El libro contenedor, o comer sin cuchara



Recientemente, el gobernador de Puerto Rico, Alejandro García Padilla, al celebrar el premio Rómulo Gallegos concedido al escritor Eduardo Lalo, manifestó que "la experiencia con Lalo nos demuestra la necesidad de trabajar en fomentar la atención mundial de las editoriales hacia el talento puertorriqueño". 

Todos los que escribimos detrás de la cortina de la literatura puertorriqueña aspiramos a que nos publiquen en los grandes mercados de libro de Estados Unidos e Iberoamérica, es cierto. Mas, ¿por qué fomentar que las editoriales vengan a buscar el talento a Puerto Rico, y no hacer el mismo esfuerzo para que el trabajo editorial que aquí se realiza tenga presencia cultural y comercial en esos mercados del exterior? 

Es el libro contenedor, que es aprender a comer sin cuchara.

Los libros que celebramos y leemos han sufrido tres cambios fundamentales en sus cientos de años de historia. El primero fue demarcado por el invento de Guttenberg, que, como sabemos, consistía en la conjunción de los caracteres móviles, con una tinta de base grasa y una prensa que combinara las características de las utilizadas para hacer vino y para encuadernar- tuvo una inmediata fortuna, y cuyas ventajas eran la velocidad con que se producían los libros, la uniformidad de los textos y el precio al que se ofrecían. El segundo gran momento de los libros llegó casi 400 años después, con la revolución industrial y la mecanización de los procesos. El tercer gran momento de los libros, llegó con la revolución digital, con la impresión en demanda y el libro digital. 

Pero entonces, lo que ha cambiado es el contenedor y la manera en que accedemos los contenidos. Lo que no ha cambiado es la manera en que los libros perseveran como el recinto del conocimiento de toda la especie humana. 

Prueba de esto es el hecho de que los países con una saludable industria del libro, tienen sociedades más cultas y productivas, porque en la medida que un pueblo accede con facilidad la creación artística, científica y filosófica de sus autores, se crece, se hace más vital en su experiencia, porque un pueblo que lee, es un pueblo capaz de verse a sí mismo; un pueblo que lee, es un pueblo que se busca en su sensibilidad; un pueblo que lee, es un pueblo que despierta su conciencia; un pueblo que lee, alimenta su imaginación; y un pueblo que imagina, es un pueblo capaz de pensar soluciones a sus problemas.

La imaginación es el principal bien en los renglones olvidados en nuestro quehacer como país, que es la industria cultural. La imaginación no es más que la "memoria fermentada”, como dice Luis Mateo Díez. En este sentido, los libros son la recuperación de esa experiencia vital.

La historia de un país no es otra cosa que un extenso poema, una narración interminable, una puesta en escena de nuestros deseos y temores; un pensarse estructurado y ensayado en progresión continua, siempre hacia una formulación de lo que somos y seremos, he dicho antes en otro escrito.

El lenguaje es el creador de la humanidad. Así, somos tanto lo que decimos como lo que hacemos.
Los países se habitan en la palabra, de la misma manera que sus ciudadanos la habitan a ella. Es nuestro pasar por el tiempo.

Si ahora me preguntasen si los libros salvan, la respuesta sería que sí, porque el un libro es en sí mismo la representación del espíritu libre que vive de la verdad y la belleza. El libro no es natural: tiene que ser creado. Así, todo libro es una forma de poesía, pues, como género, la poesía es, sin duda, la escritura más fiel a sus orígenes. 

En Puerto Rico, la imprenta llegó apenas comenzado el siglo XIX, más precisamente en el 1806, una dilación de casi 400 años, si consideramos que el invento de Guttenberg, que data de 1450, llegó a Estados Unidos en 1638 y a Cuba en 1723. Durante esa primera incursión de la imprenta en nuestra isla, la Corona Española controló los usos y materiales producidos por unos 33 años. Muy pocos libros se produjeron durante casi medio siglo, siendo el primero Ocios de juventud, de Juan Rodríguez Calderón (1806), aunque sí suscitó un auge periodístico generoso. Sin embargo, no es hasta el 1843 que surge una obra literaria de importancia, como lo fue el Aguinaldo puertorriqueño, que por primera vez coloca el gentilicio en tipografía impresa. 

