranza vacía. Las razones de su ausencia no la conozco. Quizás se debía a las exigencias de su trabajo, o tal vez simplemente lo olvidó. No importa ya como tampoco importó aquel día. Creo. Simplemente procedí a hablar de mi héroe de todos los días: mi padre.

De niño, yo veía a mi padre como un gigante. Medía unos tres metros de alto. Su voz era potente como la de los dioses. Cuando hablaba, los vientos se desataban por el mundo, por lo que no convenía hacerlo enojar. Mi padre jugaba al béisbol y usaba una mascota tan grande que hasta se podían capturar nubes con ella. Siempre quise ser jugador de béisbol para poder utilizar la maldita mascota, pero mis manos me parecían que nunca serían tan grandes. Mi padre también poseía una envidiable colección de zapatos que, entre mis tareas, yo brillaba para él. Llegué a contar hasta veintidós pares de zapatos y me preguntaba si él sería capaz de vestirlos todos a la vez, cosa que nunca pude corroborar. Similarmente hiperbólica suponía ser su colección de corbatas, pero estas nunca pude terminar de contarlas todas. Tampoco encontré agujeros en las chaquetas de mi padre, por los cuales tenía que sacar sus potentes alas para volar por el tiempo.

Los sábados en la tarde, mi padre me llevaba de paseo en su auto. Sin el requisito de un asiento protector para niños en aquel entonces, mi lugar era a su lado, como todo un copiloto. Juraría que su carro era una carroza de fuego tirada por recios corceles irresistibles a la mirada de los transeúntes, porque la gente no podía evitar mirarnos, cosa que también era lo peor de salir a pasear con mi padre, pues todos se detenían a saludarlo, y esto convertía a nuestro tiempo de paseo juntos en una peregrinación muy interrumpida y lastimosa. Siempre debes tratar la gente por lo que le hace gente, me dijo un día. Todavía vivo bajo ese axioma.

Caminar junto a mi padre era otro asunto muy desigual. Él, con su tranco alargado e impecable; y yo, en mi intento constante de alcanzar sus pasos. Mi padre contentaba las flores cuando pasaba cerca de ellas. Hacía florecer a los naranjos y el árbol de aguacates que se posaba en nuestro patio daba tantos frutos que se podía alimentar todo el pueblo con ellos. Igualmente, el conocimiento del mundo salía por sus labios en historias increíbles y fantásticas que nunca parecían culminar, porque se reproducían en sí mismas. Ciencia, astronomía, ufología, gastronomía, literatura, deporte, ocultismo e historia… solo había que proponer el tema y sentarse a escuchar a mi padre. Cuando mi padre me narraba el mundo, nuevas estrellas poblaban la oscuridad de la noche, cuando el rostro de mi padre era un claroscuro...

El resto del artículo lo pueden leer aquí: http://otrolunes.com/27/otra-opinion/cuando-me-converti-en-mi-padre/
Como siempre, agradecido de su lectura. 







You may also like

Blog Archive

Search This Blog

Loading...