No obstante, Puerto Rico nunca desarrolla una cultura del libro, lo que lleva a Manuel García Cabrera a señalar, durante su participación en el Foro del Ateneo Puertorriqueño de 1940 sobre los Problemas de la Cultura en Puerto Rico, que fue la Biblioteca de Autores Puertorriqueños, fundada en 1935 como organización "de orden cooperativo, el primer esfuerzo editorial de gran envergadura realizado en Puerto Rico hasta entonces". 

Comenta García Cabrera que “la necesidad de empresas editoriales se ha hecho sentir a través de toda nuestra historia”. Luego declara que “en nuestro tiempo, el hombre debe estar consciente de que el libro es una de las partes más sólidas de la estructura cultural del pueblo”, por lo que huelgan las excusas para que “los ciudadanos conscientes no se ocupen de este problema y cooperen en la realización de empresas culturales”. 

Si bien por un lado García Cabrera asiente a la necesidad social del libro, por otro lado hace la declaración más reveladora de su escrito:

La explicación a la falta de empresas editoriales en nuestro país, hay que confesar amargamente, se debe única y exclusivamente a la falta del lector puertorriqueño, en primer lugar; y en segundo lugar, a esa manera nuestra de dejar en segundo orden la producción nativa. […] El problema es muy grave y no debemos cruzarnos de brazo ante él y lamentarnos del mismo.”

Por supuesto, luego llegaron los esfuerzos editoriales de Editorial Cultural, Editorial Coquí, Editorial Cordillera, y subsecuentemente los proyectos independientes de Isla Negra, Callejón y Terranova, hasta los más recientes como Libros AC y Erizo, entre otros.

No obstante nuestra relación de pueblo con el libro sigue siendo tan extraña y enajenada como lo fue entonces. 

Es decir, no hemos avanzado mucho desde los días de García Cabrera hasta el presente. 

El circuito libresco en Puerto Rico se centra en torno a los centro universitario de la Universidad de Puerto Rico. Son cada día menos los puntos de distribución y ventas en el resto del país. Las ediciones de autor crecen cada día más, pero se quedan entre círculos de amigos y una que otra venta independiente. El libro boricua, en efecto, es poco conocido fuera de Puerto Rico, pero esto no es de sorprender: el Estado no ha fomentado campañas consecuentes de concienciación a la lectura, como tampoco ha radicado leyes de apoyo al mercado de libros en Puerto Rico para que nuestros libros sean conocidos (de primera mano) por nosotros mismos, so pena de aludir al proverbial “nadie es profeta en su tierra”. Le tomó a Eduardo Lalo, que es editor de la editorial TalCual, publicar en Argentina y ganar el reconocido premio para que muchos en Puerto Rico supieran que él existía. 

Probablemente, despertar en nuestra sociedad un amor por algo que apenas tuvimos será muy difícil. Mas, creo firmemente que el libro, como texto, es una posibilidad latente. Tal vez el tiempo de inducir a la lectura del libro tal y como lo conocíamos nos ha dejado varados en la espera, porque hoy día, en el siglo XXI, construimos la realidad de maneras diversas. Los medios digitales se nos hacen cada vez más familiares, más próximos. 

Y aunque ya hablamos de que los libros experimentan un cambio de contenedor, lo que no cambia es que sigue siendo el promulgador del lenguaje, puesto que todo nuestro conocimiento, avances sociales, científicos y artísticos quedan amoldados en la lengua escrita. 

Quizá nuestro futuro yace en despertar la literatura puertorriqueña en otras plataformas que coexistan con los medios tradicionales. Quizá es momento de aceptar que un libro es tan valioso en un aparato lector de libros electrónicos o en un teléfono que en un encuadernado de fino papel. Quizá es tiempo de comenzar a escribirnos de manera diferente a como lo hemos venido haciendo todo este corto tiempo. En todo caso, el libro, que apenas experimenta el cambio más trascendental luego de siglos de existencia, constituye un renglón vital de nuestras empresas culturales.

Mas debe ser por ello que las nostalgias alimentan la literatura: ardemos en la hoguera de los sentidos como bos­ques de bellezas intactas que esperan por nosotros. 



Foto: www.librodearena.com




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